jueves, 18 de mayo de 2017

Quien acude a la Virgen de la Eucaristía, recibe lo más hermoso de esta vida, Jesús Eucaristía


         Dicen los santos que quien acude a María, recibe a Jesús. Es como cuando alguien, desde un valle elevado, se para delante de la pared de una montaña y da un grito: las paredes de la montaña le devuelven el eco de sus palabras, con lo cual escucha su misma palabra, pero como si fuera dicha por la montaña. Con la Virgen sucede algo similar, sólo que si nosotros decimos “María”, Ella dice “Jesús”, de manera tal que, siempre que acudimos a la Virgen, obtenemos como respuesta su Hijo Jesús. Como en el ejemplo anterior, si estuviéramos delante de una montaña que nos devuelve el eco de nuestras palabras, dijéramos “María”, pero en vez de escuchar el eco que, rebotando nuestras palabras, nos dijera “María”, escucháramos que, cada vez que decimos “María”, el eco nos dice “Jesús”.
         Esto mismo sucede con Nuestra Señora de la Eucaristía: al acudir a Ella, la Virgen nos da a su Hijo Jesús, pero no de cualquier manera. ¿De qué manera nos da a su Hijo Jesús? Nos da a su Hijo Jesús de muchas maneras, o más bien, antes de darnos a su Hijo Jesús, cuando acudimos a Ella, la Virgen nos da otras cosas: aumenta nuestra fe en Jesús; aumenta nuestro deseo de conocer y amar cada vez más a Jesús, en su Persona, en su vida, en sus milagros, pero sobre todo, en la Eucaristía; nos da el deseo de conocerlo para imitarlo y para ser una copia viviente de Jesús y de su Sagrado Corazón Eucarístico. Luego de todo esto, la Virgen nos da a su Hijo Jesús, pero no de manera imaginaria, sino real, porque nos da a Jesús en su Presencia Eucarística, que es real, verdadera y substancial.
         ¿Por qué es importante acercarnos a la Virgen de la Eucaristía? Porque si vemos la Eucaristía con nuestros propios ojos, sólo veremos un poco de pan y nuestro amor por Jesús será muy escaso o, prácticamente, nulo. En cambio, si nos acercamos a Ella, la Virgen nos hará ver a su Hijo Jesús en la Eucaristía, con sus propios ojos y nos hará amarlo con su mismo Amor.
         La Virgen María, Nuestra Señora de la Eucaristía, contestará a todas y cada una de nuestras peticiones, si es que son convenientes para nuestra eterna salvación, pero hará algo mucho más hermoso que darnos lo que le pedimos, aún cuando lo que le pidamos sea algo bueno y necesario para nuestra salvación: nos dará a su Hijo Jesús en la Eucaristía. Digamos a la Virgen de la Eucaristía: “María” y Ella nos dirá: “Jesús Eucaristía”. Y recibir a Jesús Eucaristía es lo mejor que puede pasarnos, porque conocer y amar a Jesús Eucaristía, es lo mejor que tiene esta vida.


jueves, 11 de mayo de 2017

¿Qué sucede cuando dejamos entrar a la Virgen a nuestros corazones?


        
Por qué la Virgen quiere entrar en nuestros corazones

Podría pensarse que lo primero que sucede, es que se solucionen de un día para otro todos nuestros problemas –por ejemplo, le pedimos que nos cure de tal enfermedad, que nos solucione tal situación que nos aqueja, etc.-, pero aunque la Virgen sí puede hacerlo y lo hará sin ninguna duda si eso que pedimos es lo más conveniente para nosotros, con toda seguridad no lo hará en el tiempo y en la forma en que nosotros pensamos y queremos, por lo que puede suceder que continuemos, todavía por un tiempo, con muchas situaciones que pueden mortificarnos. En otros casos, sí, la Virgen concederá de modo instantáneo las gracias que se piden; lo que es seguro es que siempre escuchará todas y cada una de las peticiones que le hagamos y que no dejará de atender por ellas, aunque, como lo dijimos, no sea en el tiempo y la forma en que nosotros lo deseamos. Sin embargo, lo más importante de la presencia de la Virgen en nuestras vidas, no es que nos conceda tal o cual favor, porque si la Madre de Dios quiere entrar en nuestras vidas, no es para simplemente “solucionarnos los problemas”, sino para concedernos algo infinitamente más grande que la concesión de diversos favores, y para saber qué es, usemos primero un poco la imaginación.
Imaginemos que nos encontramos en una habitación, llena de objetos, pero cuyas ventanas y puertas están tan cerradas, que no dejan entrar la luz del sol; además, tampoco hay luz eléctrica ni de ninguna otra clase, por lo que está todo tan oscuro, que apenas podemos distinguir nuestra propia mano. Imaginemos que luego una de las ventanas comienza a abrirse, y como afuera es un día de sol, como de primavera, entra por la hendija un pequeño rayo de sol, lo cual permite que los objetos de la habitación ya se puedan vislumbrar mucho mejor que antes; un poco más tarde, tanto las ventanas, como también la puerta, se abren por completo, entrando de lleno la luz del sol e iluminando con tanta intensidad la habitación, que nos da la impresión de que el mismo sol estuviera dentro.
¿Qué significa esta imagen? Cada elemento de la imagen, tiene un significado espiritual y sobrenatural: la habitación cerrada y a oscuras, es nuestro corazón que, sin la gracia de Dios, está a oscuras; las tinieblas son, principalmente, el error, el desconocimiento y el desamor hacia la Presencia real y verdadera de Jesús en la Eucaristía, es decir, a pesar de haber hecho la Comunión y la Confirmación, no sabemos bien o no terminamos de creer que Jesús esté vivo en la Eucaristía y, por lo tanto, no lo amamos en su Presencia Eucarística, según el dicho: “Nadie ama lo que no conoce”; el rayo de sol que entra e ilumina, es un rayo de luz, pero no es el sol, y así significa la entrada de la Virgen en nuestras almas, porque al estar “recubierta de sol”, como dice el Apocalipsis, su presencia es luminosa, aunque no es en sí misma el Sol de justicia, Jesucristo; las ventanas que se abren, son nuestros corazones cuando, al recibir la gracia de conocer a la Virgen, le damos lugar a que la Virgen ingrese en nuestras vidas, la vida cotidiana, de todos los días; la luz del sol que entra cuando las ventanas se abren y el sol mismo que entra en la habitación es Jesucristo, Sol de justicia, que ingresa en el alma cuando dejamos entrar a la Virgen, así como después del rayo de sol entra toda la luz del sol, al abrirse totalmente las ventanas y la puerta de la habitación. Es esto entonces lo que sucede cuando permitimos a María entrar en nuestras vidas: mucho más que “solucionarnos” los problemas, lo que desea la Virgen es que le abramos las ventanas y puertas del alma para que con Ella entre su Hijo Jesús.
Dicho de otras maneras, lo que sucede con la habitación del ejemplo, es lo que sucede en nuestras vidas cuando dejamos entrar a la Virgen: pasamos de la oscuridad a la luz, porque Ella nos trae a su Hijo Jesús, que disipa las tinieblas que nos rodean y envuelven continuamente, las tinieblas del pecado, del error y, sobre todo, de la ignorancia y el desamor acerca de la Presencia de su Hijo Jesús en la Eucaristía y así la Virgen nos hace conocer y amar a su Hijo en la Eucaristía, pero no según nuestra naturaleza, sino como Ella lo conoce y ama, es decir, con su misma Inteligencia y con el Amor de su Inmaculado Corazón.
Por esta razón, no es indistinto dejar o no dejar entrar a la Virgen: si no la dejamos entrar, permanecemos a oscuras y alejados de Jesús; si la dejamos entrar, con Ella viene el Sol de justicia, Jesús, que vence a las tinieblas de nuestros corazones, con la luz de su gracia.

Hagamos el propósito entonces de abrirle nuestros corazones a Nuestra Señora de la Eucaristía, y con Ella vendrá su Hijo, Jesús Eucaristía, que iluminará nuestras vidas con la luz de su gloria.

jueves, 4 de mayo de 2017

Los milagros que hace Nuestra Señora de la Eucaristía


         Cuando nosotros presentamos nuestras intenciones a la Virgen, ¿de qué manera responde la Madre de Jesús a nuestros pedidos? ¿Qué milagros hace Nuestra Señora de la Eucaristía? ¿Puede hacer milagros? Para saberlo, veamos qué dice el Evangelio de la Virgen en las Bodas de Caná: allí, se les termina el vino a los novios, entonces la Virgen, dándose cuenta de esto, le avisa a Jesús: “Hijo, no tienen más vino”, con el propósito de que Jesús interviniera e hiciera algo en favor de los novios, que eran amigos suyos. Pero Jesús no quería hacer ningún milagro, porque no había llegado la Hora autorizada por el Padre para que Él hiciera milagros en público. Hasta entonces, Jesús había hecho muchos milagros, pero en secreto, no en público. Por eso Jesús le dice a su Mamá: “Mujer, ¿a ti y a Mí qué?”, como si le dijera: “Mamá, si se les terminó el vino es problema de ellos, no nos incumbe, ni a ti ni a Mí. Todavía no llegó mi hora”. Pero Jesús no le puede negar nada a su Madre, y por eso es que, a renglón seguido, el Evangelio cita a la Virgen, diciendo: “Hagan lo que Él les diga”. Jesús les hace traer las tinajas de piedra, les dice que las llenen de agua y hace el milagro y convierte el agua en vino y vino del mejor, tanto que el maestresala felicita a los novios por la calidad del vino: “Has reservado el mejor vino para lo último”.
         El primer milagro público de Jesús está precedido por la intercesión de la Virgen ante Jesús, que logra que Jesús haga el milagro, cuando aún no había llegado la Hora autorizada por el Padre para que Él manifestara su Amor por medio de sus milagros. Es decir, la Virgen intercede ante Jesús y, por medio de Jesús, ante Dios Padre y Dios Espíritu Santo, y logra que Jesús haga un milagro, aún cuando no quería hacerlo. Ese milagro de Caná, anticipa el milagro de la Misa, en donde Jesús no convierte agua en vino, sino que convierte el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Como es un milagro que anticipa la Eucaristía, ya desde ese entonces, la Virgen se llama “Nuestra Señora de la Eucaristía”.

         De la misma manera, así como la Virgen obró a favor de los novios, así Nuestra Señora de la Eucaristía obrará milagros insospechados en nuestras vidas, si nosotros nos encomendamos a Ella y le pedimos su intercesión, porque aunque Jesús no quiera concedernos un milagro, Ella obtiene de su Hijo todo lo que le pide para nosotros, si eso es conveniente para nuestra salvación, y es por eso que debemos encomendarnos a Ella y pedirle las gracias que necesitemos para nuestras vidas. Pero el milagro principal que hará la Virgen de la Eucaristía en nuestras vidas, será Eucarístico, porque hará que nuestros corazones amen a su Hijo, Jesús Eucaristía, más que a cualquier cosa en el mundo.

jueves, 27 de abril de 2017

Qué sucede cuando nos visita Nuestra Señora de la Eucaristía


         ¿Qué sucede cuando nos visita Nuestra Señora de la Eucaristía? Para saberlo, recordemos qué sucedió en la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel, según lo relata el Evangelio (cfr. Lc 1, 39-45). Como sabemos, tanto Isabel como la Virgen, que eran primas, estaban encintas, aunque la Virgen lo era por obra del Espíritu Santo, y no por obra de hombre. La Virgen, a pesar de estar embarazada, emprendió un largo viaje hacia el hogar de Santa Isabel, para asistir a su prima, que ya era anciana. En esta Visita, la Virgen fue la causa de la alegría, tanto de Santa Isabel, como de Juan el Bautista, que estaba en el vientre de Santa Isabel, y la razón de la alegría de ambos, fue la Presencia de Jesús, que venía con María. El Evangelio dice que cuando Santa Isabel vio a la Virgen, exclamó, “llena del Espíritu Santo”: “¿Quién soy yo, para que la Madre de mi Señor venga a visitarme?”. Es decir, Santa Isabel no la saluda con un simple saludo, como sucede entre parientes, y eso a pesar de que era su prima: la saluda como “Madre de mi Señor”, que es igual a decir: “Madre de Dios”, y esto lo hace porque está iluminada por el Espíritu Santo. Y cuando Juan el Bautista escuchó que venía la Virgen, “saltó de alegría” en el seno de su madre, Santa Isabel, y esto porque era también el Espíritu Santo el que, enviado por Jesús, le hacía saber que Él era el Hijo de Dios y que venía con la Virgen.
         Es decir, la Visita de María trae siempre a Jesús, que es Dios, y con Jesús, viene el Espíritu Santo, y esta es la razón de la alegría que experimentan Santa Isabel y San Juan Bautista cuando la Virgen los visita.
         Esto mismo sucede cuando Nuestra Señora de la Eucaristía nos visita: así como la visitó a Santa Isabel, con su Hijo en su seno virginal, así nos visita con su Hijo Jesús en brazos, pero para con nosotros, demuestra un amor todavía más grande que para con su prima, porque a Santa Isabel no le dio el Cuerpo de su Hijo para comulgar, en cambio a nosotros, la Virgen nos trae a su Hijo Jesús, Presente en la Eucaristía, para que lo recibamos con el corazón abierto, de par en par, en estado de gracia, para que Jesús nos dé todo el Amor de su Sagrado Corazón, y para que nosotros, a cambio, le demos también todo el amor del que seamos capaces.

         Nuestra Señora de la Eucaristía nos visita para que, una vez purificados nuestros corazones por la gracia del Sacramento de la Penitencia, recibamos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su Hijo Jesús, Presente en la Eucaristía, para que Jesús nos transmita su paz y su alegría, que son la Paz y la Alegría de Dios.

jueves, 20 de abril de 2017

El don de Nuestra Señora de la Eucaristía


         Cuando contemplamos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, observamos que se encuentra de pie y en posición de avanzar, dando un paso hacia adelante, con su rostro dirigido hacia quien la está contemplando. La Virgen también está ligeramente inclinada hacia adelante, y lleva entre sus brazos a su Hijo Jesús, quien a su vez lleva un racimo de uvas.
¿Qué nos dice esta imagen?
         Por un lado, la Virgen se dirige hacia nosotros, que la contemplamos; no está solamente erguida, sino que está en actitud de caminar hacia adelante y puesto que se inclina ligeramente, parece querer indicarnos que quiere que recibamos a su Hijo Jesús, que lleva sus uvas con Él. Es como el clásico gesto de una madre amorosa, que ama a su hijo, que sabe que su hijo es un niño bueno y quiere compartirlo con los demás, entregándolo para que estos a su vez lo abracen y puedan recibir el cariño del niño. Es esta la actitud de la Virgen, pero la Virgen no es una madre más entre tantas, sino que es la Madre de Dios, y su Hijo no es un niño más entre tantos, sino el Niño Dios, Dios Hijo que, tomando Cuerpo y Alma humanos, vive con su divinidad en la humanidad del Hijo de María Virgen.

         Esto quiere decir que, en el gesto de la Virgen, debemos ver, por un lado, el deseo de la Virgen de que nosotros recibamos a su Hijo, que es Dios, por la fe y por el amor, en nuestros corazones. La Virgen nos da a su Hijo, que es Dios Niño, para que sepamos que nada debemos temer de Dios, porque si Dios se ha hecho Niño y se nos dona a través del amor de su Madre, es para que no tengamos ni miedo ni recelo en acercarnos, porque sucede lo mismo que con una madre y su hijo pequeño: así como nadie tiene miedo ni recelo a un niño pequeño, así tampoco los cristianos debemos tener miedo ni recelo en abrir nuestros corazones y nuestras almas a Dios hecho Niño. Esto es para que sepamos que no solo debemos y podemos acudir a Dios, como si fuera un Niño, porque Dios se ha hecho Niño, cuando necesitamos algo, sino, ante todo, es para que sepamos que podemos contar con el Amor de Dios, que si Dios se ha hecho Niño, sin dejar de ser Dios, no es para otra cosa que para darnos su Amor. Pero también hay otro significado en la imagen de la Virgen: Ella es Madre y Modelo de la Iglesia, por lo que representa a la Iglesia, y así como Ella nos da el Cuerpo de su Hijo Jesús, que lleva las uvas con las que se hace el vino, así la Madre Iglesia nos da al Hijo de María Virgen, el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía, y nos da el Vino que se hace con la Vid verdadera triturada en la Pasión, la Sangre de Jesús.      Al entregarnos el Cuerpo y también la Sangre de su Hijo, simbolizada en las uvas, la Virgen nos invita a que nos acerquemos a la Iglesia para que recibamos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Eucaristía. Y, del mismo modo a como el Niño, al recibir su Cuerpo, nos da su Amor cuando lo tenemos entre nuestros brazos, así también, cuando recibimos el Cuerpo de Cristo en la boca, por la Comunión Eucarística, recibimos el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, el Espíritu Santo.