jueves, 2 de agosto de 2018

Cuando era Niño, la Virgen cuidaba de Jesús en todo momento



(Homilía para niños de una Escuela Primaria)

         Cuando Jesús era Niño, la Virgen cuidaba de Él en todo momento. Es verdad que Él es Dios, por eso lo llamamos “Niño Dios” y como era Dios, todo lo sabía y todo lo podía y no necesitaba la ayuda de nadie. Pero como también era Niño, necesitaba ayuda, como la necesita todo niño. Veamos qué pasa con nosotros: cuando somos niños, necesitamos de la ayuda de nuestros papás, de nuestros hermanos, de nuestros tíos, de nuestros abuelos. Y la que está casi todo el día con nosotros, es nuestra mamá, por eso es la que siempre nos ayuda más en las cosas que necesitamos. Por ejemplo, cuando volvemos de la escuela, necesitamos que nos ayuden con los deberes; necesitamos que nuestra madre nos prepare la comida, porque todavía no sabemos cocinar; necesitamos que nuestra mamá nos prepare la ropa para la escuela, para el otro día; necesitamos tomar la merienda, y así con muchas otras cosas más. Necesitamos que nos enseñen cómo comportarnos en la mesa, cómo comportarnos con otras personas, cómo tener buenos modales. Pero sobre todo, necesitamos amor, el amor de una madre y el amor de un padre, además del amor de los hermanos.
         Bueno, la Virgen era así con Jesús, cuando Jesús era Niño: Ella cuidaba de Jesús en todo momento: desde el instante mismo en que Jesús fue llevado a su panza por el Espíritu Santo, la Virgen empezó a cuidar de Jesús y nunca dejó de cuidarlo, ni siquiera cuando Jesús ya era grande. La Virgen lo acompañó hasta el Calvario y estuvo al lado de Jesús mientras Jesús estaba crucificado. Cuando Jesús era Niño, la Virgen le cosía su ropita, la lavaba y se la tenía siempre limpia y bien preparada; a la mañana, lo llevaba al mercado con Ella, para comprar las cosas para el almuerzo y la cena; cuando llegaba la merienda, la Virgen le preparaba una rica taza de leche caliente y amasaba pan para darle pan con miel, que Jesús comía con mucho gusto. Y si Jesús se llegaba a caer y si se lastimaba, la Virgen era la primera en socorrerlo, curándole las heridas con aceite. Pero sobre todo, la Virgen le daba a Jesús amor, mucho, pero mucho amor, y era eso lo que Jesús más amaba en la Virgen, el amor que Ella le daba continuamente, noche y día, porque el amor con el que la Virgen lo amaba era el mismo Amor de Dios, el Espíritu Santo.
Así como hacía la Virgen con Jesús, que lo cuidaba de noche y día con el amor de su Corazón de Madre, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, así hace la Virgen con nosotros, nos cuida todo el tiempo, de noche y de día y no solo cuando somos niños, sino también cuando somos grandes y nos ama con el amor de su Corazón, el Espíritu Santo. Acudamos siempre a la Virgen, como hace un niño pequeño con su mamá y la Virgen nos dará siempre el Amor de su Corazón Inmaculado.

jueves, 26 de julio de 2018

La Mamá del cielo, la Virgen de la Eucaristía, nos visita



         Todos nosotros, que estamos bautizados, tenemos dos mamás: una mamá de la tierra, y una mamá del cielo. La Mamá del cielo es la Virgen y hoy ha venido a visitarnos y por eso estamos alegres y contentos, porque cuando llega la Virgen, llegan también Jesús y el Espíritu Santo, como lo dice el Evangelio. Allí se narra que cuando la Virgen fue a visitar a su prima Santa Isabel, tanto ella como Juan Bautista, que estaba en la panza de Santa Isabel porque todavía no había nacido, quedaron “llenos del Espíritu Santo” y el Espíritu Santo le dio tanto alegría a Juan Bautista, que éste saltó de gozo en el vientre de su mamá y Santa Isabel, por la presencia del Espíritu Santo, la llamó a la Virgen “Madre de Dios” y no simplemente María. Y el Espíritu Santo vino porque fue Jesús el que lo sopló sobre Santa Isabel y el Bautista, y Jesús vino porque la Virgen lo traía con ella, en su vientre.
         La Llegada de la Virgen y la Visitación de la Virgen a una persona trae siempre alegría, porque con Ella vienen Jesús y el Espíritu Santo. Y con Jesús, el Espíritu Santo y la Virgen, no hay ningún problema que no podamos solucionar en esta vida. Entonces, le demos gracias a la Virgen, porque ha venido a visitarnos y con Ella han venido también Jesús y el Espíritu Santo y le pidamos a la Virgen la gracia de acudir a Ella como sus hijos pequeños, en todo momento, así como un niño pequeño acude a su mamá en todo momento, ya sea en la alegría o cuando hay algo que le causa temor. Que la Virgen de la Eucaristía, que nos visita hoy, nos acompañe a nosotros y a nuestros seres queridos, todos los días de nuestra vida.

miércoles, 20 de junio de 2018

La naturaleza humana es sumamente frágil, pero cuenta con una Madre celestial, la Santísima Virgen María



(Reflexión en ocasión de la Visita de Nuestra Señora de la Eucaristía a un establecimiento de Educación Secundaria)

         Cuando observamos la naturaleza y hacemos una comparación entre los distintos tipos de vida que encontramos, incluida la vida humana, nos damos cuenta que el hombre es el ser más frágil e indefenso de todas las especies. Mientras las especies de animales irracionales son capaces de valerse por sí mismos al poco tiempo de haber nacido –unos cuantos días, llegando a haber especies cuyos ejemplares se valen por sí mismos prácticamente apenas nacidos-, el ser humano, por el contrario, necesita no solo de días o meses para valerse por sí mismo, sino de años y de muchos años. Aunque él mismo tiene las cualidades y capacidades para ayudar a otros, siempre está necesitado de ayuda. Por otra parte, el ser humano es un ser que puede vivir solo, pero está hecho para vivir en comunión interpersonal con sus semejantes, por eso es un ser que vive en sociedad. Estas capacidades suyas no quitan lo que dijimos al inicio, esto es, que el ser humano es, de entre todas las especies vivientes, el más frágil de todos. Una muestra de lo que decimos es que un simple virus, un ser viviente invisible a los ojos debido a su pequeñísimo tamaño, puede darle muerte –es lo que sucede, por ejemplo, con el virus del SIDA o cualquier otro virus mortal- o puede incapacitarlo de forma permanente.
         Ahora bien, el ser humano no está solo. Además de contar con sus progenitores y con sus congéneres -necesita de sus progenitores cuando es pequeño, necesita de sus congéneres cuando es más grande- cuenta además con una ayuda celestial, por medio de la cual puede superar con creces cualquier adversidad que pueda presentársele en el curso de su vida mortal: además de su madre biológica, el ser humano –el cristiano- cuenta con una Madre celestial, la Virgen, que acude en su auxilio ante el más ligero pedido de auxilio.
Así como una madre terrena acude prontamente en auxilio de su hijo pequeño, que en sus intentos por aprender a caminar se cae, se golpea y llora, así, de la misma manera, pero con más premura y con más amor, acude la Virgen en auxilio de aquellos de sus hijos que imploran su ayuda. Los cristianos católicos debemos tener presente, a cada instante, esta hermosa verdad: tenemos una Madre del cielo que vela por nosotros y que solo necesita, para venir en nuestro auxilio, que elevemos los ojos del alma hacia Ella, para que la Virgen se haga presente en nuestras tribulaciones.
Por otra parte, no existe absolutamente ninguna dificultad, problema, tribulación, tentación, que no pueda ser superada con la ayuda de nuestra Madre celestial.
Para darnos una idea de cómo es esta Madre celestial que tenemos los cristianos, conviene rezar con frecuencia la siguiente oración de San Bernardo:
 “¡Oh tú que te sientes lejos de la tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo,/en medio de las borrascas y de las tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta Estrella, invoca a María!./Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María./Si eres agitado por las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la Estrella, llama a María./Si la ira, o la avaricia, o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María./“Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia,/aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima del suelo de la tristeza,/en los abismos de la desesperación, piensa en María./“En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María./No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión,/no te desvíes de los ejemplos de su virtud./No te extraviarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas./Si Ella te tiende su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer;/no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si Ella te ampara”.
         Pero además de todo este auxilio que la Virgen nos brinda, es nada en comparación con lo que Nuestra Señora de la Eucaristía quiere darnos, más allá de una ayuda espiritual, por grande que sea: mucho más que el auxilio en toda tribulación, la Virgen quiere darnos a su Hijo Jesús en la Eucaristía, lo cual supera infinitamente todo bien que seamos capaces siquiera de imaginar.


miércoles, 6 de junio de 2018

Cuando llega la Virgen, llegan Jesús y el Espíritu Santo


         En el Evangelio, en el episodio de la Visitación, se puede contemplar qué es lo que sucede cuando llega la Virgen de visita a un lugar: las personas se llenan del Espíritu Santo y de santa alegría. Que se llenan del Espíritu Santo, lo podemos ver en Santa Isabel: “Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo” (cfr. Lc 1, 39-45). Es decir, antes de la Visitación de la Virgen, Santa Isabel no había experimentado lo que era la Presencia del Espíritu Santo; luego de la Visitación de la Virgen, y en ocasión de la misma, “se llena del Espíritu Santo”. Con la Visitación de la Virgen, las personas reciben el Espíritu Santo.
         Lo otro que acontece con la Visitación de la Virgen es la alegría, que es lo que le sucede al niño por nacer Juan el Bautista: “en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno”. No se trata de un movimiento intra-uterino, de los que realizan los niños normalmente; esto habría sido bien diferenciado por Santa Isabel. Se trata de una relación de causa y efecto entre la voz de la Virgen, escuchada por Juan el Bautista, y su alegría: salta verdaderamente de alegría en el seno de su madre, Santa Isabel, cuando escucha a la Virgen; “(…) en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno”.
         Presencia del Espíritu Santo y santa alegría de Dios, ésos son los efectos que produce la Visitación de la Virgen, cuando llega a un lugar. Abrámosle a la Virgen, de par en par, las puertas de nuestros corazones, para que su Visita nos llene del Espíritu Santo y nos colme con la santa alegría de Dios.

martes, 22 de mayo de 2018

Nuestra Señora de la Eucaristía trae al alma la verdadera alegría



         Dice uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos, Aristóteles, que el hombre, naturalmente, desea ser feliz. Es decir, todo hombre, independientemente de su raza, de su edad, de su ocupación, de su estado de vida, desde que nace, hasta que muere, desea ser feliz. El deseo de felicidad es como un “sello” espiritual con el que nace cada hombre que viene a este mundo. A su vez, San Agustín, citando a Aristóteles, afirma que es verdad que todo hombre desee ser feliz, pero el problema está en que se busca la felicidad en donde esta no se encuentra. El ser humano, enceguecido por el pecado original, piensa que la felicidad, la alegría de su corazón, está en los placeres del mundo, en los bienes materiales, en el dinero, en la fama, en el poder, y por eso dedica su vida a obtener esto que él considera que es lo que lo hará feliz. Sin embargo, nada de estas cosas mundanas puede darnos la felicidad. El hombre puede tener todo el dinero, toda la fama, todo el poder, pero jamás será feliz, porque todo el dinero del mundo, toda la fama y todo el poder del mundo, comparados con la sed de felicidad que tiene el hombre, es igual a intentar rellenar un abismo con un grano de arena. El abismo es nuestra alma y su deseo de felicidad; el grano de arena es todo el oro del mundo, toda la fama y todo el poder y todos los placeres mundanos. Es imposible que eso nos dé felicidad.
         Si estas cosas no dan felicidad, ¿dónde encontrar la verdadera felicidad?
         Encontraremos la respuesta en el episodio de la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel. Cuando la Virgen llega, Santa Isabel y su hijo Juan el Bautista, que está en su seno, “se llenan del Espíritu Santo” y sus almas se colman de alegría por la presencia de la Virgen y hasta tal punto, que el niño Juan el Bautista “salta de alegría” en el seno materno de Isabel, cuando escucha la voz de la Virgen. Se trata de una alegría que no es causada por las cosas del mundo, sino por la presencia de la Virgen. ¿Por qué? Porque la Virgen, en sí misma, es la creatura más hermosa y pura que pueda existir y su sola presencia llena de alegría al alma, pero con la Visita de la Virgen se agregan otras dos causas de la verdadera alegría: con la Virgen viene Jesús –que para nosotros, los católicos, está en la Eucaristía- y Jesús, que es Dios, sopla el Espíritu Santo sobre el alma de los que lo reciben en la Eucaristía, comulgando en gracia, con fe y con amor.
Una vez que está Jesús Eucaristía en el alma, con su Presencia Él sacia por completo la sed de felicidad, de amor, de paz, que tiene el alma, una sed que solo puede ser llenada con Dios, que es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes, además de ser el Amor y la Paz en sí mismos. Con Jesús Eucaristía, ese abismo de deseo de felicidad que es nuestra alma queda extra-colmado y saciado y ya no desea ninguna otra cosa más en el mundo.
         Como Santa Isabel y Juan el Bautista, recibamos a la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, no solo exteriormente, sino ante todo interiormente; abrámosle las puertas de nuestros corazones y dejemos que ingrese la Virgen y Ella traerá a nuestras vidas a Jesús Eucaristía y con Jesús Eucaristía vendrá el Espíritu Santo, que colmará nuestros corazones con la Verdadera Alegría.

jueves, 10 de mayo de 2018

La Visita de Nuestra Señora de la Eucaristía



         En el Evangelio se relata que la Virgen, estando encinta por obra del Espíritu Santo –en su concepción no hubo intervención humana, puesto que fue obra del Espíritu Santo-, y con un período gestacional de tres meses aproximadamente, al enterarse de que su prima Santa Isabel también estaba encinta, decidió emprender un largo y peligroso viaje para asistirla en el momento del parto.
         De esta manera, la Virgen nos enseña y da ejemplo de cómo obrar misericordiosamente con los más necesitados, olvidándonos de nosotros. Debemos comprender que Ella era una mujer joven, encinta, que también estaba pasando por un momento de necesidad, que el viaje que emprendía era peligroso porque estaban a merced de los asaltantes del camino y sin embargo, la Virgen no pensó en Ella, sino en su prima y así nos enseña cómo debemos obrar en cuanto cristianos.
         Pero en la escena de la Visitación de la Virgen hay otros elementos de mucho provecho para nuestra vida espiritual y que no se limitan al ejemplo de bondad de la Virgen.
         Estos elementos son todos de origen sobrenatural y nos demuestran cómo la Visitación de la Virgen trae aparejada la Visitación también de su Hijo Jesús y del Espíritu Santo.
         En efecto, cuando la Virgen llega, tanto Santa Isabel como su hijo, Juan el Bautista, aun en su vientre, experimentan la Presencia del Espíritu Santo: Santa Isabel queda “llena de Espíritu Santo” y saluda a la Virgen no con el saludo que correspondería a un pariente –eran primas- sino que la llama “Madre de mi Señor”, “Madre de mi Dios” o “Madre de Dios” y exulta de alegría ante la llegada de la Virgen: tanto el saludo como la alegría, ambos sobrenaturales, se deben a la acción del Espíritu Santo. Pero no solo Santa Isabel exulta de gozo y se llena del Espíritu Santo ante la Presencia de la Virgen, también Juan el Bautista “salta de gozo”, literalmente, en el seno de Santa Isabel, al oír que la Virgen llegaba: “y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1, 39-45).
         Con la Visitación de la Virgen, tanto Santa Isabel como Juan el Bautista “saltan de alegría” por la llegada de la Madre de Dios, porque con Ella llegan el Hijo de Dios, Jesucristo, y el Espíritu Santo.
         Recibamos a Nuestra Señora de la Eucaristía que viene a visitarnos en nuestra escuela, pero sobre todo la recibamos en esa casa interior, personal, íntima, secreta, que es nuestro corazón y nuestra alma y alegrémonos, porque con la Llegada de la Virgen, llegarán también Jesucristo y el Espíritu Santo a nuestras vidas.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Nuestra Señora de la Eucaristía nos da su amor maternal


         Cuando contemplamos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, que lleva en sus brazos al Niño Dios, nos recuerda a esas madres que, orgullosas de sus hijos, los llevan en brazos con todo amor, estrechándolos contra sus corazones, como queriéndoles infundir el amor que por ellos sienten.
         La Virgen de la Eucaristía ama tanto a Jesús, que lo lleva en brazos, y aunque Él es Dios, como es Niño, necesita protección y la Virgen, como Madre amorosísima que es, lo lleva en brazos y lo protege de quien quiera hacerle daño. Pero también, como dijimos, lo estrecha contra su pecho, como queriendo fundirlo con su Corazón Inmaculado, para que el Niño, por así decirlo, se alimente del amor del Corazón de la Virgen y, si fuera posible, viva dentro de su Inmaculado Corazón.
         Lo mismo quiere hacer la Virgen con todos y cada uno de nosotros: así como lo lleva al Niño Dios en sus brazos, y así como lo estrecha contra su Corazón Inmaculado, así quiere la Virgen llevarnos en sus brazos y estrecharnos contra su Corazón, para que experimentemos su amor de Madre celestial.

         Esto está muy bien, y es algo hermosísimo, pero algunos dirán: “¿Y qué pasa conmigo, que ya soy grande? La Virgen no me puede llevar en sus brazos”. A esto respondemos con las palabras de Jesús: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. Si ya hemos crecido y hemos aumentado de estatura, es verdad que la Virgen no nos puede llevar en sus brazos, pero hay un modo en el que sí puede llevarnos entre sus brazos, sin importar la edad, y es llevándonos espiritualmente. Sin embargo, para que la Virgen nos pueda llevar espiritualmente entre sus brazos, necesitamos “ser niños”, como nos pide Jesús: “Quien no sea como niño, no entrará en el Reino de los cielos” (Mt 18, 3). “Ser como niños” quiere decir que, aunque seamos grandes, podemos tener la inocencia y la pureza de cuerpo y alma que tiene un niño recién nacido, y esto lo conseguimos por la gracia que se nos da en los sacramentos, ante todo, la Confesión sacramental y la Eucaristía. Por la gracia, podemos ser espiritualmente como niños, porque la gracia nos hace participar de la pureza y de la inocencia del Niño Dios. Por la gracia, somos como el Niño Dios, y ahí sí que la Virgen puede llevarnos espiritualmente entre sus brazos, y estrecharnos contra su Inmaculado Corazón, para hacernos sentir su amor maternal. Con Jesús y María, nada debemos temer, absolutamente nada.