miércoles, 6 de junio de 2018

Cuando llega la Virgen, llegan Jesús y el Espíritu Santo


         En el Evangelio, en el episodio de la Visitación, se puede contemplar qué es lo que sucede cuando llega la Virgen de visita a un lugar: las personas se llenan del Espíritu Santo y de santa alegría. Que se llenan del Espíritu Santo, lo podemos ver en Santa Isabel: “Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo” (cfr. Lc 1, 39-45). Es decir, antes de la Visitación de la Virgen, Santa Isabel no había experimentado lo que era la Presencia del Espíritu Santo; luego de la Visitación de la Virgen, y en ocasión de la misma, “se llena del Espíritu Santo”. Con la Visitación de la Virgen, las personas reciben el Espíritu Santo.
         Lo otro que acontece con la Visitación de la Virgen es la alegría, que es lo que le sucede al niño por nacer Juan el Bautista: “en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno”. No se trata de un movimiento intra-uterino, de los que realizan los niños normalmente; esto habría sido bien diferenciado por Santa Isabel. Se trata de una relación de causa y efecto entre la voz de la Virgen, escuchada por Juan el Bautista, y su alegría: salta verdaderamente de alegría en el seno de su madre, Santa Isabel, cuando escucha a la Virgen; “(…) en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno”.
         Presencia del Espíritu Santo y santa alegría de Dios, ésos son los efectos que produce la Visitación de la Virgen, cuando llega a un lugar. Abrámosle a la Virgen, de par en par, las puertas de nuestros corazones, para que su Visita nos llene del Espíritu Santo y nos colme con la santa alegría de Dios.

martes, 22 de mayo de 2018

Nuestra Señora de la Eucaristía trae al alma la verdadera alegría



         Dice uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos, Aristóteles, que el hombre, naturalmente, desea ser feliz. Es decir, todo hombre, independientemente de su raza, de su edad, de su ocupación, de su estado de vida, desde que nace, hasta que muere, desea ser feliz. El deseo de felicidad es como un “sello” espiritual con el que nace cada hombre que viene a este mundo. A su vez, San Agustín, citando a Aristóteles, afirma que es verdad que todo hombre desee ser feliz, pero el problema está en que se busca la felicidad en donde esta no se encuentra. El ser humano, enceguecido por el pecado original, piensa que la felicidad, la alegría de su corazón, está en los placeres del mundo, en los bienes materiales, en el dinero, en la fama, en el poder, y por eso dedica su vida a obtener esto que él considera que es lo que lo hará feliz. Sin embargo, nada de estas cosas mundanas puede darnos la felicidad. El hombre puede tener todo el dinero, toda la fama, todo el poder, pero jamás será feliz, porque todo el dinero del mundo, toda la fama y todo el poder del mundo, comparados con la sed de felicidad que tiene el hombre, es igual a intentar rellenar un abismo con un grano de arena. El abismo es nuestra alma y su deseo de felicidad; el grano de arena es todo el oro del mundo, toda la fama y todo el poder y todos los placeres mundanos. Es imposible que eso nos dé felicidad.
         Si estas cosas no dan felicidad, ¿dónde encontrar la verdadera felicidad?
         Encontraremos la respuesta en el episodio de la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel. Cuando la Virgen llega, Santa Isabel y su hijo Juan el Bautista, que está en su seno, “se llenan del Espíritu Santo” y sus almas se colman de alegría por la presencia de la Virgen y hasta tal punto, que el niño Juan el Bautista “salta de alegría” en el seno materno de Isabel, cuando escucha la voz de la Virgen. Se trata de una alegría que no es causada por las cosas del mundo, sino por la presencia de la Virgen. ¿Por qué? Porque la Virgen, en sí misma, es la creatura más hermosa y pura que pueda existir y su sola presencia llena de alegría al alma, pero con la Visita de la Virgen se agregan otras dos causas de la verdadera alegría: con la Virgen viene Jesús –que para nosotros, los católicos, está en la Eucaristía- y Jesús, que es Dios, sopla el Espíritu Santo sobre el alma de los que lo reciben en la Eucaristía, comulgando en gracia, con fe y con amor.
Una vez que está Jesús Eucaristía en el alma, con su Presencia Él sacia por completo la sed de felicidad, de amor, de paz, que tiene el alma, una sed que solo puede ser llenada con Dios, que es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes, además de ser el Amor y la Paz en sí mismos. Con Jesús Eucaristía, ese abismo de deseo de felicidad que es nuestra alma queda extra-colmado y saciado y ya no desea ninguna otra cosa más en el mundo.
         Como Santa Isabel y Juan el Bautista, recibamos a la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, no solo exteriormente, sino ante todo interiormente; abrámosle las puertas de nuestros corazones y dejemos que ingrese la Virgen y Ella traerá a nuestras vidas a Jesús Eucaristía y con Jesús Eucaristía vendrá el Espíritu Santo, que colmará nuestros corazones con la Verdadera Alegría.

jueves, 10 de mayo de 2018

La Visita de Nuestra Señora de la Eucaristía



         En el Evangelio se relata que la Virgen, estando encinta por obra del Espíritu Santo –en su concepción no hubo intervención humana, puesto que fue obra del Espíritu Santo-, y con un período gestacional de tres meses aproximadamente, al enterarse de que su prima Santa Isabel también estaba encinta, decidió emprender un largo y peligroso viaje para asistirla en el momento del parto.
         De esta manera, la Virgen nos enseña y da ejemplo de cómo obrar misericordiosamente con los más necesitados, olvidándonos de nosotros. Debemos comprender que Ella era una mujer joven, encinta, que también estaba pasando por un momento de necesidad, que el viaje que emprendía era peligroso porque estaban a merced de los asaltantes del camino y sin embargo, la Virgen no pensó en Ella, sino en su prima y así nos enseña cómo debemos obrar en cuanto cristianos.
         Pero en la escena de la Visitación de la Virgen hay otros elementos de mucho provecho para nuestra vida espiritual y que no se limitan al ejemplo de bondad de la Virgen.
         Estos elementos son todos de origen sobrenatural y nos demuestran cómo la Visitación de la Virgen trae aparejada la Visitación también de su Hijo Jesús y del Espíritu Santo.
         En efecto, cuando la Virgen llega, tanto Santa Isabel como su hijo, Juan el Bautista, aun en su vientre, experimentan la Presencia del Espíritu Santo: Santa Isabel queda “llena de Espíritu Santo” y saluda a la Virgen no con el saludo que correspondería a un pariente –eran primas- sino que la llama “Madre de mi Señor”, “Madre de mi Dios” o “Madre de Dios” y exulta de alegría ante la llegada de la Virgen: tanto el saludo como la alegría, ambos sobrenaturales, se deben a la acción del Espíritu Santo. Pero no solo Santa Isabel exulta de gozo y se llena del Espíritu Santo ante la Presencia de la Virgen, también Juan el Bautista “salta de gozo”, literalmente, en el seno de Santa Isabel, al oír que la Virgen llegaba: “y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1, 39-45).
         Con la Visitación de la Virgen, tanto Santa Isabel como Juan el Bautista “saltan de alegría” por la llegada de la Madre de Dios, porque con Ella llegan el Hijo de Dios, Jesucristo, y el Espíritu Santo.
         Recibamos a Nuestra Señora de la Eucaristía que viene a visitarnos en nuestra escuela, pero sobre todo la recibamos en esa casa interior, personal, íntima, secreta, que es nuestro corazón y nuestra alma y alegrémonos, porque con la Llegada de la Virgen, llegarán también Jesucristo y el Espíritu Santo a nuestras vidas.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Nuestra Señora de la Eucaristía nos da su amor maternal


         Cuando contemplamos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, que lleva en sus brazos al Niño Dios, nos recuerda a esas madres que, orgullosas de sus hijos, los llevan en brazos con todo amor, estrechándolos contra sus corazones, como queriéndoles infundir el amor que por ellos sienten.
         La Virgen de la Eucaristía ama tanto a Jesús, que lo lleva en brazos, y aunque Él es Dios, como es Niño, necesita protección y la Virgen, como Madre amorosísima que es, lo lleva en brazos y lo protege de quien quiera hacerle daño. Pero también, como dijimos, lo estrecha contra su pecho, como queriendo fundirlo con su Corazón Inmaculado, para que el Niño, por así decirlo, se alimente del amor del Corazón de la Virgen y, si fuera posible, viva dentro de su Inmaculado Corazón.
         Lo mismo quiere hacer la Virgen con todos y cada uno de nosotros: así como lo lleva al Niño Dios en sus brazos, y así como lo estrecha contra su Corazón Inmaculado, así quiere la Virgen llevarnos en sus brazos y estrecharnos contra su Corazón, para que experimentemos su amor de Madre celestial.

         Esto está muy bien, y es algo hermosísimo, pero algunos dirán: “¿Y qué pasa conmigo, que ya soy grande? La Virgen no me puede llevar en sus brazos”. A esto respondemos con las palabras de Jesús: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. Si ya hemos crecido y hemos aumentado de estatura, es verdad que la Virgen no nos puede llevar en sus brazos, pero hay un modo en el que sí puede llevarnos entre sus brazos, sin importar la edad, y es llevándonos espiritualmente. Sin embargo, para que la Virgen nos pueda llevar espiritualmente entre sus brazos, necesitamos “ser niños”, como nos pide Jesús: “Quien no sea como niño, no entrará en el Reino de los cielos” (Mt 18, 3). “Ser como niños” quiere decir que, aunque seamos grandes, podemos tener la inocencia y la pureza de cuerpo y alma que tiene un niño recién nacido, y esto lo conseguimos por la gracia que se nos da en los sacramentos, ante todo, la Confesión sacramental y la Eucaristía. Por la gracia, podemos ser espiritualmente como niños, porque la gracia nos hace participar de la pureza y de la inocencia del Niño Dios. Por la gracia, somos como el Niño Dios, y ahí sí que la Virgen puede llevarnos espiritualmente entre sus brazos, y estrecharnos contra su Inmaculado Corazón, para hacernos sentir su amor maternal. Con Jesús y María, nada debemos temer, absolutamente nada.

jueves, 3 de agosto de 2017

Nuestra Señora de la Eucaristía quiere que recibamos a su Hijo por la Comunión Eucarística


         Dicen los santos que cuando un alma se acerca a María, recibe a Jesús, y esto es lo que sucede también con la Virgen de la Eucaristía: quien se acerca a la Virgen de la Eucaristía, recibe a Jesús, pero lo recibe de una manera particular: espiritualmente, porque la Virgen da a su Hijo a todo aquel que se acerca a Él con un corazón contrito y humillado, y sacramentalmente, porque en el caso de la advocación de Nuestra Señora de la Eucaristía, la Virgen lo que desea es que el alma reciba a su Hijo, además de un modo espiritual, en la Eucaristía, es decir, sacramentalmente, por medio de la comunión eucarística.
         Ahora bien, con la Virgen sucede lo que sucede con una madre que tiene en sus brazos a su hijo amado, y lo quiere compartir un rato con alguien a quien ama: así como no se puede tomar al niño con manos llenas de barro, porque el niño se ensuciaría, así también el alma no puede recibir a Jesús Eucaristía, manchada con esa mancha espiritual que es el pecado. Por eso mismo, es necesaria la Confesión Sacramental, para limpiar el alma y dejarla resplandeciente, con el brillo mismo y el perfume de la gracia de Dios, para que Jesús Eucaristía pueda entrar en nuestros corazones y concedernos todas las gracias que desea darnos, además del Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

         “Quien se acerca a María, recibe a Jesús”, dicen los santos. Quien se acerca a Nuestra Señora de la Eucaristía, recibe la gracia de amar la Confesión Sacramental, para tener un alma limpia y así poder recibir a Aquel que es más grande que los cielos eternos, el Dios del sagrario, Jesús Eucaristía. Y una vez con Jesús en el corazón, el alma recibe todo tipo de gracias, la principal de todas, el desear no apartarse nunca de la comunión eucarística, por medio de la cual recibe al Rey de los cielos, Nuestro Señor Jesucristo.

miércoles, 28 de junio de 2017

Para la Virgen, su Hijo Jesús era lo que más amaba y todo lo que tenía en la vida


(Homilía para niños de Primaria)

         Desde que el Arcángel Gabriel le dijo a la Virgen que Dios Padre la había elegido para que sea la Mamá de Dios Hijo, para la Virgen no hubo nada en el mundo que amara, sino a su Hijo Jesús y si amaba algo que no fuera Jesús, lo amaba para Él y por Él. La Virgen siempre estaba pensando en Jesús, en cómo cuando Él, cuando fuera grande, iba a entregar su Cuerpo en la Cruz y derramar su Sangre por sus heridas, para salvar a todos los hombres. Cuando Jesús estaba en su panza, y era más chiquitito que una cabeza de alfiler, la Virgen le cantaba canciones para niños y soñaba con el día en el que lo iba a abrazar. Mientras tanto, y como hace toda mamá con su hijo en la panza, lo alimentaba en el interior de la panza, para que Jesús fuera creciendo y, de una célula pequeñita, se fuera haciendo un bebé cada vez más grande. Y cuando nació milagrosamente en Belén, la Virgen lo envolvió en pañales y le dio el calor de su Corazón Purísimo, y después, cuando Jesús iba creciendo, en todo momento, la Virgen estaba siempre pendiente de su Hijo Jesús, y cuando no lo veía, siempre pensaba en Él y lo amaba con todo el amor de su Corazón. Cuando Jesús ya fue grande y se fue a predicar, también la Virgen lo acompañaba con su oración, y cuando lo crucificaron, fue la única que se quedó todo el tiempo, al lado de la cruz, ofreciéndolo al Padre para nuestra salvación, aun cuando eso quería decir que Ella se moría en vida, porque Jesús era la vida de su Corazón. Y cuando Jesús murió, la Virgen lo recibió cuando lo bajaron de la cruz, y lavó sus heridas, la tierra, y la sangre que las cubrían, con sus lágrimas, porque era tanto el llanto de la Virgen, que con sus lágrimas lavó todo el Rostro de Jesús. Y cuando a Jesús lo sepultaron, la Virgen estuvo haciendo duelo el Viernes y el Sábado, esperando la Resurrección, y se alegró mucho cuando Jesús resucitó, porque fue la primera a la que se le apareció. Desde que Jesús estuvo en su panza, después que el ángel le anunció que iba a ser Madre de Dios, y durante toda la vida de Jesús, hasta su muerte en cruz y resurrección, la Virgen tuvo un solo pensamiento: Jesús, y un solo amor: Jesús. Es por esto que, a cada segundo, y en cada respiro, la Virgen repetía una sola frase: "Jesús, te amo".

         Al igual que la Virgen de la Eucaristía, que también nosotros tengamos un solo pensamiento en nuestra vida: Jesús Eucaristía, y también un solo amor en el corazón: Jesús Eucaristía, y junto con la Virgen, digamos siempre: "Jesús Eucaristía, te amo".

viernes, 23 de junio de 2017

La Virgen de la Eucaristía nos pide que hagamos lo que Jesús nos dice


(Para niños)

         Un día, Jesús y su Mamá, la Virgen, fueron a una fiesta de casamiento, porque los novios eran amigos suyos. Cuando estaban en la fiesta, la Virgen se dio cuenta que a los novios se les había terminado el vino, por lo que la fiesta se iba a arruinar. Entonces, le dijo a Jesús, pero Jesús no quería hacer ningún milagro, porque su Papá le había dicho que todavía no había llegado la Hora de que Él hiciera milagros delante de todos. Pero la Virgen lo miró con sus dulces y hermosos ojos, y le volvió a pedir a Jesús, y entonces Jesús, que no puede resistirse a la mirada de amor de su Mamá, le dijo que sí iba a hacer el milagro, porque Ella se lo pedía. Y antes que Jesús le diga que sí, también Dios Padre le dijo permiso a Jesús para que hiciera el milagro, para que Jesús pudiera demostrar a todos el Amor de Dios. Cuando Jesús le dijo que sí iba a hacer el milagro, la Virgen le dijo a los sirvientes: “Hagan lo que Él les diga”. Entonces Jesús mandó que llenaran unas tinajas de piedra con agua, hasta el borde, y cuando los sirvientes lo hicieron, Jesús transformó el agua en un vino exquisito, tan rico, que el jefe de los mozos lo probó y sin saber que Jesús había convertido el agua en vino, le dijo al novio que era el mejor vino que había probado. Y los novios, entonces, pudieron seguir con su fiesta de casamiento, alegres porque tenían un vino exquisito para convidar a sus amigos. Este milagro de convertir el agua en vino, lo hizo Jesús con su poder, para que nosotros nos demos cuenta que Él es Dios y que tiene el poder de hacer un milagro todavía más grande, y es el de transformar el vino de la Misa en su Sangre.
         Este milagro nos muestra el poder que tiene la Virgen delante de Jesús, que es Dios: es el poder del amor de su Corazón de Mamá, y es tan fuerte su amor de Mamá, que Jesús no le niega nada de lo que su Mamá le pide. Entonces, cuando necesitemos algo de Jesús, no dudemos en acudir a nuestra Mamá del cielo, la Virgen, para que Ella interceda ante Jesús por nosotros, y así conseguiremos de Jesús todos los milagros que Jesús quiere hacer en nuestras vidas. Pero también, cuando simplemente tengamos el deseo de decirle a Jesús que lo amamos, se lo digamos primero a la Virgen, para que Ella le diga a Jesús, de parte nuestra, que lo amamos mucho. Y Jesús hará un milagro más grande que convertir el agua en vino: convertirá nuestro amor a Él, que es pequeño, en un amor tan grande, que llegue hasta el cielo.

         Todos juntos le vamos a rezar esta oración a Nuestra Señora de la Eucaristía: “Virgen María, Nuestra Señora de la Eucaristía, te pedimos que le digas a Jesús que lo amamos mucho y que proteja siempre a nuestras familias. Nosotros te prometemos, Mamá de Jesús y Mamá nuestra, que vamos a hacer siempre lo que Jesús nos diga. Amén”.