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martes, 29 de octubre de 2019

Nuestra Señora de la Eucaristía y su don para nosotros



         Cuando observamos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, nos damos cuenta de que se trata de una imagen en movimiento, en el sentido de que indica un movimiento de la Virgen hacia adelante, hacia el espectador, que somos nosotros. En ese movimiento, la Virgen no solo se acerca hacia nosotros moviendo el pie derecho hacia adelante, sino que se inclina con su tronco también hacia adelante, configurando en su totalidad el gesto de ofrecer lo que lleva entre sus brazos, que es su Hijo Jesús y el racimo de uvas.
         ¿Por qué la Virgen quiere darnos a Jesús y al racimo de uvas? Porque Nuestra Señora de la Eucaristía quiere darnos aquello que nos salva, que es el Cuerpo y la Sangre de Jesús, esto es, la Eucaristía: al darnos al Niño, nos da su Cuerpo; al darnos el racimo de uvas, nos da su Sangre, porque con las uvas se hace el vino y el vino es el que se convierte en la Sangre de Jesús por la consagración en la Misa. En definitiva, lo que quiere darnos Nuestra Señora de la Eucaristía, no es sólo a su Niño, para que lo abracemos y adoremos y no es sólo un racimo de uvas, para que nos deleitemos con ellas: quiere darnos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Sagrada Eucaristía, para que nuestras almas se vean colmadas con la dulzura y el deleite de la Presencia de su Hijo en nosotros.
         El don de la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, no se queda en una mera imagen: la imagen es anticipo y figura de lo que la Iglesia hace con nosotros: así como la Virgen lleva al Niño y las uvas y quiere darnos a ambos, para con ellos darnos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, así la Iglesia, en cada Santa Misa, nos da, en la realidad y no en imagen, el Cuerpo y la Sangre de Jesús y, con su Cuerpo y su Sangre, también su Alma y Divinidad. Es decir, el don que está prefigurado en la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, es el don que la Madre Iglesia, que también lleva el título de Madre de la Eucaristía, nos hace en cada comunión eucarística, porque en cada comunión eucarística recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
         Al contemplar la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, por lo tanto, debe encenderse en nosotros un vivo deseo de recibir lo que la Virgen nos quiere dar: el Cuerpo del Niño y el racimo de uvas, que es aquello que la Iglesia nos da en cada Santa Misa, el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, la Sagrada Eucaristía.

jueves, 24 de octubre de 2013

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía (VI)


         Meditación

         Todo en la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía trasunta Amor: el amor de la Virgen, que nos dona a su Hijo Jesús, el fruto de sus entrañas, aquello que más ama la Virgen y por lo que la Virgen daría su vida una y mil veces y más todavía; el don de su Hijo es el don de su Inmaculado Corazón, porque en el Corazón de la Virgen solo hay Amor y solo por Amor es que nos da a su Hijo, para que Él sea la alegría de nuestras vidas y la salvación de nuestras almas; es por el Amor de Dios que la inhabita desde su Concepción Inmaculada, que la Virgen nos hace partícipes de su Hijo, en la imagen como promesa y en la Eucaristía como realidad, para que recibiendo su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, seamos colmados de la gracia y del Amor divinos; es por el Amor de Dios que la Virgen se nos acerca con su Niño en brazos, para que nos deleitemos ante la Presencia de su Hijo, que es Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, que es Dios que viene a nosotros en Cuerpo de Niño y en brazos de una Madre, que viene a nosotros como Niño para que no temamos acercarnos a Él, así como nadie teme acercarse a un niño pequeño.
La imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía trasunta el Amor del Hijo, porque el Niño que ofrece las uvas es el Hijo al cual Ella le tejió, en su seno virginal, una vestimenta de carne y de sangre, haciendo visible al Dios Invisible, haciendo así posible el don de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía; es el Hijo Luz de Luz, al cual Ella encerró, cual diamante celestial, en su seno virginal, para luego irradiar, desde Belén, la Luz eterna sobre las tinieblas del mundo, del pecado y del infierno, venciéndolas para siempre; es el Hijo que continúa derramando su Luz eterna desde la Eucaristía, iluminando las tinieblas del alma que lo recibe con amor y fe; es el Hijo que, naciendo de Ella en Belén, Casa de Pan, continúa donándose a sí mismo en el Nuevo Belén, el altar eucarístico, como Pan Vivo bajado del cielo; es el Hijo de Dios que, derramando su Sangre una vez en el Calvario a través de su costado traspasado, continúa derramando su Sangre en la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz, la Santa Misa, y con su Sangre derramada, efunde en ella el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo.
La imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía trasunta el Amor de Dios Padre, porque es Dios Padre quien, por amor a los hombres, envía a su Hijo a encarnarse en el seno virgen de la Madre; es el Amor del Padre el que lo lleva a desprenderse del Hijo de su Amor, nacido en la eternidad en sus entrañas de misericordia, para hacer visible en el Hijo la Misericordia Divina; es el Amor del Padre el que lo lleva a donar a su Hijo en el Santo Sacrificio de la Cruz, en el Calvario, y a renovar y perpetuar ese mismo sacrificio en el Santo Sacrificio del Altar, el Nuevo Calvario, la Santa Misa; es el Amor del Padre el que lo lleva a permitir la Muerte cruenta de su Hijo a manos de los hombres, para así poder librarlos del Dragón infernal, darles el perdón, concederles la filiación divina, infundirles su Amor Divino y conducirlos a su mismo seno en la eternidad; es el Amor de Dios Padre el que lo lleva a resucitar a su Hijo en el sepulcro, luego de haber muerto en la Cruz, para que el Hijo, así resucitado y con su Cuerpo glorioso, done este Cuerpo lleno de la luz y de la gloria divina en la Eucaristía, colmando al alma de amor y gloria celestial en cada comunión eucarística.
La imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía trasunta el Amor de Dios, el Espíritu Santo, porque es por Amor que Dios Padre envía a su Hijo a encarnarse en el seno de María Santísima; es el Amor de Dios el que recibe a Dios Hijo en el seno purísimo de María en la Encarnación; es el Amor de Dios el que lleva al Hijo a subir a la Cruz en el Monte Calvario para entregar en la Cruz su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad por la salvación de los hombres, y es el Amor de Dios el que prolonga su sacrificio en el Nuevo Monte Calvario, el altar eucarístico; es el Amor de Dios el que lleva a Jesús, el Cordero de Dios, a entregarse todo Él, sin reservas, con su naturaleza humana glorificada y con su Ser trinitario y con su Persona divina al alma que comulga, para soplar en el alma que lo recibe con fe y con amor, al Espíritu Santo, el Amor de Dios, para encenderla en el Fuego del Amor divino, como anticipo del ardor en el Amor de Dios que experimentará el alma en los cielos eternos, cuando contemple al Cordero cara a cara y por esta contemplación sea eternamente bienaventurado.
Todo, en la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, trasunta el Amor de Dios.

Intención para el Día 6 de la Novena:


Nuestra Señora de la Eucaristía, haz que nuestros corazones se conviertan en hogueras que ardan con el Fuego del Amor Divino.

lunes, 21 de octubre de 2013

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía (I)


         Meditación
El don de la Virgen, el don de la Iglesia
En la imagen, la Virgen avanza hacia nosotros y en el avance realiza el gesto de donar a su Hijo, como una madre que, orgullosa de su hijo, quiere compartirlo con su interlocutor. A su vez, el Niño quiere hacer también un don, y son las uvas que, ayudado por su Madre, trae entre sus brazos. En la imagen y en la devoción de la Virgen de la Eucaristía hay, entonces, la promesa de un doble don: la Virgen ofrece el fruto de sus entrañas, su Hijo Jesús y, a su vez, el Niño ofrece sus uvas.
Ahora bien, este doble don, presente en la imagen, visible en el gesto de la Virgen y en el de su Hijo, es una promesa, que como tal se presenta al fiel que contempla la imagen, pero que no se aún en la realidad, porque una imagen no es la realidad en sí misma, sino una representación de la realidad. La imagen promete un doble don, pero ese doble don permanece como promesa que todavía no se realiza porque se trata, precisamente, de una imagen y no de la realidad que esta representa.
Lo que hay que tener en cuenta, cuando se contempla la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, es que la promesa del doble don que la devoción encierra, se concreta y realiza en la Santa Misa, porque es allí en donde la Santa Madre Iglesia -representada en la Virgen-, actualiza el sacrificio de la Cruz por medio del cual el Hijo de María Virgen se entrega como Víctima Inocente por la salvación del mundo, y es en la Santa Misa en donde Jesús, el Hijo de la Virgen, entrega no ya uvas, sino el fruto de la Vid verdadera, su Sangre, la cual es derramada incruentamente en el cáliz del altar. 
El devoto de Nuestra Señora de la Eucaristía debe entonces asociar su devoción a la Virgen con el don real que la Virgen le concede en la Santa Misa, porque el Niño que la Virgen ofrece en la imagen, es el Niño que la Iglesia nos dona en la Eucaristía, y las uvas que el Niño nos ofrece en la imagen, es su Sangre que Él derrama en el cáliz. En otras palabras, el devoto de Nuestra Señora de la Eucaristía tiene que considerar que lo que la imagen promete, lo da en la realidad la Iglesia en la Santa Misa: Jesús en la Eucaristía, la Sangre de Jesús en el cáliz. 

         Intención para el Día 1 de la Novena: 
Nuestra Señora de la Eucaristía, concédenos la gracia de comprender que el Niño que llevas en tus brazos, es el mismo que nos entregas, en Persona, en la Eucaristía, y que las uvas que tu Hijo nos ofrece, son la figura de su Sangre que, incruentamente, se vierte cada vez en el cáliz, en la Santa Misa.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía 8



La tierna imagen de la Virgen de la Eucaristía, que sostiene en sus brazos a su Niño, y el gesto de éste último de compartir sus uvas con quien se le acerca, en nada presagian los dolorosos acontecimientos de la Pasión, en los que ese Niño, ya adulto, será asesinado por los viñadores homicidas (cfr. Mt 21, 33-43), representación de los hombres pecadores.
Al contemplar la imagen de la Virgen de la Eucaristía debemos por lo tanto tener presentes dos cosas: por un lado, el don que Dios Padre nos hace de su Hijo, a través de la Virgen Madre, don que es solo Amor, ya que no se puede deducir otra cosa de la dulce imagen familiar que representa.
En efecto, la intención de Dios Padre no es otra que la de comunicarnos su Amor por medio de su Hijo, quien viene a este mundo no en el esplendor y la majestad celestial que en sí mismo posee desde la eternidad, sino en brazos de su Madre Virgen. Para quien dudara de las intenciones de Dios, no tiene más que contemplar la imagen de la Virgen de la Eucaristía: Dios Hijo, por encargo del Padre, viene a nuestro mundo, a través de la Virgen Madre, para donarnos su Espíritu Santo, su Amor divino. En otras palabras, la imagen en sí misma transmite, con toda claridad, cuáles son las intenciones de Dios al acercarse a los hombres: brindarles su Amor, y para eso viene como Niño en brazos de una Madre: ¿quién puede temer a un niño pequeño y a su madre?
Pero el otro aspecto que debemos también considerar, al contemplar la imagen de la Virgen de la Eucaristía, es la respuesta que el hombre da a la manifestación de Amor de Dios Padre en su Hijo Jesús, por medio de la Virgen: los hombres, representados en los viñadores asesinos, golpearán al Hijo de Dios, lo insultarán, lo condenarán a muerte, lo flagelarán, lo crucificarán, y le darán muerte de Cruz. Al Amor de Dios, los hombres responden con la crucifixión de Dios Hijo, encarnación de ese Amor. El Niño, llamado Vid verdadera, que ofrece sus uvas, cuando adulto, será triturado en la vendimia de la Pasión, y su muerte en Cruz será la expresión más cruda del duro corazón humano, que al Amor del Padre responde matando al Hijo.
Al ser Dios Justicia infinita, podría pensarse que, al rechazar los hombres su Amor, crucificando a su Hijo, debería cerrar para siempre la puertas del cielo, pero en Dios su Misericordia sobrepasa a la Justicia, y es así como, la Sangre que mana a borbotones de las heridas abiertas de Jesús y de su Sagrado Corazón traspasado, se convierten en el signo del perdón y del Amor divino, que no se rinde ante la malicia humana.
El Niño que dona las uvas es Cristo que dona su Sangre y con su Sangre su Amor divino, el Amor del Padre y del Hijo, y el Amor divino se nos comunica a pesar de nuestra malicia. En el Niño de la Virgen de la Eucaristía vemos entonces la manifestación del insondable, incomprensible, inabarcable Amor de Dios Uno y Trino.
         Intención para el día 8 de la Novena: Nuestra Señora de la Eucaristía, concédenos la gracia de contemplar, en la Sangre de tu Hijo, el insondable Amor de Dios Padre por los hombres pecadores.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía 2



         La Virgen de la Eucaristía nos brinda al Niño, y el Niño, las uvas
        En la imagen, la Virgen sostiene al Niño con una mano, mientras que con la otra lo señala, además de ayudar al Niño a sostener el racimo de uvas. Con este gesto, la Virgen nos indica dos cosas: que el Niño viene a nosotros a través suyo, y que las uvas que el Niño trae, son para nosotros.
Ahora bien, hay algo más en este doble hecho expresado por la imagen. Debido a que la Virgen es Madre y Modelo de la Iglesia, en el gesto de darnos a su Hijo, y con Él las uvas que el Niño trae, está prefigurada la acción litúrgica más importante de la Iglesia, la Santa Misa.
Del mismo modo a como la Virgen de la Eucaristía nos brinda a su Niño, concebido en su seno virgen por el poder del Espíritu Santo, y nacido en Belén, Casa de Pan, para manifestarse al mundo como Pan de Vida eterna, así también la Iglesia, por el poder del Espíritu Santo, que se manifiesta con toda su potencia divina en la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre, concibe en su seno virgen, el altar eucarístico, a Jesús, Pan de Vida eterna.
La acción de la Virgen de la Eucaristía de darnos a su Hijo, Pan de Vida eterna, concebido en su seno virginal por el Espíritu Santo, es entonces una representación de la Iglesia en su acto de dar al mundo, por la Santa Misa, el fruto de sus entrañas virginales, la Eucaristía.
         Y en el gesto del Niño y de la Virgen de darnos las uvas, hay algo más que la generosidad de un niño que comparte su racimo con el que se le acerca: es la representación del don que Cristo hace de su Sangre en el sacrificio de la Cruz, Sangre que es recogida en el cáliz del altar por el sacerdote ministerial para ser ofrecida al Padre por la salvación eterna de los hombres.
         No es casualidad que las uvas sean llevadas por el Niño de la imagen: Jesús es la Vid verdadera, triturada en la vendimia de la Pasión, de donde se obtiene el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre que mana de sus heridas abiertas, la misma Sangre que se derrama incontenible en el alma por la comunión eucarística.
          Intención para el Día 2 de la Novena: Nuestra Señora de la Eucaristía, que nos brindas a tu Niño Jesús, haz que el don de su Sangre, representado en las uvas, encienda en nuestros corazones el fuego del Amor divino. Amén.

         

martes, 28 de agosto de 2012

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía 1



      La Virgen de la Eucaristía, la Mujer del Génesis, de la Pasión y del Apocalipsis
      Vista con ojos humanos, la imagen de la Virgen de la Eucaristía, en la que la Virgen sostiene con una mano al Niño Dios, mientras que con la otra nos lo señala, parece mostrar sólo a una madre con su hijo, a quien lleva en brazos, orgullosa de él, mientras éste ofrece y convida a quien se le acerca de su ramo de uvas.
         Sin embargo, no se trata de una imagen más entre tantas; no se trata solamente de una madre sosteniendo orgullosa a su hijo pequeño. Se trata del misterio de la Mujer del Génesis, que aplasta la cabeza de la Serpiente Antigua, el demonio (cfr. Gn 3, 15); se trata de la Mujer de las bodas de Caná (cfr. Jn 2, 1ss), llamada Omnipotencia Suplicante, ante cuyo pedido el Amor de Dios se derrama incontenible sobre los hombres, como lo demuestra la conversión del agua en vino por parte del Hijo de Dios, aun cuando no había llegado decretada por el Padre; se trata de la Mujer del Apocalipsis, “toda vestida de sol, con la luna a sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza” (Ap 12, 1), símbolos de la plenitud de gracia con que Dios la creó, como Inmaculada Concepción; es la Mujer que huye al desierto con alas de águila, poniendo a su Hijo a salvo del Dragón rojo, que inyecta a los hombres el veneno de la rebelión contra Dios; se trata de la Mujer al pie de la Cruz , convertida por designio divino en Madre de Dios en la Encarnación (Lc 1, 26-27) y en Madre de los hombres en el Calvario (Jn 19, 26-27).
         No es una madre más; es la Madre de Dios, que sostiene a su Dios y Creador en sus brazos, y así demuestra la razón por la cual el infierno todo tiembla y aúlla de terror con sólo escuchar su nombre, pues su poder, que lo tiene participado del mismo Dios, no sólo le permite aplastar la cabeza del Príncipe de las tinieblas (cfr. Gn 3, 15), sino llevar en brazos al mismo Dios.
         No se trata de una madre más, y tampoco el niño es un niño más entre tantos. El Niño, que esta Madre porta en sus brazos, es Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, que elige la edad de la niñez para manifestársenos, porque Él, que como Dios es la fuente increada de la Inocencia y de la Pureza, tiene un corazón de niño.
         Y la Madre y el Niño nos ofrecen uvas, uvas con las que se hará el vino, vino que se convertirá en la Sangre del Niño Dios, Sangre que se derramará en la Cruz del Calvario y será recogida en el cáliz del altar, para ser dada a los hombres como bebida de salvación.
         La imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía parece una imagen más entre otras, pero encierra un misterio insondable.
         Intención para el Día 1 de la Novena: Nuestra Señora de la Eucaristía, concédenos la gracia de ver en Ti a la Mujer del Génesis, de la Pasión y del Apocalipsis, que aplasta la cabeza de la Serpiente Antigua con el peso del poder de Dios. Amén. 

jueves, 14 de abril de 2011

Jesús es crucificado



Mira con qué crueldad Me rodean estos hombres endurecidos. Unos tiran de la Cruz y la tienden en el suelo; otros Me arrancan los vestidos pegados a las heridas, que se abren de nuevo y vuelve a brotar la sangre.

Miren, hijos queridos, cuánta es la vergüenza y la confusión que padezco al verme así, ante aquella inmensa muchedumbre. ¡Qué dolor para Mi alma!

Los verdugos que arrancan la túnica, que con tanto esmero Me revistió Mi Madre en Mi infancia y que había ido creciendo a medida que Yo crecía, la echan a suertes. ¿Cuál sería la aflicción de Mi Madre, que contempla esta escena? ¡Cuánto hubiera deseado Ella quedarse con la túnica teñida y empapada ahora con Mi Sangre!

Pero ha llegado la hora y, tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen Mis brazos y tiran para que lleguen a los taladros, preparados en ella...

Todo Mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en Mi cabeza, más profundamente aún. Oigan el primer martillazo que clava Mi mano derecha... resuena hasta las profundidades de la tierra. Oigan aún... ya clavan Mi mano izquierda y, ante semejante espectáculo, los Cielos se estremecen, los Ángeles se postran. Yo guardo el más profundo silencio. Ni una queja, ni un gemido se escapan de Mis labios, pero Mis lágrimas se mezclan con la sangre que cubre Mi rostro.

Luego que han clavado las manos, tiran cruelmente de los pies... Las llagas se abren, los nervios se desgarran en Mis manos y brazos... los huesos se descoyuntan... ¡El dolor es intenso! ¡Mis pies son traspasados y Mi Sangre baña la tierra!… Contemplen un instante estas manos y estos pies ensangrentados... Este cuerpo desnudo, cubierto de heridas, de orines y de sangre. Sucio... Esta cabeza traspasada por agudas espinas, empapada de sudor, llena de polvo y cubierta de sangre...

Admiren el silencio, la paciencia y la conformidad con que acepto este sufrimiento. ¿Quién es el que sufre así, víctima de tales ignominias? ¡Es el Hijo de Dios! El que Ha hecho los cielos, la tierra, el mar y todo lo que existe... El que Ha creado al hombre, el que todo lo sostiene con Su poder infinito... está ahí inmóvil, despreciado, despojado y seguido por multitud de almas que abandonarán bienes de fortuna, familia, patria, honores, bienestar, gloria, cuanto sea necesario, para darle gloria y demostrarle el amor que les son debidos...

Estén atentos, Angeles del Cielo y, ustedes también, almas que Me aman...

Los soldados van a dar vuelta la Cruz para remachar los clavos y evitar que con el peso de Mi Cuerpo se salgan y Me dejen caer. Mi Cuerpo va a dar a la tierra el beso de paz. Y, mientras los martillazos resuenan por el espacio, en la cima del Calvario se realiza el espectáculo más admirable...

A petición de Mi Madre, que contemplando todo lo que pasaba y siéndole a Ella imposible darme alivio, implora la Misericordia de Mi Padre Celestial...

Legiones de Angeles bajan a sostener Mi Cuerpo, adorándolo, para que no roce la tierra y para evitar que lo aplaste el peso de la Cruz.

Contempla a tu Jesús, tendido sobre la Cruz, sin poder hacer el más ligero movimiento... desnudo, sin fama, sin honor, sin libertad... ¡Todo se lo han arrebatado! ¡No hay quién se apiade y se compadezca de su dolor! ¡Sólo recibe tormentos, escarnios y burlas!

Si me amas de veras ¿a qué no estarás dispuesto para asemejarte a Mí? ¿Qué rehusarás para obedecerme, complacerme y consolarme?... Póstrate en tierra y deja que te diga unas palabras:

¡Que Mi Voluntad triunfe en ti!

¡Que Mi amor te destruya!

¡Que tu miseria Me glorifique!

Jesús camino de la cruz

Jesús lleva la cruz, camino del Calvario.


Vamos a continuar, hijita. Sígueme en el camino del Calvario, agobiado bajo el peso de la Cruz

En tanto que Mi Corazón estaba abismado de tristeza por la eterna perdición de Judas, los crueles verdugos, insensibles a Mi dolor, cargaron sobre Mis hombros llagados, la dura y pesada Cruz en que había de consumar el misterio de la Redención del mundo.

Contémplenme, ángeles del cielo. Vean al Creador de todas las maravillas, al Dios a Quien rinden adoración los espíritus celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre sus hombros el leño santo y bendito que va a recibir su último suspiro.

Véanme también ustedes, almas que desean ser Mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo, destrozado por tanto tormento camina, sin fuerzas, bañado de sudor y de sangre...

¡Sufro, sin que nadie se compadezca de Mi dolor! La multitud Me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de Mí. Todos Me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa... Es que todos los demonios salieron del infierno para hacer más duro Mi sufrimiento.

La fatiga que siento es tan grande, la Cruz tan pesada, que a la mitad del camino caigo desfallecido. Vean cómo Me levantan aquellos hombres inhumanos del modo más brutal: uno Me agarra de un brazo, otro tira de Mis vestidos, que están pegados a Mis heridas, volviendo a abrirlas... Este Me coge por el cuello, otro por los cabellos, otros descargan terribles golpes en todo Mi Cuerpo, con los puños y hasta con los pies.

La Cruz cae sobre Mi y su peso Me causa nuevas heridas. Mi rostro roza sobre las piedras del camino y, con la sangre que por él corre, se pegan a Mis ojos, que están casi cerrados por los golpes; el polvo y el lodo se juntan a la sangre y quedo hecho el objeto más repugnante.

Mi Padre envía ángeles para que Me ayuden a sostenerme; para que Mi Cuerpo no pierda el conocimiento al desplomarse; para que la batalla no sea ganada antes de tiempo, y pierda Yo a todas Mis almas.

Camino sobre las piedras que destrozan Mis pies, tropiezo y caigo una y otra vez. Miro a cada lado del camino en busca de una pequeña mirada de amor, de una entrega, de una unión a Mi dolor pero... no veo a ninguno.

Hijos Míos, los que siguen Mis huellas, no suelten su cruz por más pesada que ésta les parezca. Háganlo por Mí, que cargando su cruz, Me ayudarán a cargar la Mía y, por el duro camino, encontrarán a Mi Madre y a las almas santas que irán dándoles ánimo y alivio.

Sigan Conmigo unos momentos y, a los pocos pasos, Me verán en presencia de Mi Madre Santísima que, con el Corazón traspasado por el dolor, sale a Mi encuentro para dos fines: para cobrar nueva fuerza de sufrir a la vista de Su Dios y para dar a Su Hijo, con Su actitud heroica, aliento para continuar la obra de la Redención.

Consideren el martirio de estos dos Corazones.

Lo que más ama Mi Madre es Su Hijo...

No puede darme ningún alivio y sabe que su vista aumentará aún más Mis sufrimientos; pero también aumentará Mi fuerza para cumplir la voluntad del Padre.

Jesús es coronado de espinas



En el Querer de Mi Padre He vivido días de intensa tristeza, sin quejarme, pero en la aceptación de lo que quería hacerme sentir el Padre.

Cuando fui apresado en el Huerto, los que Me acusaban estaban prontos a toda mentira y Me dejé llevar a donde quisieran, sin resistir en lo más mínimo. Y cuando quisieron ceñirme la cabeza con la corona de espinas, incliné sin más la cabeza, porque lo tomaba todo de las manos de Aquel que Me envió al mundo.

Cuando los brazos de aquellos hombres crueles estuvieron rendidos, a fuerza de descargar golpes sobre Mi Cuerpo, colocaron sobre Mi cabeza una corona tejida con ramas de espinas y, desfilando por delante de Mí, Me decían: ¿Conque eres Rey?... ¡Te saludamos!

Unos Me escupían, otros Me insultaban, otros descargaban nuevos golpes contra Mi cabeza; cada uno añadiendo un nuevo dolor a Mi Cuerpo, maltratado y deshecho. Estoy cansado, no tengo dónde descansar; préstame tu corazón y tus brazos, para cobijarme en tu amor. Tengo frío y fiebre; abrázame un instante, antes de que continúen destruyendo este templo de amor. Los soldados y verdugos, con sus manos sucias, empujan Mi Cuerpo; otros con asco de Mi Sangre, me empujan con sus lanzas y vuelven a abrir Mi carne; Me sientan con un empujón sobre un lugar de piedras filosas, lloro en silencio por el dolor y ellos, en forma grotesca, se burlan de Mis lágrimas. Finalmente, desgarran Mis sienes encajándome la corona de ramas trenzadas de espinas.

Consideren cómo, con esa corona, quise expiar los pecados de soberbia de tantas almas que se dejan subyugar por la falsa opinión del mundo, deseando ser estimadas con exceso. Permití, sobre todo, que Me coronasen de espinas y que así Mi cabeza sufriese cruelmente, a fin de reparar por la humildad voluntaria, las repugnancias y las orgullosas pretensiones de tantas almas que se niegan a seguir el camino trazado por Mi Providencia, por juzgarlo indigno de su mérito y de su condición.

Ningún camino es humillante cuando está trazado por la Voluntad de Dios... En vano intentarán engañarse a ustedes mismos pensando seguir la voluntad de Dios y en la plena sumisión a cuanto les pida.

Hay en el mundo personas que, cuando llega el momento de la decisión (emprender un nuevo género de vida), reflexionan y examinan los deseos de su corazón. Tal vez encuentren, en aquel o en aquella a quien piensan unirse, los fundamentos sólidos para una vida cristiana y piadosa; quizás verán que cumplen sus deberes de familia que reúne, en fin, lo necesario para satisfacer sus deseos de felicidad; pero la vanidad y el orgullo vienen a oscurecer su espíritu y se dejan arrastrar por el afán de figurar, de lucir.

Entonces, se ingenian para buscar a alguien que, siendo más noble, más rico, satisfaga su ambición. ¡Ah! Cuán neciamente se ciegan. No, les diré, no encontrarán la verdadera felicidad en este mundo, y ojalá la encuentren en el otro. ¡Miren bien, que se ponen en gran peligro!

Hablaré también a las almas a quienes llamó el camino de la perfección. Cuántas ilusiones en las que Me dicen que están dispuestas a hacer Mi Voluntad y que clavan en Mi cabeza las espinas de Mi corona.

Hay, respectivamente, almas a quienes quiero para Mí. Conociéndolas y amándolas, deseo colocarlas donde vivo, en Mi sabiduría infinita, en la que encontrarán cuanto es necesario para llegar a la santidad: ahí será donde Me haré conocer a ellas y donde Me darán más consuelo, más amor y más almas.

Pero, ¡cuántas decepciones! Cuántas almas se ciegan por el orgullo y la soberbia o por una mezquina ambición. Llena la cabeza de vanos e inútiles pensamientos, se niegan a seguir el camino que les traza Mi amor.

Almas que Yo había elegido, ¿creen cumplir Mi Voluntad resis-tiendo a la voz de la gracia que los llama y encamina por esa senda, que su orgullo rechaza?

Hija Mía, amor de Mis dolores, consuélame; haz en tu corazón pequeñito un trono para tu Rey y Salvador, y coróname de besos.

Coronado de espinas y cubierto con un manto púrpura, los soldados Me presentaron de nuevo a Pilatos. No encontrando en Mí delito para castigarme, Pilatos Me hizo varias preguntas, diciéndome que por qué no le contestaba, sabiendo que él tenía todo poder sobre Mí.

Entonces, rompiendo Mi silencio, le dije: “No tendrías ese poder si no se te hubiese dado de arriba; pero es preciso que se cumplan las Escrituras.”

Y, abandonándome a Mi Padre Celestial, callé nuevamente...

Jesús ora en el Huerto

"Sufrí en el Huerto más que en el Calvario".


Nadie cree en verdad que sudé sangre aquella noche en Getsemaní y pocos creen que sufrí mucho más en esas horas que en la crucifixión. Fue más dolorosa, porque Me fue manifestado claramente que los pecados de todos eran hechos Míos y Yo debía responder por cada uno. Así Yo, inocente, respondí al Padre como si fuese verdaderamente culpable de deshonestidad.

Yo, puro, res-pondí al Padre como si estuviese manchado de todas las impurezas que han hecho ustedes, mis hermanos, deshonrando a Dios, que los creó para que sean instrumentos de la grandeza de la creación y no para desviar la naturaleza concedida a ustedes, con el fin de llevarla gradualmente a sostener la visión de la pureza en Mí, su Creador.

Por lo tanto, fui hecho ladrón, asesino, adúltero, mentiroso, sacrílego, blasfemo, calumniador y rebelde al Padre, a quien He amado siempre.En esto, precisamente, consistió Mi sudor de sangre: en el contraste entre Mi amor por el Padre y Su Voluntad. Pero obedecí hasta el fin y, por amor a todos, Me cubrí de la mancha con tal de hacer el Querer de Mi Padre y salvarlos de la perdición eterna.Considera cuántas agonías más que mortales tuve aquella noche y, créeme, nadie podía aliviarme en tales congojas, porque más bien veía cómo cada uno de ustedes se dedicó a hacerme cruel la muerte que se Me daba en cada instante por las ofensas cuyo rescate He pagado por entero. Quiero que se conozca una vez más cómo amé a todos los hombres en aquella hora de abandono y de tristeza sin nombre...

Es tiempo de trabajar, no Me pidas nada porque hay alguien que piensa en tí.Quiero decir a Mis almas la amargura, el tremendo dolor que llenaba Mi Corazón esa noche. Si bien era grande Mi alegría de hacerme compañero de los hombres hasta el fin de los siglos y Alimento divino de las almas, y veía cuántas Me rendirían homenaje de adoración, de amor, de reparación, no fué poca la tristeza que Me ocasionó el contemplar a todas aquellas almas que habrían de abandonarme en el Sagrario y cuántas dudarían de Mi presencia en la Eucaristía.

¡En cuántos corazones manchados, sucios y completamente desgarrados por el pecado tendría que entrar y cómo Mi carne y Mi Sangre, profanadas, se convertirían en motivo de condenación para muchas almas! Tú no puedes comprender la forma en la cual contemplé todos los sacrilegios, ultrajes y tremendas abominaciones que se cometerían contra Mí... Las muchísimas horas que iría a pasar sólo en los Sagrarios.

¡Cuántas noches largas! ¡Cuántos hombres rechazarían los amorosos llamados que les dirigiría!Por amor a las almas, permanezco prisionero en la Eucaristía, para que en sus dolores y pesares vayan a consolarse con el más tierno de los corazones, con el mejor de los padres, con el más fiel amigo. Pero ese amor, que se consume por el bien de los hombres, no va a ser correspondido.

Moro en medio de los pecadores para ser su salvación y su vida, su médico y su medicina; y ellos, en cambio, pese a su naturaleza enferma se alejan de Mi, Me ultrajan y Me desprecian.¡Hijos Míos, pobres pecadores! No se alejen de Mí, los espero noche y día en el Sagrario. No voy a reprochar sus crímenes. No voy a echarles en cara sus pecados. Lo que haré será lavarlos con la Sangre de Mis llagas. No teman, vengan a Mí. ¡No saben cuánto los amo!

Y ustedes, almas queridas, ¿por qué están frías e indiferentes a Mi amor? Sé que tienen que atender las necesidades de su familia, de su casa y del mundo que los solicita sin cesar. Pero, ¿no tendrán un momento para venir a darme prueba de su amor y de su gratitud? No se dejen llevar de tantas preocupaciones inútiles y reserven un momento para venir a visitar al Prisionero del amor.

Si su cuerpo está enfermo, ¿no pueden encontrar unos minutos para buscar al Médico que debe curarlos? Vengan a quien puede devolverles las fuerzas y la salud del alma... Den una limosna de amor a este Mendigo divino que los llama, los desea y los espera.

Estas palabras producirán en las almas el efecto de una gran realidad. Penetrarán en las familias, en las escuelas, en las casas religiosas, en los hospitales, en las prisiones, y muchas almas se rendirán a Mi amor.

Los más grandes dolores Me vienen de las almas sacerdotales y religiosas.

En el instante de instituir la Eucaristía, vi a todas las almas privilegiadas que se alimentarían con Mi Cuerpo y con Mi Sangre, y los efectos producidos en ellas. Para algunas, Mi Cuerpo sería remedio a su debilidad; para otras, fuego que llegaría a consumir sus miserias, inflamándolas con amor. ¡Ah!... Esas almas reunidas ante Mi, serán un inmenso jardín en el cual cada planta produce diferente flor, pero todas me recrean con su perfume... Mi Cuerpo será el sol que las reanime. Me acercaré a unas para consolarme, a otras para ocultarme, en otras descansaré.

¡Si supieran, almas amadísimas, cuán fácil el consolar, ocultar y descansar a todo un Dios!

Este Dios que los ama con amor infinito, después de librarlos de la esclavitud del pecado, ha sembrado en ustedes la gracia incomparable de la vocación religiosa, los ha traído de un modo misterioso al jardín de sus delicias. Este Dios, Redentor suyo, se ha hecho su Esposo. Él mismo los alimenta con Su Cuerpo purísimo y con Su Sangre apaga su sed. En Mí encontrarán el descanso y la felicidad.

¡Ay, hijita! ¿Porqué tantas almas, después de haberlas colmado de bienes y de caricias, han de ser motivo de tristeza para Mi Corazón? ¿No Soy siempre el mismo? ¿Acaso He cambiado para ustedes?... ¡No! Yo no cambiaré jamás y, hasta el fin de los siglos, los amaré con predilección y con ternura.

Sé que están llenos de miserias, pero esto no me hará apartar de ustedes Mis miradas más tiernas y con ansia los estoy esperando, no sólo para aliviar sus miserias, sino también para colmarlos de Mis beneficios.

Si les pido amor, no Me lo nieguen; es muy fácil amar al que es el Amor mismo. Si les pido algo caro a su naturaleza, les doy juntamente la gracia y la fuerza necesaria para que sean Mi consuelo.

Déjenme entrar en sus almas y, si no encuentran en ellas nada que sea digno de Mi, díganme con humildad y confianza: “Señor, ya ves los frutos que produce este árbol, ven y dime qué debo hacer para que, a partir de hoy, broten los frutos que Tú deseas”.

Si el alma Me dice ésto con verdadero deseo de probarme su amor, le responderé: Alma querida, deja que Yo mismo cultive tu amor...¿Sabes los frutos que obtendrás? La victoria sobre tu carácter reparará ofensas, expiará faltas. Si no te turbas al recibir una corrección y la aceptas con gozo, obtendrás que las almas cegadas por el orgullo se humillen y pidan perdón.

Esto es lo que haré en tu alma si Me dejas trabajar libremente. No florecerá en seguida el jardín, sino que darás gran consuelo a Mi Corazón...

De Mi Pasión quiero que consideres, sobre todo, la amargura que me causó el conocer los pecados que, oscureciendo la mente del hombre, lo llevan a las aberraciones. Estos pecados se admiten, la mayoría de las veces, como fruto de una natural conveniencia a la cual se dice, no puede oponerse la propia voluntad.

Hoy, muchos viven con graves pecados culpando a otros o al destino, sin posibilidad de salir de ellos. Esto ví en Getsemaní y conocí el gran mal que absorbería Mi Alma.

¡Cuantos se pierden así y cómo sufrí por ellos! Aún hoy, cuánto sufre Mi Corazón; y queriendo hallar alivio en Mis almas, Voy a ellas y las encuentro dormidas. Más de una vez, cuando quise despertarlas y sacarlas de sí mismas, de sus preocupaciones, Me contestan —si no con palabras, con obras: “ahora no puedo, estoy demasiado cansada, tengo mucho que hacer, ésto me perjudica la salud, necesito un poco de tiempo, quiero algo de paz.”

Insisto y digo suavemente a esa alma: No temas; si dejas por Mí ese descanso, Yo te recompensaré. Ven a orar Conmigo, ¡tan sólo una hora! ¡Mira, que en este momento es cuando te necesito! ¿Si te detienes, ¿ya se te hará tarde? ¡Cuántas veces oigo la misma respuesta! Pobre alma, no has podido velar una hora Conmigo.

Dentro de poco vendré y no Me oirás, porque estás dormida... Querré darte la Gracia pero, como duermes, no podrás recibirla y, ¿quién te asegura que tendrás después fuerza para despertar?... Es fácil que, privada de alimento, se debilite tu alma y no puedas salir de ese letargo.

A muchas almas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño y, ¿dónde y cómo han despertado?

Almas queridas, deseo enseñarles también cuan inútil y vano es querer buscar alivio en las criaturas.

¡Cuántas veces están dormidas y, en vez de encontrar el alivio que voy a buscar en ellas, salgo con amargura porque no correponden a Nuestros deseos ni a Nuestro amor.

Cuando oré a Mi Padre y pedí ayuda, Mi alma triste y desamparada padecía angustias de muerte. Me sentí agobiado con el peso de las más negras ingratitudes.