jueves, 18 de mayo de 2017

Quien acude a la Virgen de la Eucaristía, recibe lo más hermoso de esta vida, Jesús Eucaristía


         Dicen los santos que quien acude a María, recibe a Jesús. Es como cuando alguien, desde un valle elevado, se para delante de la pared de una montaña y da un grito: las paredes de la montaña le devuelven el eco de sus palabras, con lo cual escucha su misma palabra, pero como si fuera dicha por la montaña. Con la Virgen sucede algo similar, sólo que si nosotros decimos “María”, Ella dice “Jesús”, de manera tal que, siempre que acudimos a la Virgen, obtenemos como respuesta su Hijo Jesús. Como en el ejemplo anterior, si estuviéramos delante de una montaña que nos devuelve el eco de nuestras palabras, dijéramos “María”, pero en vez de escuchar el eco que, rebotando nuestras palabras, nos dijera “María”, escucháramos que, cada vez que decimos “María”, el eco nos dice “Jesús”.
         Esto mismo sucede con Nuestra Señora de la Eucaristía: al acudir a Ella, la Virgen nos da a su Hijo Jesús, pero no de cualquier manera. ¿De qué manera nos da a su Hijo Jesús? Nos da a su Hijo Jesús de muchas maneras, o más bien, antes de darnos a su Hijo Jesús, cuando acudimos a Ella, la Virgen nos da otras cosas: aumenta nuestra fe en Jesús; aumenta nuestro deseo de conocer y amar cada vez más a Jesús, en su Persona, en su vida, en sus milagros, pero sobre todo, en la Eucaristía; nos da el deseo de conocerlo para imitarlo y para ser una copia viviente de Jesús y de su Sagrado Corazón Eucarístico. Luego de todo esto, la Virgen nos da a su Hijo Jesús, pero no de manera imaginaria, sino real, porque nos da a Jesús en su Presencia Eucarística, que es real, verdadera y substancial.
         ¿Por qué es importante acercarnos a la Virgen de la Eucaristía? Porque si vemos la Eucaristía con nuestros propios ojos, sólo veremos un poco de pan y nuestro amor por Jesús será muy escaso o, prácticamente, nulo. En cambio, si nos acercamos a Ella, la Virgen nos hará ver a su Hijo Jesús en la Eucaristía, con sus propios ojos y nos hará amarlo con su mismo Amor.
         La Virgen María, Nuestra Señora de la Eucaristía, contestará a todas y cada una de nuestras peticiones, si es que son convenientes para nuestra eterna salvación, pero hará algo mucho más hermoso que darnos lo que le pedimos, aún cuando lo que le pidamos sea algo bueno y necesario para nuestra salvación: nos dará a su Hijo Jesús en la Eucaristía. Digamos a la Virgen de la Eucaristía: “María” y Ella nos dirá: “Jesús Eucaristía”. Y recibir a Jesús Eucaristía es lo mejor que puede pasarnos, porque conocer y amar a Jesús Eucaristía, es lo mejor que tiene esta vida.


jueves, 11 de mayo de 2017

¿Qué sucede cuando dejamos entrar a la Virgen a nuestros corazones?


        
Por qué la Virgen quiere entrar en nuestros corazones

Podría pensarse que lo primero que sucede, es que se solucionen de un día para otro todos nuestros problemas –por ejemplo, le pedimos que nos cure de tal enfermedad, que nos solucione tal situación que nos aqueja, etc.-, pero aunque la Virgen sí puede hacerlo y lo hará sin ninguna duda si eso que pedimos es lo más conveniente para nosotros, con toda seguridad no lo hará en el tiempo y en la forma en que nosotros pensamos y queremos, por lo que puede suceder que continuemos, todavía por un tiempo, con muchas situaciones que pueden mortificarnos. En otros casos, sí, la Virgen concederá de modo instantáneo las gracias que se piden; lo que es seguro es que siempre escuchará todas y cada una de las peticiones que le hagamos y que no dejará de atender por ellas, aunque, como lo dijimos, no sea en el tiempo y la forma en que nosotros lo deseamos. Sin embargo, lo más importante de la presencia de la Virgen en nuestras vidas, no es que nos conceda tal o cual favor, porque si la Madre de Dios quiere entrar en nuestras vidas, no es para simplemente “solucionarnos los problemas”, sino para concedernos algo infinitamente más grande que la concesión de diversos favores, y para saber qué es, usemos primero un poco la imaginación.
Imaginemos que nos encontramos en una habitación, llena de objetos, pero cuyas ventanas y puertas están tan cerradas, que no dejan entrar la luz del sol; además, tampoco hay luz eléctrica ni de ninguna otra clase, por lo que está todo tan oscuro, que apenas podemos distinguir nuestra propia mano. Imaginemos que luego una de las ventanas comienza a abrirse, y como afuera es un día de sol, como de primavera, entra por la hendija un pequeño rayo de sol, lo cual permite que los objetos de la habitación ya se puedan vislumbrar mucho mejor que antes; un poco más tarde, tanto las ventanas, como también la puerta, se abren por completo, entrando de lleno la luz del sol e iluminando con tanta intensidad la habitación, que nos da la impresión de que el mismo sol estuviera dentro.
¿Qué significa esta imagen? Cada elemento de la imagen, tiene un significado espiritual y sobrenatural: la habitación cerrada y a oscuras, es nuestro corazón que, sin la gracia de Dios, está a oscuras; las tinieblas son, principalmente, el error, el desconocimiento y el desamor hacia la Presencia real y verdadera de Jesús en la Eucaristía, es decir, a pesar de haber hecho la Comunión y la Confirmación, no sabemos bien o no terminamos de creer que Jesús esté vivo en la Eucaristía y, por lo tanto, no lo amamos en su Presencia Eucarística, según el dicho: “Nadie ama lo que no conoce”; el rayo de sol que entra e ilumina, es un rayo de luz, pero no es el sol, y así significa la entrada de la Virgen en nuestras almas, porque al estar “recubierta de sol”, como dice el Apocalipsis, su presencia es luminosa, aunque no es en sí misma el Sol de justicia, Jesucristo; las ventanas que se abren, son nuestros corazones cuando, al recibir la gracia de conocer a la Virgen, le damos lugar a que la Virgen ingrese en nuestras vidas, la vida cotidiana, de todos los días; la luz del sol que entra cuando las ventanas se abren y el sol mismo que entra en la habitación es Jesucristo, Sol de justicia, que ingresa en el alma cuando dejamos entrar a la Virgen, así como después del rayo de sol entra toda la luz del sol, al abrirse totalmente las ventanas y la puerta de la habitación. Es esto entonces lo que sucede cuando permitimos a María entrar en nuestras vidas: mucho más que “solucionarnos” los problemas, lo que desea la Virgen es que le abramos las ventanas y puertas del alma para que con Ella entre su Hijo Jesús.
Dicho de otras maneras, lo que sucede con la habitación del ejemplo, es lo que sucede en nuestras vidas cuando dejamos entrar a la Virgen: pasamos de la oscuridad a la luz, porque Ella nos trae a su Hijo Jesús, que disipa las tinieblas que nos rodean y envuelven continuamente, las tinieblas del pecado, del error y, sobre todo, de la ignorancia y el desamor acerca de la Presencia de su Hijo Jesús en la Eucaristía y así la Virgen nos hace conocer y amar a su Hijo en la Eucaristía, pero no según nuestra naturaleza, sino como Ella lo conoce y ama, es decir, con su misma Inteligencia y con el Amor de su Inmaculado Corazón.
Por esta razón, no es indistinto dejar o no dejar entrar a la Virgen: si no la dejamos entrar, permanecemos a oscuras y alejados de Jesús; si la dejamos entrar, con Ella viene el Sol de justicia, Jesús, que vence a las tinieblas de nuestros corazones, con la luz de su gracia.

Hagamos el propósito entonces de abrirle nuestros corazones a Nuestra Señora de la Eucaristía, y con Ella vendrá su Hijo, Jesús Eucaristía, que iluminará nuestras vidas con la luz de su gloria.

jueves, 4 de mayo de 2017

Los milagros que hace Nuestra Señora de la Eucaristía


         Cuando nosotros presentamos nuestras intenciones a la Virgen, ¿de qué manera responde la Madre de Jesús a nuestros pedidos? ¿Qué milagros hace Nuestra Señora de la Eucaristía? ¿Puede hacer milagros? Para saberlo, veamos qué dice el Evangelio de la Virgen en las Bodas de Caná: allí, se les termina el vino a los novios, entonces la Virgen, dándose cuenta de esto, le avisa a Jesús: “Hijo, no tienen más vino”, con el propósito de que Jesús interviniera e hiciera algo en favor de los novios, que eran amigos suyos. Pero Jesús no quería hacer ningún milagro, porque no había llegado la Hora autorizada por el Padre para que Él hiciera milagros en público. Hasta entonces, Jesús había hecho muchos milagros, pero en secreto, no en público. Por eso Jesús le dice a su Mamá: “Mujer, ¿a ti y a Mí qué?”, como si le dijera: “Mamá, si se les terminó el vino es problema de ellos, no nos incumbe, ni a ti ni a Mí. Todavía no llegó mi hora”. Pero Jesús no le puede negar nada a su Madre, y por eso es que, a renglón seguido, el Evangelio cita a la Virgen, diciendo: “Hagan lo que Él les diga”. Jesús les hace traer las tinajas de piedra, les dice que las llenen de agua y hace el milagro y convierte el agua en vino y vino del mejor, tanto que el maestresala felicita a los novios por la calidad del vino: “Has reservado el mejor vino para lo último”.
         El primer milagro público de Jesús está precedido por la intercesión de la Virgen ante Jesús, que logra que Jesús haga el milagro, cuando aún no había llegado la Hora autorizada por el Padre para que Él manifestara su Amor por medio de sus milagros. Es decir, la Virgen intercede ante Jesús y, por medio de Jesús, ante Dios Padre y Dios Espíritu Santo, y logra que Jesús haga un milagro, aún cuando no quería hacerlo. Ese milagro de Caná, anticipa el milagro de la Misa, en donde Jesús no convierte agua en vino, sino que convierte el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Como es un milagro que anticipa la Eucaristía, ya desde ese entonces, la Virgen se llama “Nuestra Señora de la Eucaristía”.

         De la misma manera, así como la Virgen obró a favor de los novios, así Nuestra Señora de la Eucaristía obrará milagros insospechados en nuestras vidas, si nosotros nos encomendamos a Ella y le pedimos su intercesión, porque aunque Jesús no quiera concedernos un milagro, Ella obtiene de su Hijo todo lo que le pide para nosotros, si eso es conveniente para nuestra salvación, y es por eso que debemos encomendarnos a Ella y pedirle las gracias que necesitemos para nuestras vidas. Pero el milagro principal que hará la Virgen de la Eucaristía en nuestras vidas, será Eucarístico, porque hará que nuestros corazones amen a su Hijo, Jesús Eucaristía, más que a cualquier cosa en el mundo.

jueves, 27 de abril de 2017

Qué sucede cuando nos visita Nuestra Señora de la Eucaristía


         ¿Qué sucede cuando nos visita Nuestra Señora de la Eucaristía? Para saberlo, recordemos qué sucedió en la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel, según lo relata el Evangelio (cfr. Lc 1, 39-45). Como sabemos, tanto Isabel como la Virgen, que eran primas, estaban encintas, aunque la Virgen lo era por obra del Espíritu Santo, y no por obra de hombre. La Virgen, a pesar de estar embarazada, emprendió un largo viaje hacia el hogar de Santa Isabel, para asistir a su prima, que ya era anciana. En esta Visita, la Virgen fue la causa de la alegría, tanto de Santa Isabel, como de Juan el Bautista, que estaba en el vientre de Santa Isabel, y la razón de la alegría de ambos, fue la Presencia de Jesús, que venía con María. El Evangelio dice que cuando Santa Isabel vio a la Virgen, exclamó, “llena del Espíritu Santo”: “¿Quién soy yo, para que la Madre de mi Señor venga a visitarme?”. Es decir, Santa Isabel no la saluda con un simple saludo, como sucede entre parientes, y eso a pesar de que era su prima: la saluda como “Madre de mi Señor”, que es igual a decir: “Madre de Dios”, y esto lo hace porque está iluminada por el Espíritu Santo. Y cuando Juan el Bautista escuchó que venía la Virgen, “saltó de alegría” en el seno de su madre, Santa Isabel, y esto porque era también el Espíritu Santo el que, enviado por Jesús, le hacía saber que Él era el Hijo de Dios y que venía con la Virgen.
         Es decir, la Visita de María trae siempre a Jesús, que es Dios, y con Jesús, viene el Espíritu Santo, y esta es la razón de la alegría que experimentan Santa Isabel y San Juan Bautista cuando la Virgen los visita.
         Esto mismo sucede cuando Nuestra Señora de la Eucaristía nos visita: así como la visitó a Santa Isabel, con su Hijo en su seno virginal, así nos visita con su Hijo Jesús en brazos, pero para con nosotros, demuestra un amor todavía más grande que para con su prima, porque a Santa Isabel no le dio el Cuerpo de su Hijo para comulgar, en cambio a nosotros, la Virgen nos trae a su Hijo Jesús, Presente en la Eucaristía, para que lo recibamos con el corazón abierto, de par en par, en estado de gracia, para que Jesús nos dé todo el Amor de su Sagrado Corazón, y para que nosotros, a cambio, le demos también todo el amor del que seamos capaces.

         Nuestra Señora de la Eucaristía nos visita para que, una vez purificados nuestros corazones por la gracia del Sacramento de la Penitencia, recibamos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su Hijo Jesús, Presente en la Eucaristía, para que Jesús nos transmita su paz y su alegría, que son la Paz y la Alegría de Dios.

jueves, 20 de abril de 2017

El don de Nuestra Señora de la Eucaristía


         Cuando contemplamos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, observamos que se encuentra de pie y en posición de avanzar, dando un paso hacia adelante, con su rostro dirigido hacia quien la está contemplando. La Virgen también está ligeramente inclinada hacia adelante, y lleva entre sus brazos a su Hijo Jesús, quien a su vez lleva un racimo de uvas.
¿Qué nos dice esta imagen?
         Por un lado, la Virgen se dirige hacia nosotros, que la contemplamos; no está solamente erguida, sino que está en actitud de caminar hacia adelante y puesto que se inclina ligeramente, parece querer indicarnos que quiere que recibamos a su Hijo Jesús, que lleva sus uvas con Él. Es como el clásico gesto de una madre amorosa, que ama a su hijo, que sabe que su hijo es un niño bueno y quiere compartirlo con los demás, entregándolo para que estos a su vez lo abracen y puedan recibir el cariño del niño. Es esta la actitud de la Virgen, pero la Virgen no es una madre más entre tantas, sino que es la Madre de Dios, y su Hijo no es un niño más entre tantos, sino el Niño Dios, Dios Hijo que, tomando Cuerpo y Alma humanos, vive con su divinidad en la humanidad del Hijo de María Virgen.

         Esto quiere decir que, en el gesto de la Virgen, debemos ver, por un lado, el deseo de la Virgen de que nosotros recibamos a su Hijo, que es Dios, por la fe y por el amor, en nuestros corazones. La Virgen nos da a su Hijo, que es Dios Niño, para que sepamos que nada debemos temer de Dios, porque si Dios se ha hecho Niño y se nos dona a través del amor de su Madre, es para que no tengamos ni miedo ni recelo en acercarnos, porque sucede lo mismo que con una madre y su hijo pequeño: así como nadie tiene miedo ni recelo a un niño pequeño, así tampoco los cristianos debemos tener miedo ni recelo en abrir nuestros corazones y nuestras almas a Dios hecho Niño. Esto es para que sepamos que no solo debemos y podemos acudir a Dios, como si fuera un Niño, porque Dios se ha hecho Niño, cuando necesitamos algo, sino, ante todo, es para que sepamos que podemos contar con el Amor de Dios, que si Dios se ha hecho Niño, sin dejar de ser Dios, no es para otra cosa que para darnos su Amor. Pero también hay otro significado en la imagen de la Virgen: Ella es Madre y Modelo de la Iglesia, por lo que representa a la Iglesia, y así como Ella nos da el Cuerpo de su Hijo Jesús, que lleva las uvas con las que se hace el vino, así la Madre Iglesia nos da al Hijo de María Virgen, el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía, y nos da el Vino que se hace con la Vid verdadera triturada en la Pasión, la Sangre de Jesús.      Al entregarnos el Cuerpo y también la Sangre de su Hijo, simbolizada en las uvas, la Virgen nos invita a que nos acerquemos a la Iglesia para que recibamos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Eucaristía. Y, del mismo modo a como el Niño, al recibir su Cuerpo, nos da su Amor cuando lo tenemos entre nuestros brazos, así también, cuando recibimos el Cuerpo de Cristo en la boca, por la Comunión Eucarística, recibimos el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, el Espíritu Santo.

viernes, 28 de octubre de 2016

Significado de la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía


         ¿Qué significado tiene la imagen de la Virgen de la Eucaristía?
Para saberlo, analicémosla a la luz de la fe.
La Virgen está de pie, pero no detenida, sino en gesto de avanzar, de ir hacia quien la contempla; sostiene en sus brazos al Niño Dios, vestido con una pequeña túnica, símbolo de su inocencia. El Niño Dios, a su vez, sostiene, ayudado por su Madre, un racimo de uvas.
Por parte de la Virgen, el gesto de avanzar, de caminar y desplazarse hacia adelante, significa viene hacia nosotros, pero no es un encuentro al estilo terrenal: la Virgen, que viene a visitarnos, viene desde lo alto, desde el cielo en donde habita, hacia nosotros, que vivimos en el exilio de esta vida y esta tierra, llamada “valle de lágrimas”. Podemos decir, entonces, que la Virgen viene hacia nosotros, pero no como quien viene desde un camino terreno, sino que viene desde el cielo, porque es allí en donde habita. Viene desde el cielo a visitarnos, de un modo similar, parecido a como fue a Visitar –en el episodio conocido como “la Visitación”- a su prima Santa Isabel, aunque con diferencias. En la Visitación a Isabel, la Virgen no llegó desde el cielo; en la Visitación que nos hace Nuestra Señora de la Eucaristía, sí viene desde el cielo. En lo que se asemeja es que, al igual que en el Evangelio, cuando la Virgen visitó a su prima Santa Isabel, esta quedó llena del Espíritu Santo y además le causó tanta alegría a su hijo -no nacido aún- Juan el Bautista, de la misma manera, la Llegada o Visitación de Nuestra Señora de la Eucaristía a un alma, a la vida de un bautizado, es siempre causa de alegría y gozo espiritual, porque la Virgen nos trae a su Hijo Jesús, aunque de modo distinto que a Santa Isabel: cuando visitó a Santa Isabel, el Niño aún no había nacido; cuando nos visita Nuestra Señora de la Eucaristía, nos trae al Niño ya nacido.
¿Y qué simboliza el Niño, sostenido en los brazos de la Virgen de la Eucaristía? El gesto de la Virgen al avanzar hacia el que la contempla, es el de entregar al Niño para que éste sea a su vez sostenido entre los brazos del que contempla la imagen, de la misma manera a como cuando una mamá, orgullosa de su niño, lo da a otro para que este también pueda abrazarlo, aunque sea por unos momentos.
Es decir, la Virgen de la Eucaristía sostiene el Cuerpo de su Niño entre sus brazos, y nos lo alcanza, para que nosotros lo tomemos al Niño y lo abracemos. Es una representación de la Iglesia que nos da, al igual que la Virgen, el fruto de sus entrañas, por medio del misterio de la Santa Misa: así como la Virgen de la Eucaristía nos da el Cuerpo de su Niño Jesús, así la Iglesia nos da el Cuerpo de Jesús, la Eucaristía.
En cuanto a las uvas, su significado es el siguiente: con las uvas se hace el vino y el vino en la Misa se convierte en la Sangre de Jesucristo: al darnos a su Hijo y, con Él, las uvas, la Virgen nos da su Cuerpo y su Sangre, así como la Iglesia nos da el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo en la Eucaristía.

Entonces, con el mismo amor con el que recibimos al Niño Dios que nos da la Virgen de la Eucaristía, así, con el mismo amor, debemos recibir en la Comunión al Cuerpo y la Sangre de este Niño, el Cordero de Dios, glorioso y resucitado en la Eucaristía.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Rosario meditado para rezar los Primeros Sábados de mes


En sus apariciones en Fátima, la Virgen pide los Cinco Primeros Sábados de Reparación 
Hacia el final de la reseña, ofrecemos las meditaciones correspondientes a los misterios gozosos, para rezar y meditar los Primeros Sábados de mes, con espíritu de reparación, según el pedido de la Virgen en Fátima

La Virgen le a Sor Lucía que “con el fin de prevenir la guerra, vendré para pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora en los primeros sábados de mes”. La promesa hecha por Nuestra Señora a Lucia en Julio 13, 1917 de que habría una manifestación futura concerniente a la práctica de los Cinco Primeros Sábados fue cumplida el 10 de diciembre de 1925.
Lucía era postulante en el Convento de las Doroteas en Pontevedra, España cuando tiene una aparición de la Virgen sobre una nube de luz, con el Niño Jesús a su lado. La Santísima Virgen puso su mano sobre el hombro de Lucía, mientras en la otra sostenía su corazón rodeado de espinas. El niño le dijo: “Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie que haga un acto de reparación para sacárselas”.
Inmediatamente dijo Nuestra Señora a Lucía: “Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que, durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación”.
Los elementos principales de los 5 primeros sábados de reparación son:

1-Confesión. Es esencial en el camino del arrepentimiento y la conversión. 
2-Eucaristía: Recibir la Santa Comunión. El primer fruto de esta devoción es el culto a la Santa Eucaristía en sus tres aspectos: sacrificio, comunión y adoración. Acompañar al Santísimo Sacramento por quince minutos.
3-Rezo del Rosario con dos aspectos: oración y meditación. Se rezan cinco misterios con la meditación de los misterios.
La oración vocal del Rosario tiene siempre en su base un acto de meditación interior en los misterios de la vida, sufrimiento y gloria de nuestro Señor y de la Santísima Virgen. La jaculatoria que la Virgen pide que recemos después de cada misterio: “Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno. Lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia”.
Estas almas son las de los pecadores por quienes rezamos por su conversión y salvación eterna. Estos pecadores pueden ser los que están más obstinados en su pecado sin arrepentirse, aquellos que están, sin saberlo, al borde de la muerte y están en pecado mortal. Finalmente, aquellos que por circunstancia de lugar, están lejos de la posibilidad de conseguir un sacerdote y recibir los sacramentos incluso en sus últimos momentos. Por estas pobres almas, las que están en mas necesidad de la misericordia de Dios, deben ser derramadas las eficaces oraciones de las almas cristianas, intercediendo por ellos, haciendo reparación, uniéndose en meditación con el corazón de María, Madre y Refugio de los pecadores.
Promesa de Salvación Aquellos que practiquen esta devoción de los cinco primeros sábados , Nuestra Señora prometió: "Yo os asistiré a la hora de vuestra muerte con las gracias necesarias de salvación". Ella no promete la salvación eterna, sino las gracias necesarias para la salvación. Hay muchos testimonios de almas que son especialmente devotas del Corazón de María, que reciben un conocimiento del cielo que la hora de su partida está cerca. No es precisamente un anuncio de la muerte, pero si una nueva y gentil preocupación por recibir con más dignidad los sacramentos, con una intención mas pura en todas sus acciones y se intensifica la caridad y la dedicación al apostolado. El Corazón de María va perfeccionando las almas de sus hijos hasta llegar a su encuentro decisivo con su Divino Salvador.


Espíritu de Reparación
Todos estos actos de la devoción, deben hacerse con la intención de reparar las ofensas cometidas en contra del Inmaculado Corazón de María. Aquellos que la ofenden cometen una ofensa doble: ofenden a su Divino Hijo, y ponen en peligro su salvación. Esta reparación hace énfasis en nuestra responsabilidad hacia los pecadores que no oran y no hacen reparación por sus pecados.
Esta devoción nos presenta una responsabilidad social y nos recuerda de que para ir a Dios debemos amar a nuestros semejantes y tratar de salvar sus almas. También nos enseña una forma excelente de hacerlo, a través del espíritu de reparación al I.C. de María. Hay quienes se preocupan de que se les puede olvidar en cada uno de los cinco sábados ofrecer por la intención de reparación. Pero esto se puede evitar haciendo la resolución de ofrecer esta reparación desde el primer sábado que se empieza.. "Dios mío yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan, y no te aman" (el ángel a los pastorcitos de Fátima)
¿Por qué 5 Sábados? Después de haber estado Lucía en oración, Nuestro Señor le reveló la razón de los 5 sábados de reparación: "Hija mía, la razón es sencilla: se trata de 5 clases de ofensas y blasfemias proferidas contra el Inmaculado Corazón de María:  
1-Blasfemias contra su Inmaculada Concepción.

2-Contra su virginidad,

3-Contra su Maternidad Divina, rehusando al mismo tiempo recibirla como Madre de los hombres.

4-Contra los que procuran públicamente infundir en los corazones de los niños, la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia la Madre Inmaculada.

5-Contra los que la ultrajan directamente en sus sagradas imágenes.

"He aquí hija mía, por qué ante este Inmaculado Corazón ultrajado, se movió mi misericordia a pedir esta pequeña reparación, y, en atención a Ella, a conceder el perdón a las almas que tuvieran la desgracia de ofender a mi Madre. En cuanto a ti procura incesantemente con tus oraciones y sacrificios moverme a misericordia para con esas almas".

También es importante establecer un tiempo fijo para la devoción, en este caso los primeros cinco sábados de mes. Esto nos ayudará a establecer un hábito. La misma Iglesia lleva nuestra vida espiritual por ciclos litúrgicos: cuaresma, adviento...

Importancia de esta devoción
En febrero de 1926 se le apareció el Niño Jesús preguntándole si había difundido la devoción a su Santísima Madre. Lucía le contó las dificultades que tenía en llevar a cabo esta misión. Jesús le respondió que con su gracia bastaba.
En Fátima, la Virgen misma desea recomendar esta devoción, especificando "cinco primeros sábados consecutivos" enriqueciendo esta práctica con la promesa de salvación. En la última instancia, es Dios quien es ofendido por cada pecado. Por esta razón, es Dios también quien es el objeto último de cada acto de reparación de los cristianos. Nosotros no podemos comprender propiamente el mensaje celestial dado en Fátima en este punto esencial de reparación si no lo hacemos reparando directamente al Inmaculado Corazón de María. Es nuestro Señor mismo quien nos dice: "Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Esta cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie que haga un acto de reparación para sacárselas".
La predestinación de María en su Maternidad Divina, su colaboración activa en toda la obra de redención, su misión de ser madre espiritual de toda la Iglesia y de cada persona redimida por la preciosa sangre de Cristo, constituye una de las leyes básicas de la divina providencia para la aplicación efectiva de la redención en cada alma. Por lo tanto, la devoción a su Inmaculado Corazón debe ser intensificada y extendida. Consecuentemente quien ofenda a nuestra Madre, ya sea por blasfemia, por negación de su grandeza en su misión de corredención, o por tratar de despreciar la devoción a Nuestra Señora en la Iglesia o en las almas, al mismo tiempo ofende a Dios y a su providencia.

Un cristiano que comprende cuan vil son este tipo de ofensas trata de hacer reparación intensificando su amor filial y su disponibilidad a servir y trabajar arduamente para que el Reino del Corazón de María se establezca. Así responde el amor. Ambos aspectos de la reparación cristiana: primero directamente a Dios y subordinadamente al corazón de María, son manifestaciones complementarias de una misma realidad y un mismo espíritu.

  Frutos de esta devoción
En toda verdadera devoción a nuestra Señora (y la devoción a su Inmaculado Corazón es expresión perfecta de la verdadera devoción) hay siempre una invitación efectiva a regresar los corazones a Cristo Salvador. Cuando se trata de aquellos que han perdido la gracia, es una llamada a la conversión, a la vida de gracia y a la salvación eterna. Cuando se trata de almas que viven en la gracia de Dios, la verdadera devoción a María, les da un fuerte impulso por avanzar por la vía de santidad y crea en ellos un espíritu de apostolado cristiano. Esta es una ley constante en la vitalidad de la Iglesia. Ya sean Instituciones Marianas, Santuarios Marianos, movimientos y peregrinaciones Marianas, siempre han sido una llamada irresistible desde el corazón maternal de María, a un regreso de estas almas a Cristo. La práctica de los cinco primeros sábados en reparación, corresponde a este nuevo capítulo de la santificación para aquellos que desean escalar la montaña del amor y de la santidad.
Rezo del Santo Rosario meditado para el Primer Sábado de mes
Misterios Gozosos
1er Misterio: La Anunciación del Ángel a la Santísima Virgen María y la Encarnación del Hijo de Dios. 
Evangelio: “El ángel anunció a María y le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; 31 vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús". Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue” (Lc 1, 26-38).
Meditación
El Ángel le anuncia a la Virgen que será la Madre de Dios. La Virgen, por ser la Inmaculada Concepción y la Llena de gracia, dice "Sí" a la Voluntad del Padre, y recibe, por obra del Espíritu Santo, al Verbo de Dios, que se encarna en sus entrañas purísimas. De esta manera, la Virgen es nuestro modelo ideal y perfectísimo para recibir la Comunión Eucarística, porque así como la Virgen creyó con su Mente Purísima la Verdad de la Encarnación anunciada por el Ángel, así nosotros debemos creer, sin adherirnos a doctrinas extrañas ni a supersticiones, en el dogma de la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, por la Transubstanciación, producida en la Santa Misa, en el momento de la consagración del pan y del vino, de manera tal que después de la consagración, ya no hay más pan ni vino, sino la substancia del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. También, así como la Virgen se adhirió con todo su Corazón Inmaculado a su Hijo, que se encarnaba en sus entrañas, sin amar a nada ni a nadie que no fuera su Hijo Dios, también así nosotros, al comulgar, debemos tener un corazón puro, que ame a Jesús en la Eucaristía y a sólo Él, y si ama a las creaturas, que sean en Él y por Él, y para Él, y nada que no sea por Él y para Él. También la Virgen lo recibió con su Cuerpo Purísimo, porque no hubo intervención de varón en la Concepción de Jesús; de la misma manera, nuestro cuerpo debe estar purificado por la penitencia, pero sobre todo, por la confesión sacramental, para recibir a Jesús Sacramentado, a imitación de María. Inmaculada Concepción, te pedimos que nos ayudes a que siempre te imitemos, para que recibamos a tu Hijo Jesús en la Eucaristía, con una mente, un corazón y un cuerpo puros, a imitación tuya, por la gracia santificante. 
Rezo
2do Misterio: La Visitación de María Santísima a su Prima Santa Isabel. 
Evangelio: “En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá;  entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo” (Lc 1, 39-46).
Meditación
La Virgen, encinta por obra y gracia del Espíritu Santo, emprende un largo y peligroso viaje para socorrer a su prima, Santa Isabel, encinta también ella. La Visita de la Virgen causa alegría y gozo en Isabel y el Bautista, quien salta de gozo en el vientre de su madre, y el motivo de la alegría de ambos, es que con la Visita de la Virgen llega Jesucristo, Dios Encarnado, el Redentor. Con su Visita, la Virgen nos enseña dos cosas: a obrar la misericordia con los más necesitados, y que su presencia maternal va siempre acompañada de la Presencia de su Hijo Jesucristo, Dios, Nuestro Señor. Visitemos a los enfermos de nuestra parroquia, sobre todo a aquellos que pertenecieron a las instituciones parroquiales, y hoy se encuentran solos y abandonados, y visitémoslos con el amor y la alegría de la Virgen y de Jesús.
Rezo
3er Misterio: El Nacimiento de Nuestro Señor en un humilde Portal de Belén. 
Evangelio: “El ángel les dijo a los pastores: les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él». Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado». Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre” (Lc 2, 11-16).
Meditación
Jesús nace en un humilde Portal de Belén. El Dios de majestad infinita; el Dios al que los cielos eternos no pueden contener; porque tanta es su grandeza, el Dios ante el cual los ángeles postran sus frentes en adoración; ese Dios, nace como un Niño humano, en una gruta excavada en la roca, utilizada como refugio para animales, en una noche fría y estrellada. Luego de nacer virginalmente, atravesando el abdomen superior de María Virgen, así como el rayo de sol atraviesa el cristal y lo deja intacto, antes, durante y después de atravesarlo, un ángel lo recibe y se lo da a María, quien lo arropa con pañales, lo cubre con su manto, lo acuna entre sus brazos, colmándolo de amor maternal y lo amamanta. El Dios de majestad infinita, el Creador del universo visible e invisible, ha nacido como un Niño más, indefenso, aterido, temblando por el frío, llorando de hambre, necesitado del amor de una madre, y del abrazo materno, que calme el desamparo que experimenta el bebé al pasar de la seguridad del vientre materno al mundo exterior. La Virgen obra la misericordia con su Niño Jesús, que está desamparado y desvalido, alimentándolo, abrigándolo, cuidándolo, y así nos da ejemplo para que nosotros obremos la misericordia para con nuestros prójimos más necesitados. Le pidamos, en este misterio, a la Virgen Inmaculada, que, a imitación suya, sepamos obrar la misericordia, para que así "atesoremos tesoros en el cielo", de manera tal que, en el día de nuestra muerte, recibamos misericordia de parte del Dios de infinita misericordia. Amén.
Rezo
4to Misterio: La Presentación de Nuestro Señor en el templo y la Purificación de María Santísima. 
Evangelio: “Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor…” (Lc 2, 22-40).
Meditación
A los pocos días de nacer, la Virgen y San José llevan al Niño Dios al templo para el rito de la Presentación, rito mediante el cual se consagraban los primogénitos a Dios. En nuestros días, el ateísmo de la sociedad materialista ha invadido a numerosos fieles, de manera tal que han perdido la noción del misterio sacramental y de la gracia santificante contenida en los sacramentos, y es así como se piensa que los sacramentos -principalmente, Bautismo, Primera Comunión, Confirmación, Matrimonio-, son meros eventos sociales, y no eventos salvíficos, en los cuales se hace presente Jesucristo con su sacrificio redentor, para donarnos la salvación. Los sacramentos, lejos de ser meros eventos sociales, utilizados para "aparentar" y "aparecer" con un barniz de cristiandad a los ojos de los hombres, pero conservando un corazón y costumbres paganos, son los "canales de la gracia", por donde se actualiza y vehiculiza el sacrificio redentor de Jesucristo, gracia que actuando en la raíz más profunda del ser metafísico del hombre, le concede la participación en la vida divina trinitaria y lo convierte en hijo adoptivo de Dios. Le pidamos en este misterio a la Virgen, morir al hombre viejo, el hombre dominado por las pasiones, por la superstición, por el error, por la concupiscencia, y nacer al hombre nuevo, y que sea Ella, la Inmaculada Concepción, quien nos presente, como niños recién nacidos, entre sus brazos, a su Hijo Jesús, Dios Nuestro Señor.
Rezo
5to Misterio: Nuestro Señor perdido y hallado en el templo, entre los doctores de la Ley. 
Evangelio: “Cuando Jesús cumplió los doce años, subieron todos a la fiesta, según la costumbre; al volverse, pasados aquellos días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Creyendo ellos que estaría en la caravana, hicieron un día de camino. Luego se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles” (Lc 2, 41-51).
Meditación
Nuestro Señor, que tiene doce años, se queda en el templo, respondiendo las preguntas de los doctores y maestros de la Ley. Mientras tanto, la Virgen y San José emprenden el regreso a su hogar, de forma separada, pensando cada uno que Jesús está con el otro. Luego de tres días, se percatan de que no es así, por lo que regresan apresuradamente a Jerusalén, pensando que Jesús se ha perdido. La realidad es que Jesús no se ha perdido en ningún momento, sino que ha permanecido siempre, en todo momento, en el templo. Muchas veces nos sucede lo mismo: caminamos en dirección contraria al templo, en donde está Jesús, y lo perdemos de vista, y pensamos que Jesús nos ha abandonado; muchas veces, somos nosotros los que nos encaminamos hacia donde no está Jesús, y por eso creemos que Jesús nos ha dejado. Perdemos de vista a Jesús, pero porque vamos en dirección contraria adonde Jesús está: Jesús está en el templo; más concretamente, está en el sagrario; más concretamente, está en la Eucaristía. No dirijamos nuestros pasos en dirección contraria al templo; no dirijamos nuestros pasos en dirección contraria al sagrario; no dirijamos nuestros pasos en dirección contraria a la Eucaristía; dirijamos nuestros pasos hacia donde está Jesús: Jesús está en el templo parroquial; Jesús está en el sagrario de la parroquia; Jesús está en la Eucaristía. Junto a María, que en Jerusalén se encuentra con su Hijo Jesús en el templo, vayamos también nosotros al templo parroquial, al sagrario, a la Eucaristía, y hagamos Adoración Eucarística: adoremos a Nuestro Dios en la Eucaristía, que ha bajado del cielo para derramar su Amor inagotable e incontenible en nuestros corazones, en los corazones de todos aquellos que se acerquen a Él en la Eucaristía, con fe, con amor, y con un corazón contrito y humillado. María, Inmaculada Concepción, tú que encontraste a tu Hijo en el templo, llévanos de la mano al templo, al sagrario, a la Adoración Eucarística, infúndenos tu mismo amor por la Eucaristía, para que amando a tu Hijo en la Eucaristía, en el tiempo que nos queda por vivir en esta vida terrena, lo continuemos amando por toda la eternidad, por los siglos de los siglos, en el Reino de los cielos. Amén.
Rezo