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martes, 29 de octubre de 2019

Invitación a la Santa Misa en honor a Nuestra Señora de la Eucaristía


Nuestra Señora de la Eucaristía y su don para nosotros



         Cuando observamos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, nos damos cuenta de que se trata de una imagen en movimiento, en el sentido de que indica un movimiento de la Virgen hacia adelante, hacia el espectador, que somos nosotros. En ese movimiento, la Virgen no solo se acerca hacia nosotros moviendo el pie derecho hacia adelante, sino que se inclina con su tronco también hacia adelante, configurando en su totalidad el gesto de ofrecer lo que lleva entre sus brazos, que es su Hijo Jesús y el racimo de uvas.
         ¿Por qué la Virgen quiere darnos a Jesús y al racimo de uvas? Porque Nuestra Señora de la Eucaristía quiere darnos aquello que nos salva, que es el Cuerpo y la Sangre de Jesús, esto es, la Eucaristía: al darnos al Niño, nos da su Cuerpo; al darnos el racimo de uvas, nos da su Sangre, porque con las uvas se hace el vino y el vino es el que se convierte en la Sangre de Jesús por la consagración en la Misa. En definitiva, lo que quiere darnos Nuestra Señora de la Eucaristía, no es sólo a su Niño, para que lo abracemos y adoremos y no es sólo un racimo de uvas, para que nos deleitemos con ellas: quiere darnos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Sagrada Eucaristía, para que nuestras almas se vean colmadas con la dulzura y el deleite de la Presencia de su Hijo en nosotros.
         El don de la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, no se queda en una mera imagen: la imagen es anticipo y figura de lo que la Iglesia hace con nosotros: así como la Virgen lleva al Niño y las uvas y quiere darnos a ambos, para con ellos darnos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, así la Iglesia, en cada Santa Misa, nos da, en la realidad y no en imagen, el Cuerpo y la Sangre de Jesús y, con su Cuerpo y su Sangre, también su Alma y Divinidad. Es decir, el don que está prefigurado en la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, es el don que la Madre Iglesia, que también lleva el título de Madre de la Eucaristía, nos hace en cada comunión eucarística, porque en cada comunión eucarística recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
         Al contemplar la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, por lo tanto, debe encenderse en nosotros un vivo deseo de recibir lo que la Virgen nos quiere dar: el Cuerpo del Niño y el racimo de uvas, que es aquello que la Iglesia nos da en cada Santa Misa, el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, la Sagrada Eucaristía.

miércoles, 20 de junio de 2018

La naturaleza humana es sumamente frágil, pero cuenta con una Madre celestial, la Santísima Virgen María



(Reflexión en ocasión de la Visita de Nuestra Señora de la Eucaristía a un establecimiento de Educación Secundaria)

         Cuando observamos la naturaleza y hacemos una comparación entre los distintos tipos de vida que encontramos, incluida la vida humana, nos damos cuenta que el hombre es el ser más frágil e indefenso de todas las especies. Mientras las especies de animales irracionales son capaces de valerse por sí mismos al poco tiempo de haber nacido –unos cuantos días, llegando a haber especies cuyos ejemplares se valen por sí mismos prácticamente apenas nacidos-, el ser humano, por el contrario, necesita no solo de días o meses para valerse por sí mismo, sino de años y de muchos años. Aunque él mismo tiene las cualidades y capacidades para ayudar a otros, siempre está necesitado de ayuda. Por otra parte, el ser humano es un ser que puede vivir solo, pero está hecho para vivir en comunión interpersonal con sus semejantes, por eso es un ser que vive en sociedad. Estas capacidades suyas no quitan lo que dijimos al inicio, esto es, que el ser humano es, de entre todas las especies vivientes, el más frágil de todos. Una muestra de lo que decimos es que un simple virus, un ser viviente invisible a los ojos debido a su pequeñísimo tamaño, puede darle muerte –es lo que sucede, por ejemplo, con el virus del SIDA o cualquier otro virus mortal- o puede incapacitarlo de forma permanente.
         Ahora bien, el ser humano no está solo. Además de contar con sus progenitores y con sus congéneres -necesita de sus progenitores cuando es pequeño, necesita de sus congéneres cuando es más grande- cuenta además con una ayuda celestial, por medio de la cual puede superar con creces cualquier adversidad que pueda presentársele en el curso de su vida mortal: además de su madre biológica, el ser humano –el cristiano- cuenta con una Madre celestial, la Virgen, que acude en su auxilio ante el más ligero pedido de auxilio.
Así como una madre terrena acude prontamente en auxilio de su hijo pequeño, que en sus intentos por aprender a caminar se cae, se golpea y llora, así, de la misma manera, pero con más premura y con más amor, acude la Virgen en auxilio de aquellos de sus hijos que imploran su ayuda. Los cristianos católicos debemos tener presente, a cada instante, esta hermosa verdad: tenemos una Madre del cielo que vela por nosotros y que solo necesita, para venir en nuestro auxilio, que elevemos los ojos del alma hacia Ella, para que la Virgen se haga presente en nuestras tribulaciones.
Por otra parte, no existe absolutamente ninguna dificultad, problema, tribulación, tentación, que no pueda ser superada con la ayuda de nuestra Madre celestial.
Para darnos una idea de cómo es esta Madre celestial que tenemos los cristianos, conviene rezar con frecuencia la siguiente oración de San Bernardo:
 “¡Oh tú que te sientes lejos de la tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo,/en medio de las borrascas y de las tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta Estrella, invoca a María!./Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María./Si eres agitado por las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la Estrella, llama a María./Si la ira, o la avaricia, o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María./“Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia,/aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima del suelo de la tristeza,/en los abismos de la desesperación, piensa en María./“En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María./No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión,/no te desvíes de los ejemplos de su virtud./No te extraviarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas./Si Ella te tiende su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer;/no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si Ella te ampara”.
         Pero además de todo este auxilio que la Virgen nos brinda, es nada en comparación con lo que Nuestra Señora de la Eucaristía quiere darnos, más allá de una ayuda espiritual, por grande que sea: mucho más que el auxilio en toda tribulación, la Virgen quiere darnos a su Hijo Jesús en la Eucaristía, lo cual supera infinitamente todo bien que seamos capaces siquiera de imaginar.


martes, 22 de mayo de 2018

Nuestra Señora de la Eucaristía trae al alma la verdadera alegría



         Dice uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos, Aristóteles, que el hombre, naturalmente, desea ser feliz. Es decir, todo hombre, independientemente de su raza, de su edad, de su ocupación, de su estado de vida, desde que nace, hasta que muere, desea ser feliz. El deseo de felicidad es como un “sello” espiritual con el que nace cada hombre que viene a este mundo. A su vez, San Agustín, citando a Aristóteles, afirma que es verdad que todo hombre desee ser feliz, pero el problema está en que se busca la felicidad en donde esta no se encuentra. El ser humano, enceguecido por el pecado original, piensa que la felicidad, la alegría de su corazón, está en los placeres del mundo, en los bienes materiales, en el dinero, en la fama, en el poder, y por eso dedica su vida a obtener esto que él considera que es lo que lo hará feliz. Sin embargo, nada de estas cosas mundanas puede darnos la felicidad. El hombre puede tener todo el dinero, toda la fama, todo el poder, pero jamás será feliz, porque todo el dinero del mundo, toda la fama y todo el poder del mundo, comparados con la sed de felicidad que tiene el hombre, es igual a intentar rellenar un abismo con un grano de arena. El abismo es nuestra alma y su deseo de felicidad; el grano de arena es todo el oro del mundo, toda la fama y todo el poder y todos los placeres mundanos. Es imposible que eso nos dé felicidad.
         Si estas cosas no dan felicidad, ¿dónde encontrar la verdadera felicidad?
         Encontraremos la respuesta en el episodio de la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel. Cuando la Virgen llega, Santa Isabel y su hijo Juan el Bautista, que está en su seno, “se llenan del Espíritu Santo” y sus almas se colman de alegría por la presencia de la Virgen y hasta tal punto, que el niño Juan el Bautista “salta de alegría” en el seno materno de Isabel, cuando escucha la voz de la Virgen. Se trata de una alegría que no es causada por las cosas del mundo, sino por la presencia de la Virgen. ¿Por qué? Porque la Virgen, en sí misma, es la creatura más hermosa y pura que pueda existir y su sola presencia llena de alegría al alma, pero con la Visita de la Virgen se agregan otras dos causas de la verdadera alegría: con la Virgen viene Jesús –que para nosotros, los católicos, está en la Eucaristía- y Jesús, que es Dios, sopla el Espíritu Santo sobre el alma de los que lo reciben en la Eucaristía, comulgando en gracia, con fe y con amor.
Una vez que está Jesús Eucaristía en el alma, con su Presencia Él sacia por completo la sed de felicidad, de amor, de paz, que tiene el alma, una sed que solo puede ser llenada con Dios, que es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes, además de ser el Amor y la Paz en sí mismos. Con Jesús Eucaristía, ese abismo de deseo de felicidad que es nuestra alma queda extra-colmado y saciado y ya no desea ninguna otra cosa más en el mundo.
         Como Santa Isabel y Juan el Bautista, recibamos a la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, no solo exteriormente, sino ante todo interiormente; abrámosle las puertas de nuestros corazones y dejemos que ingrese la Virgen y Ella traerá a nuestras vidas a Jesús Eucaristía y con Jesús Eucaristía vendrá el Espíritu Santo, que colmará nuestros corazones con la Verdadera Alegría.

jueves, 10 de mayo de 2018

La Visita de Nuestra Señora de la Eucaristía



         En el Evangelio se relata que la Virgen, estando encinta por obra del Espíritu Santo –en su concepción no hubo intervención humana, puesto que fue obra del Espíritu Santo-, y con un período gestacional de tres meses aproximadamente, al enterarse de que su prima Santa Isabel también estaba encinta, decidió emprender un largo y peligroso viaje para asistirla en el momento del parto.
         De esta manera, la Virgen nos enseña y da ejemplo de cómo obrar misericordiosamente con los más necesitados, olvidándonos de nosotros. Debemos comprender que Ella era una mujer joven, encinta, que también estaba pasando por un momento de necesidad, que el viaje que emprendía era peligroso porque estaban a merced de los asaltantes del camino y sin embargo, la Virgen no pensó en Ella, sino en su prima y así nos enseña cómo debemos obrar en cuanto cristianos.
         Pero en la escena de la Visitación de la Virgen hay otros elementos de mucho provecho para nuestra vida espiritual y que no se limitan al ejemplo de bondad de la Virgen.
         Estos elementos son todos de origen sobrenatural y nos demuestran cómo la Visitación de la Virgen trae aparejada la Visitación también de su Hijo Jesús y del Espíritu Santo.
         En efecto, cuando la Virgen llega, tanto Santa Isabel como su hijo, Juan el Bautista, aun en su vientre, experimentan la Presencia del Espíritu Santo: Santa Isabel queda “llena de Espíritu Santo” y saluda a la Virgen no con el saludo que correspondería a un pariente –eran primas- sino que la llama “Madre de mi Señor”, “Madre de mi Dios” o “Madre de Dios” y exulta de alegría ante la llegada de la Virgen: tanto el saludo como la alegría, ambos sobrenaturales, se deben a la acción del Espíritu Santo. Pero no solo Santa Isabel exulta de gozo y se llena del Espíritu Santo ante la Presencia de la Virgen, también Juan el Bautista “salta de gozo”, literalmente, en el seno de Santa Isabel, al oír que la Virgen llegaba: “y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1, 39-45).
         Con la Visitación de la Virgen, tanto Santa Isabel como Juan el Bautista “saltan de alegría” por la llegada de la Madre de Dios, porque con Ella llegan el Hijo de Dios, Jesucristo, y el Espíritu Santo.
         Recibamos a Nuestra Señora de la Eucaristía que viene a visitarnos en nuestra escuela, pero sobre todo la recibamos en esa casa interior, personal, íntima, secreta, que es nuestro corazón y nuestra alma y alegrémonos, porque con la Llegada de la Virgen, llegarán también Jesucristo y el Espíritu Santo a nuestras vidas.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Nuestra Señora de la Eucaristía nos da su amor maternal


         Cuando contemplamos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, que lleva en sus brazos al Niño Dios, nos recuerda a esas madres que, orgullosas de sus hijos, los llevan en brazos con todo amor, estrechándolos contra sus corazones, como queriéndoles infundir el amor que por ellos sienten.
         La Virgen de la Eucaristía ama tanto a Jesús, que lo lleva en brazos, y aunque Él es Dios, como es Niño, necesita protección y la Virgen, como Madre amorosísima que es, lo lleva en brazos y lo protege de quien quiera hacerle daño. Pero también, como dijimos, lo estrecha contra su pecho, como queriendo fundirlo con su Corazón Inmaculado, para que el Niño, por así decirlo, se alimente del amor del Corazón de la Virgen y, si fuera posible, viva dentro de su Inmaculado Corazón.
         Lo mismo quiere hacer la Virgen con todos y cada uno de nosotros: así como lo lleva al Niño Dios en sus brazos, y así como lo estrecha contra su Corazón Inmaculado, así quiere la Virgen llevarnos en sus brazos y estrecharnos contra su Corazón, para que experimentemos su amor de Madre celestial.

         Esto está muy bien, y es algo hermosísimo, pero algunos dirán: “¿Y qué pasa conmigo, que ya soy grande? La Virgen no me puede llevar en sus brazos”. A esto respondemos con las palabras de Jesús: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. Si ya hemos crecido y hemos aumentado de estatura, es verdad que la Virgen no nos puede llevar en sus brazos, pero hay un modo en el que sí puede llevarnos entre sus brazos, sin importar la edad, y es llevándonos espiritualmente. Sin embargo, para que la Virgen nos pueda llevar espiritualmente entre sus brazos, necesitamos “ser niños”, como nos pide Jesús: “Quien no sea como niño, no entrará en el Reino de los cielos” (Mt 18, 3). “Ser como niños” quiere decir que, aunque seamos grandes, podemos tener la inocencia y la pureza de cuerpo y alma que tiene un niño recién nacido, y esto lo conseguimos por la gracia que se nos da en los sacramentos, ante todo, la Confesión sacramental y la Eucaristía. Por la gracia, podemos ser espiritualmente como niños, porque la gracia nos hace participar de la pureza y de la inocencia del Niño Dios. Por la gracia, somos como el Niño Dios, y ahí sí que la Virgen puede llevarnos espiritualmente entre sus brazos, y estrecharnos contra su Inmaculado Corazón, para hacernos sentir su amor maternal. Con Jesús y María, nada debemos temer, absolutamente nada.

jueves, 3 de agosto de 2017

Nuestra Señora de la Eucaristía quiere que recibamos a su Hijo por la Comunión Eucarística


         Dicen los santos que cuando un alma se acerca a María, recibe a Jesús, y esto es lo que sucede también con la Virgen de la Eucaristía: quien se acerca a la Virgen de la Eucaristía, recibe a Jesús, pero lo recibe de una manera particular: espiritualmente, porque la Virgen da a su Hijo a todo aquel que se acerca a Él con un corazón contrito y humillado, y sacramentalmente, porque en el caso de la advocación de Nuestra Señora de la Eucaristía, la Virgen lo que desea es que el alma reciba a su Hijo, además de un modo espiritual, en la Eucaristía, es decir, sacramentalmente, por medio de la comunión eucarística.
         Ahora bien, con la Virgen sucede lo que sucede con una madre que tiene en sus brazos a su hijo amado, y lo quiere compartir un rato con alguien a quien ama: así como no se puede tomar al niño con manos llenas de barro, porque el niño se ensuciaría, así también el alma no puede recibir a Jesús Eucaristía, manchada con esa mancha espiritual que es el pecado. Por eso mismo, es necesaria la Confesión Sacramental, para limpiar el alma y dejarla resplandeciente, con el brillo mismo y el perfume de la gracia de Dios, para que Jesús Eucaristía pueda entrar en nuestros corazones y concedernos todas las gracias que desea darnos, además del Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

         “Quien se acerca a María, recibe a Jesús”, dicen los santos. Quien se acerca a Nuestra Señora de la Eucaristía, recibe la gracia de amar la Confesión Sacramental, para tener un alma limpia y así poder recibir a Aquel que es más grande que los cielos eternos, el Dios del sagrario, Jesús Eucaristía. Y una vez con Jesús en el corazón, el alma recibe todo tipo de gracias, la principal de todas, el desear no apartarse nunca de la comunión eucarística, por medio de la cual recibe al Rey de los cielos, Nuestro Señor Jesucristo.

miércoles, 28 de junio de 2017

Para la Virgen, su Hijo Jesús era lo que más amaba y todo lo que tenía en la vida


(Homilía para niños de Primaria)

         Desde que el Arcángel Gabriel le dijo a la Virgen que Dios Padre la había elegido para que sea la Mamá de Dios Hijo, para la Virgen no hubo nada en el mundo que amara, sino a su Hijo Jesús y si amaba algo que no fuera Jesús, lo amaba para Él y por Él. La Virgen siempre estaba pensando en Jesús, en cómo cuando Él, cuando fuera grande, iba a entregar su Cuerpo en la Cruz y derramar su Sangre por sus heridas, para salvar a todos los hombres. Cuando Jesús estaba en su panza, y era más chiquitito que una cabeza de alfiler, la Virgen le cantaba canciones para niños y soñaba con el día en el que lo iba a abrazar. Mientras tanto, y como hace toda mamá con su hijo en la panza, lo alimentaba en el interior de la panza, para que Jesús fuera creciendo y, de una célula pequeñita, se fuera haciendo un bebé cada vez más grande. Y cuando nació milagrosamente en Belén, la Virgen lo envolvió en pañales y le dio el calor de su Corazón Purísimo, y después, cuando Jesús iba creciendo, en todo momento, la Virgen estaba siempre pendiente de su Hijo Jesús, y cuando no lo veía, siempre pensaba en Él y lo amaba con todo el amor de su Corazón. Cuando Jesús ya fue grande y se fue a predicar, también la Virgen lo acompañaba con su oración, y cuando lo crucificaron, fue la única que se quedó todo el tiempo, al lado de la cruz, ofreciéndolo al Padre para nuestra salvación, aun cuando eso quería decir que Ella se moría en vida, porque Jesús era la vida de su Corazón. Y cuando Jesús murió, la Virgen lo recibió cuando lo bajaron de la cruz, y lavó sus heridas, la tierra, y la sangre que las cubrían, con sus lágrimas, porque era tanto el llanto de la Virgen, que con sus lágrimas lavó todo el Rostro de Jesús. Y cuando a Jesús lo sepultaron, la Virgen estuvo haciendo duelo el Viernes y el Sábado, esperando la Resurrección, y se alegró mucho cuando Jesús resucitó, porque fue la primera a la que se le apareció. Desde que Jesús estuvo en su panza, después que el ángel le anunció que iba a ser Madre de Dios, y durante toda la vida de Jesús, hasta su muerte en cruz y resurrección, la Virgen tuvo un solo pensamiento: Jesús, y un solo amor: Jesús. Es por esto que, a cada segundo, y en cada respiro, la Virgen repetía una sola frase: "Jesús, te amo".

         Al igual que la Virgen de la Eucaristía, que también nosotros tengamos un solo pensamiento en nuestra vida: Jesús Eucaristía, y también un solo amor en el corazón: Jesús Eucaristía, y junto con la Virgen, digamos siempre: "Jesús Eucaristía, te amo".

jueves, 8 de junio de 2017

Cuál es el deseo más profundo de Nuestra Señora de la Eucaristía


         
         La mayoría de las veces, nos acercamos a la Virgen para pedirle favores, como por ejemplo, salud, trabajo, paz en la familia. Algunas, pocas veces, nos acercamos para agradecerle por algún favor recibido. Pero pocas o casi ninguna vez nos acercamos para recibir lo que la Virgen quiere darnos. La Virgen quiere concedernos las gracias que le pedimos, si son necesarias para nuestra eterna salvación, pero ante todo, el deseo más profundo de su Inmaculado Corazón es el de darnos algo que va más allá de cualquier gracia que seamos capaces siquiera de concebir. La Virgen quiere darnos algo que es infinitamente más grande que cualquier gracia que podamos pedirle; es algo infinitamente más valioso que el universo entero, comprendidas su creación visible y la invisible, los ángeles. La Virgen quiere darnos algo tan, pero tan inmensamente grande, maravilloso y hermoso, que si pudiéramos contemplarlo con los ojos del cuerpo, moriríamos en el acto de amor y de alegría. La Virgen quiere que, al acercarnos a Ella, no solo le pidamos por lo que necesitamos, sino que le pidamos aquello que Ella tiene para ofrecernos y desea, con todo el amor de su Inmaculado Corazón, que lo recibamos.
         ¿Qué es lo que la Virgen quiere darnos y que supera todo lo que podemos pensar o imaginar? ¿Qué es eso tan valioso que la Virgen quiere darnos, y que vale más que el universo, los ángeles y todos los cielos eternos juntos? Para saberlo, contemplemos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía: la Virgen se acerca a quien la contempla y se inclina ligeramente hacia adelante, para darle, a quien se le acerca, a su Niño Jesús. Y el Niño quiere convidarnos uvas, que simbolizan su Sangre, porque con las uvas se hace el vino y el vino, en la Misa, se convierte en su Sangre. El deseo más profundo de la Virgen de la Eucaristía, es que recibamos, con el corazón lleno de fe y de amor, a su Niño Jesús, en nuestros corazones, para que el Niño Jesús nos convide con la dulzura de las uvas transformadas en el Vino de la Nueva Alianza, la Sangre de su Corazón, que contiene el Amor de Dios, el Espíritu Santo.
Ahora bien, todo esto, que Nuestra Señora de la Eucaristía quiere darnos espiritualmente, eso mismo nos lo da la Santa Madre Iglesia, de quien la Virgen es Madre y Modelo, sacramentalmente: así como la Virgen quiere darnos a su Hijo Jesús, para que recibamos su Cuerpo y las uvas que trae entre sus brazos, así la Santa Madre Iglesia quiere, por medio de la Transubstanciación obrada en la Misa, darnos el Cuerpo de Jesús, resucitado y glorificado en la Eucaristía, y su Sangre, que es el Vino de la Eterna y Nueva Alianza. No nos acerquemos a la Virgen solo para pedirle favores y gracias, ni tampoco solo para agradecerle por los favores y gracias que ya hayamos recibido. Se cuenta de un devoto de la Virgen, que vencido por las tentaciones, le dijo a la Virgen: “Señora, ¿por qué no me ayudaste lo suficiente?”. Y escuchó una voz que le dijo: “¿Y tú, por qué no me invocaste lo suficiente?”. De la misma manera, la Virgen nos podría decir: “¿Por qué no pides que te dé el regalo más grande que deseo darte?”. A partir de entonces, comenzó a invocar con más frecuencia a la Madre de Dios y en poco tiempo se convirtió, para luego morir como un santo[1]. Acerquémonos para recibir Aquél a quien la Virgen quiere darnos, y es su Hijo Jesús en la Eucaristía. Y así podremos satisfacer el deseo más profundo del Inmaculado Corazón de María.


[1] Cfr. Eliécer Sálesman, Ejemplos Marianos. 234 Casos históricos interesantes, Editorial San Pablo, Ecuador 2006, 204.

jueves, 1 de junio de 2017

Quién es el Niño que nos trae la Virgen de la Eucaristía


         El Niño que nos trae Nuestra Señora de la Eucaristía entre sus brazos, tiene unos dos o tres años. Como todo niño, comenzó su existencia terrena en el útero de María, como un cigoto, es decir, como una célula fecundada, tal como sucede en los embarazos humanos. Sin embargo, la particularidad de su concepción, es que los cromosomas y genes pertenecientes al padre, no fueron aportados por hombre alguno, sino que fueron creados de la nada, por la omnipotencia divina, para poder así completar su carga genética. La razón es que el Niño que nos trae la Virgen, no es como un niño humano más, sino que es Dios Hijo encarnado, esto es, unido personalmente –hipostáticamente- a una naturaleza humana.
         Esto significa que el Niño tiene dos naturalezas, una divina, que le pertenece por ser el Hijo de Dios, es decir, la Segunda Persona de la Trinidad, y una humana, por haber sido creada esta naturaleza en el momento de su concepción, sin que ninguna de ambas naturalezas esté mezclada con la otra, ni se confundan la una con la otra. Desde el momento de la concepción, el Niño tenía conciencia de ser Él Dios Hijo, y esa es la razón por la que se lo llama “Niño Dios”, porque es Dios Hijo que se une a una naturaleza humana y viene a nosotros como un Niño, sin dejar de ser Dios.
         En la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, el Niño, como dijimos, tiene unos dos o tres años, y esto significa dos cosas: por un lado, que si Dios viene como un cigoto, como un embrión, como un niño pequeño, es para que no tengamos excusas en acercarnos a Él, ya que no viene en el esplendor de su gloria, sino, precisamente, como un Niño pequeño, y nadie tiene temor de acercarse a un niño pequeño. El otro significado tiene relación con la Virgen: como Madre de Dios, la Virgen sostiene entre sus brazos a Dios hecho Niño, lo cual significa que sus brazos son fuertes, tan fuertes como para sostener y estrechar, contra su Corazón a un Dios. Y si la Virgen hace esto con el Niño Dios, también lo hará con nosotros, que somos sus hijos adoptivos y que, para entrar en el Reino de los cielos, debemos ser “como niños”, con la inocencia y la pureza de la niñez, que solo la obtenemos por la gracia santificante. Entonces, tenemos que pedirle a la Virgen de la Eucaristía la gracia de querer ser como niños espiritualmente –lo cual no significa ser infantiles-, para que Ella nos lleve entre sus brazos, nos estreche contra su Inmaculado Corazón, y nos conduzca al Reino de Dios. Y para ser como niños espiritualmente, tenemos que recibir la gracia y la gracia la recibimos por los Sacramentos, principalmente la Confesión sacramental y la Eucaristía.

         Nuestra Señora de la Eucaristía nos enseña que, así como un niño pequeño, que acaba de golpearse y a causa del golpe comienza a llorar y a buscar el consuelo de su madre, así también debemos hacer nosotros, cuando nos suceda alguna tribulación: acudir, como niños pequeños, a los brazos de Nuestra Madre del cielo y Ella, con todo su amor materno, nos llevará entre sus brazos, nos estrechará contra su Inmaculado Corazón y nos hará conocer a su Hijo, el Niño Dios, que trae uvas en sus pequeñas manos. Nuestra Señora de la Eucaristía nos trae a Dios, que viene como un Niño que nos convida uvas, para que sepamos que Dios nos ama y que siempre podemos y debemos confiar en Él.

jueves, 4 de mayo de 2017

Los milagros que hace Nuestra Señora de la Eucaristía


         Cuando nosotros presentamos nuestras intenciones a la Virgen, ¿de qué manera responde la Madre de Jesús a nuestros pedidos? ¿Qué milagros hace Nuestra Señora de la Eucaristía? ¿Puede hacer milagros? Para saberlo, veamos qué dice el Evangelio de la Virgen en las Bodas de Caná: allí, se les termina el vino a los novios, entonces la Virgen, dándose cuenta de esto, le avisa a Jesús: “Hijo, no tienen más vino”, con el propósito de que Jesús interviniera e hiciera algo en favor de los novios, que eran amigos suyos. Pero Jesús no quería hacer ningún milagro, porque no había llegado la Hora autorizada por el Padre para que Él hiciera milagros en público. Hasta entonces, Jesús había hecho muchos milagros, pero en secreto, no en público. Por eso Jesús le dice a su Mamá: “Mujer, ¿a ti y a Mí qué?”, como si le dijera: “Mamá, si se les terminó el vino es problema de ellos, no nos incumbe, ni a ti ni a Mí. Todavía no llegó mi hora”. Pero Jesús no le puede negar nada a su Madre, y por eso es que, a renglón seguido, el Evangelio cita a la Virgen, diciendo: “Hagan lo que Él les diga”. Jesús les hace traer las tinajas de piedra, les dice que las llenen de agua y hace el milagro y convierte el agua en vino y vino del mejor, tanto que el maestresala felicita a los novios por la calidad del vino: “Has reservado el mejor vino para lo último”.
         El primer milagro público de Jesús está precedido por la intercesión de la Virgen ante Jesús, que logra que Jesús haga el milagro, cuando aún no había llegado la Hora autorizada por el Padre para que Él manifestara su Amor por medio de sus milagros. Es decir, la Virgen intercede ante Jesús y, por medio de Jesús, ante Dios Padre y Dios Espíritu Santo, y logra que Jesús haga un milagro, aún cuando no quería hacerlo. Ese milagro de Caná, anticipa el milagro de la Misa, en donde Jesús no convierte agua en vino, sino que convierte el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Como es un milagro que anticipa la Eucaristía, ya desde ese entonces, la Virgen se llama “Nuestra Señora de la Eucaristía”.

         De la misma manera, así como la Virgen obró a favor de los novios, así Nuestra Señora de la Eucaristía obrará milagros insospechados en nuestras vidas, si nosotros nos encomendamos a Ella y le pedimos su intercesión, porque aunque Jesús no quiera concedernos un milagro, Ella obtiene de su Hijo todo lo que le pide para nosotros, si eso es conveniente para nuestra salvación, y es por eso que debemos encomendarnos a Ella y pedirle las gracias que necesitemos para nuestras vidas. Pero el milagro principal que hará la Virgen de la Eucaristía en nuestras vidas, será Eucarístico, porque hará que nuestros corazones amen a su Hijo, Jesús Eucaristía, más que a cualquier cosa en el mundo.

jueves, 27 de abril de 2017

Qué sucede cuando nos visita Nuestra Señora de la Eucaristía


         ¿Qué sucede cuando nos visita Nuestra Señora de la Eucaristía? Para saberlo, recordemos qué sucedió en la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel, según lo relata el Evangelio (cfr. Lc 1, 39-45). Como sabemos, tanto Isabel como la Virgen, que eran primas, estaban encintas, aunque la Virgen lo era por obra del Espíritu Santo, y no por obra de hombre. La Virgen, a pesar de estar embarazada, emprendió un largo viaje hacia el hogar de Santa Isabel, para asistir a su prima, que ya era anciana. En esta Visita, la Virgen fue la causa de la alegría, tanto de Santa Isabel, como de Juan el Bautista, que estaba en el vientre de Santa Isabel, y la razón de la alegría de ambos, fue la Presencia de Jesús, que venía con María. El Evangelio dice que cuando Santa Isabel vio a la Virgen, exclamó, “llena del Espíritu Santo”: “¿Quién soy yo, para que la Madre de mi Señor venga a visitarme?”. Es decir, Santa Isabel no la saluda con un simple saludo, como sucede entre parientes, y eso a pesar de que era su prima: la saluda como “Madre de mi Señor”, que es igual a decir: “Madre de Dios”, y esto lo hace porque está iluminada por el Espíritu Santo. Y cuando Juan el Bautista escuchó que venía la Virgen, “saltó de alegría” en el seno de su madre, Santa Isabel, y esto porque era también el Espíritu Santo el que, enviado por Jesús, le hacía saber que Él era el Hijo de Dios y que venía con la Virgen.
         Es decir, la Visita de María trae siempre a Jesús, que es Dios, y con Jesús, viene el Espíritu Santo, y esta es la razón de la alegría que experimentan Santa Isabel y San Juan Bautista cuando la Virgen los visita.
         Esto mismo sucede cuando Nuestra Señora de la Eucaristía nos visita: así como la visitó a Santa Isabel, con su Hijo en su seno virginal, así nos visita con su Hijo Jesús en brazos, pero para con nosotros, demuestra un amor todavía más grande que para con su prima, porque a Santa Isabel no le dio el Cuerpo de su Hijo para comulgar, en cambio a nosotros, la Virgen nos trae a su Hijo Jesús, Presente en la Eucaristía, para que lo recibamos con el corazón abierto, de par en par, en estado de gracia, para que Jesús nos dé todo el Amor de su Sagrado Corazón, y para que nosotros, a cambio, le demos también todo el amor del que seamos capaces.

         Nuestra Señora de la Eucaristía nos visita para que, una vez purificados nuestros corazones por la gracia del Sacramento de la Penitencia, recibamos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su Hijo Jesús, Presente en la Eucaristía, para que Jesús nos transmita su paz y su alegría, que son la Paz y la Alegría de Dios.

jueves, 20 de abril de 2017

El don de Nuestra Señora de la Eucaristía


         Cuando contemplamos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, observamos que se encuentra de pie y en posición de avanzar, dando un paso hacia adelante, con su rostro dirigido hacia quien la está contemplando. La Virgen también está ligeramente inclinada hacia adelante, y lleva entre sus brazos a su Hijo Jesús, quien a su vez lleva un racimo de uvas.
¿Qué nos dice esta imagen?
         Por un lado, la Virgen se dirige hacia nosotros, que la contemplamos; no está solamente erguida, sino que está en actitud de caminar hacia adelante y puesto que se inclina ligeramente, parece querer indicarnos que quiere que recibamos a su Hijo Jesús, que lleva sus uvas con Él. Es como el clásico gesto de una madre amorosa, que ama a su hijo, que sabe que su hijo es un niño bueno y quiere compartirlo con los demás, entregándolo para que estos a su vez lo abracen y puedan recibir el cariño del niño. Es esta la actitud de la Virgen, pero la Virgen no es una madre más entre tantas, sino que es la Madre de Dios, y su Hijo no es un niño más entre tantos, sino el Niño Dios, Dios Hijo que, tomando Cuerpo y Alma humanos, vive con su divinidad en la humanidad del Hijo de María Virgen.

         Esto quiere decir que, en el gesto de la Virgen, debemos ver, por un lado, el deseo de la Virgen de que nosotros recibamos a su Hijo, que es Dios, por la fe y por el amor, en nuestros corazones. La Virgen nos da a su Hijo, que es Dios Niño, para que sepamos que nada debemos temer de Dios, porque si Dios se ha hecho Niño y se nos dona a través del amor de su Madre, es para que no tengamos ni miedo ni recelo en acercarnos, porque sucede lo mismo que con una madre y su hijo pequeño: así como nadie tiene miedo ni recelo a un niño pequeño, así tampoco los cristianos debemos tener miedo ni recelo en abrir nuestros corazones y nuestras almas a Dios hecho Niño. Esto es para que sepamos que no solo debemos y podemos acudir a Dios, como si fuera un Niño, porque Dios se ha hecho Niño, cuando necesitamos algo, sino, ante todo, es para que sepamos que podemos contar con el Amor de Dios, que si Dios se ha hecho Niño, sin dejar de ser Dios, no es para otra cosa que para darnos su Amor. Pero también hay otro significado en la imagen de la Virgen: Ella es Madre y Modelo de la Iglesia, por lo que representa a la Iglesia, y así como Ella nos da el Cuerpo de su Hijo Jesús, que lleva las uvas con las que se hace el vino, así la Madre Iglesia nos da al Hijo de María Virgen, el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía, y nos da el Vino que se hace con la Vid verdadera triturada en la Pasión, la Sangre de Jesús.      Al entregarnos el Cuerpo y también la Sangre de su Hijo, simbolizada en las uvas, la Virgen nos invita a que nos acerquemos a la Iglesia para que recibamos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Eucaristía. Y, del mismo modo a como el Niño, al recibir su Cuerpo, nos da su Amor cuando lo tenemos entre nuestros brazos, así también, cuando recibimos el Cuerpo de Cristo en la boca, por la Comunión Eucarística, recibimos el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, el Espíritu Santo.

viernes, 28 de octubre de 2016

Significado de la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía


         ¿Qué significado tiene la imagen de la Virgen de la Eucaristía?
Para saberlo, analicémosla a la luz de la fe.
La Virgen está de pie, pero no detenida, sino en gesto de avanzar, de ir hacia quien la contempla; sostiene en sus brazos al Niño Dios, vestido con una pequeña túnica, símbolo de su inocencia. El Niño Dios, a su vez, sostiene, ayudado por su Madre, un racimo de uvas.
Por parte de la Virgen, el gesto de avanzar, de caminar y desplazarse hacia adelante, significa viene hacia nosotros, pero no es un encuentro al estilo terrenal: la Virgen, que viene a visitarnos, viene desde lo alto, desde el cielo en donde habita, hacia nosotros, que vivimos en el exilio de esta vida y esta tierra, llamada “valle de lágrimas”. Podemos decir, entonces, que la Virgen viene hacia nosotros, pero no como quien viene desde un camino terreno, sino que viene desde el cielo, porque es allí en donde habita. Viene desde el cielo a visitarnos, de un modo similar, parecido a como fue a Visitar –en el episodio conocido como “la Visitación”- a su prima Santa Isabel, aunque con diferencias. En la Visitación a Isabel, la Virgen no llegó desde el cielo; en la Visitación que nos hace Nuestra Señora de la Eucaristía, sí viene desde el cielo. En lo que se asemeja es que, al igual que en el Evangelio, cuando la Virgen visitó a su prima Santa Isabel, esta quedó llena del Espíritu Santo y además le causó tanta alegría a su hijo -no nacido aún- Juan el Bautista, de la misma manera, la Llegada o Visitación de Nuestra Señora de la Eucaristía a un alma, a la vida de un bautizado, es siempre causa de alegría y gozo espiritual, porque la Virgen nos trae a su Hijo Jesús, aunque de modo distinto que a Santa Isabel: cuando visitó a Santa Isabel, el Niño aún no había nacido; cuando nos visita Nuestra Señora de la Eucaristía, nos trae al Niño ya nacido.
¿Y qué simboliza el Niño, sostenido en los brazos de la Virgen de la Eucaristía? El gesto de la Virgen al avanzar hacia el que la contempla, es el de entregar al Niño para que éste sea a su vez sostenido entre los brazos del que contempla la imagen, de la misma manera a como cuando una mamá, orgullosa de su niño, lo da a otro para que este también pueda abrazarlo, aunque sea por unos momentos.
Es decir, la Virgen de la Eucaristía sostiene el Cuerpo de su Niño entre sus brazos, y nos lo alcanza, para que nosotros lo tomemos al Niño y lo abracemos. Es una representación de la Iglesia que nos da, al igual que la Virgen, el fruto de sus entrañas, por medio del misterio de la Santa Misa: así como la Virgen de la Eucaristía nos da el Cuerpo de su Niño Jesús, así la Iglesia nos da el Cuerpo de Jesús, la Eucaristía.
En cuanto a las uvas, su significado es el siguiente: con las uvas se hace el vino y el vino en la Misa se convierte en la Sangre de Jesucristo: al darnos a su Hijo y, con Él, las uvas, la Virgen nos da su Cuerpo y su Sangre, así como la Iglesia nos da el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo en la Eucaristía.

Entonces, con el mismo amor con el que recibimos al Niño Dios que nos da la Virgen de la Eucaristía, así, con el mismo amor, debemos recibir en la Comunión al Cuerpo y la Sangre de este Niño, el Cordero de Dios, glorioso y resucitado en la Eucaristía.

martes, 29 de octubre de 2013

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía (IX)


         Meditación

         Nuestra Señora de la Eucaristía es “la Mujer revestida de sol” (Ap 12, 1) y es la Mujer revestida de sol porque el sol es el símbolo de la gracia divina y la Virgen es la Inhabitada por la Gracia Increada porque es la Inmaculada Concepción, la Concebida en gracia y sin mancha de pecado original, la Inhabitada por el Espíritu Santo desde su Concepción Purísima. Si el sol es símbolo de la gracia divina, Nuestra Señora de la Eucaristía es la Mujer revestida de sol porque Ella lleva en sí misma al Sol de justicia, Jesucristo, Luz indefectible y Lámpara de la Jerusalén celestial.
Nuestra Señora de la Eucaristía es la Mujer revestida de sol porque Ella aloja en su seno, por la Encarnación, al Sol de justicia, Jesucristo, comportándose de esta manera a modo de diamante celestial que atrapa la luz solar para luego irradiarla: así como un diamante atrapa en su seno la luz del sol y, antes de irradiarla, resplandece con esta luz, así la Virgen María recibe en su seno virginal a la Luz eterna del Padre, su Hijo Jesucristo, para luego irradiarlo al mundo como Luz eterna que proviene de la Luz eterna, Luz que derrota para siempre las tinieblas del error, del pecado y del infierno. Y así como es la Virgen, así es la Iglesia, de quien Nuestra Señora de la Eucaristía es modelo, porque la Iglesia, por la liturgia de la Santa Misa, recibe en su seno purísimo, el altar eucarístico, a la Luz eterna del Padre, Jesucristo, y la concentra, cual diamante celestial, en la Eucaristía, irradiando al mundo la Luz del Padre, Jesús en la Eucaristía. Así como Nuestra Señora de la Eucaristía se comporta, en la Encarnación y en el Nacimiento milagroso de Jesús, como un diamante, porque atrapa en su seno virginal a Jesús, Luz que procede eternamente del Padre, así la Santa Madre Iglesia, por el poder del Espíritu Santo, prolonga y renueva la Encarnación y el Nacimiento del Hijo de Dios en la consagración, comportándose en la Santa Misa cual otro diamante sobrenatural que encierra a la Luz del Padre en las apariencias del pan y del vino, Jesús en la Eucaristía.
Nuestra Señora de la Eucaristía, la Mujer revestida de sol, recibe en su seno purísimo y lleno de luz a su Hijo Jesús, que es Dios Hijo y, como tal, Invisible, para revestirlo con su carne y con su sangre, como hace toda madre con su hijo, para luego darlo a luz al mundo como Pan de Vida eterna y de esta manera anticipa y prefigura la Santa Misa, en la que la Iglesia, Esposa de Cristo, Inmaculada y Santa y también ella revestida de sol a causa de su pureza, recibe en su seno purísimo, el altar eucarístico, a Jesús, Dios Hijo, para revestirlo con las apariencias de pan y de vino y así hacerlo visible ante e mundo, para entregarlo al mundo como Pan de Vida eterna.
De esta manera, siendo Nuestra Señora de la Eucaristía la prefiguración y el anticipo, en el que está contenida la Santa Misa, por medio de la cual la Iglesia da al mundo el Pan Vivo bajado del cielo, la Hostia Inmaculada que ilumina las tinieblas del mundo y del hombre, la Virgen de la Eucaristía se contrapone así al oscurecimiento de la fe en la Eucaristía, puesto que Ella ilumina las mentes y los corazones para que los hombres puedan reconocer, en la Eucaristía, no a un simple pan bendecido en una ceremonia religiosa, sino al Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado, que está vivo y con su Cuerpo glorioso y resucitado en el Santísimo Sacramento del altar.
Nuestra Señora de la Eucaristía es la Mujer que, en el Apocalipsis, protege al Niño del ataque del Dragón: “El Dragón se detuvo delante de la Mujer (…) para devorar a su hijo en cuanto diera a luz (pero) la Mujer dio a luz a su hijo y este fue arrebatado al trono de Dios” (12, 1-5): en esta defensa que la Virgen hace de su Hijo Jesús, está representada la defensa que la Iglesia, con su Magisterio infalible, realiza frente a todas las deformaciones de la fe en la Eucaristía, porque así como en el Apocalipsis el Dragón intenta matar al Niño, así en la historia de la Iglesia las herejías intentan, con sus errores, matar la fe verdadera en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía. Pero esta defensa de la Virgen representa también la defensa contra los ataques de los paganos y satanistas que buscan, de todas las maneras posibles, profanar la Eucaristía.
Por este motivo, a sus devotos, Nuestra Señora de la Eucaristía les concede la gracia de imitarla a Ella en su condición de Diamante celestial que atrapa la Luz eterna, el Sol Jesucristo: les concede el ser, por la gracia santificante, como Ella, es decir, tener un corazón en gracia, lleno de luz y de amor, para recibir la Eucaristía, el Cuerpo sacramentado de Jesús resucitado, pero también les concede la gracia de iluminarles las mentes y los corazones con la Sabiduría y el Amor divinos, para que sus hijos fieles reconozcan a su Hijo Jesús en la Eucaristía y, reconociéndolo, lo amen y lo adoren, en el altar y en el sagrario. De esta manera, la Virgen se asegura que Jesús en la Eucaristía tenga siempre adoradores y reparadores que, con su amor y adoración, reparen permanentemente, en todo tiempo y lugar, los innumerables ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Jesús Eucaristía es continuamente ofendido.

Intención para el Día 9 de la Novena:


Nuestra Señora de la Eucaristía, concédenos recibir a tu Hijo Jesús en la Eucaristía con un corazón en gracia, lleno de la luz y del Amor divinos, y de ofrecernos como víctimas del Divino Amor y de la Divina Justicia, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Tu Hijo en la Eucaristía es continuamente ofendido.

domingo, 27 de octubre de 2013

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía (VIII)



         Meditación

         Nuestra Señora de la Eucaristía es modelo de la Iglesia, lo cual significa que lo que sucede en Ella, se da luego en la Iglesia, sobre todo en la Santa Misa: así como la Virgen concibe por obra y gracia del Espíritu Santo al Hijo de Dios en su seno purísimo, para donarlo al mundo como Pan de Vida eterna, así la Santa Madre Iglesia, por el poder del mismo Espíritu Santo, concibe al Hijo de Dios en su seno purísimo, para darlo a luz al mundo como Pan de Vida eterna; así como la Virgen ofrece a su Hijo en el Calvario, en el Santo Sacrificio de la Cruz, sacrificio por el cual Jesús salva al mundo por medio de la efusión de Sangre de su Corazón traspasado, así la Santa Madre Iglesia ofrece al Hijo de Dios en el Nuevo Monte Calvario, el altar eucarístico, quien así renueva y actualiza el Santo Sacrificio de la Cruz, para la salvación del mundo, por medio de la efusión de Sangre de su Corazón traspasado, Sangre que es recogida en el cáliz del sacerdote ministerial y dada a beber a las almas que lo reciben con fe y con amor.
         Así como la Virgen acompañó a su Hijo Jesús en la Pasión, a lo largo del Camino Real del Calvario y estuvo al pie de la Cruz, ofreciéndolo y ofreciéndose por la salvación de los hombres que Ella adoptó como hijos por mandato divino, así la Virgen acompaña a sus hijos adoptivos en el camino de la vida, conduciéndolos al Nuevo Monte Calvario, la Santa Misa, y permanece al pie de la Cruz del altar, ofreciéndose a sí misma y ofreciéndolos a sus hijos adoptivos como víctimas unidas a la Víctima Inocente, Cristo Jesús, el Cordero de Dios, para la salvación de las almas.
         Por todo esto, Nuestra Señora de la Eucaristía es modelo de la Iglesia y todo lo que sucede en Ella, se da luego en la Iglesia, en la Santa Misa.

         Intención para el Día 8 de la Novena:


         Nuestra Señora de la Eucaristía, intercede por nosotros para que veamos en Ti y en el don que nos haces de tu Hijo Jesús, a la Santa Madre Iglesia que, en la Santa Misa, nos ofrece al Hijo de Dios en la Eucaristía.

sábado, 26 de octubre de 2013

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía (VII)


         Meditación
         Nuestra Señora de la Eucaristía es María, la Madre de Jesús de Nazareth; cuando se contempla la imagen, se tiene la idea de una grácil y frágil mujer joven que lleva, orgullosa, en sus brazos, a su niño; ambos están buscando ya sea un lugar fresco en la casa, para deleitarse con las uvas que acaban de cortar de la vid de su patio, o bien están ofreciendo, al interlocutor que se les acerca, estas uvas, para compartirlas con él. Esto es lo que nos dice la imagen, vista con los ojos del cuerpo, que no ven más allá de lo que aparece y que, para las cosas de Dios y sus misterios, son ciegos completamente.
         Pero vista con los ojos de la Fe, la imagen nos dice algo mucho más misterioso e incomprensiblemente más profundo: Nuestra Señora de la Eucaristía es la Celestial Capitana que se enfrenta al Dragón Rojo y la bestia negra, la masonería, el ejército dirigido por Satanás; ejército que cuenta con innumerables soldados a su servicio, todos activos y puestos a trabajar a las órdenes del ángel caído, quien tiene un objetivo bien preciso: desterrar del corazón del hombre el amor y el conocimiento del único Dios verdadero, Dios Uno y Trino, para iniciar a la humanidad entera en el ocultismo y lograr así la consagración luciferina de toda la humanidad; ejército que se muestra sumamente activo a lo largo y ancho del mundo, captando cada vez más adeptos a través de la secta luciferina llamada “Nueva Era”, “Conspiración de Acuario”, o “New Age”; ejército que está logrando su cometido, porque está llevando un número cada vez más grande de almas a los abismos del infierno; ejército que trabaja activamente y con mucha eficacia, para sembrar el error y profanar todo lo sagrado, lo bueno, lo justo, conduciendo a la apostasía y al error.
         Nuestra Señora de la Eucaristía es la Celestial Capitana del Ejército de Dios, formado por los ángeles y los santos del cielo y por los hombres que reconociéndose pecadores, desean combatir contra el pecado en sus almas y en el mundo, para vivir la vida de la gracia.
         Las armas que nos da esta Celestial Capitana son armas que vuelven invencibles a quienes las manejen, y les conceden un triunfo rotundo y seguro; son armas que permiten detectar las insidias de Satanás y alejar al Ángel caído de la propia vida y de la vida de los seres queridos: la Cruz de su Hijo Jesús, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, la Eucaristía; el Santo Rosario; la confesión sacramental frecuente; los sacramentales, como el agua bendita y el Santo Escapulario, sea el del Carmen o el Verde; la bondad del corazón y la santidad de vida, que viene solo y únicamente por la gracia de Jesús comunicada por los sacramentos, la fe y la oración, y las obras de misericordia corporales y espirituales, como expresión práctica de esta bondad y santidad.
         Nuestra Señora de la Eucaristía, al igual que a los sirvientes en las Bodas de Caná, que siguiendo las órdenes de Jesús llenaron las tinajas vacías con agua, para que Jesús convirtiera el agua en vino, nos dice: “Haced lo que Él os diga”, y lo que Él dice es que usemos las armas que nos da su Madre, la Virgen. De esta manera, las tinajas vacías, los corazones nuestros y los de nuestros seres queridos, y todo el mundo, se llenarán de la gracia de Dios, como paso previo para ser llenados con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero de Dios. Y así, Dios Uno y Trino obtendrá el triunfo más rotundo, triunfo que ya está logrado en la Cruz de Jesús, y es el de ser adorado, bendecido, amado y glorificado por sus hijos, los hombres de todas las razas, de todos los tiempos.

         Intención para el Día 7 de la Novena:

         Nuestra Señora de la Eucaristía, concédenos la gracia de dar valiente testimonio público de Cristo, frente al neo-paganismo imperante, para que Cristo sea conocido y amado por todos los hombres. Amén.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía (IV)


         Meditación
         Las uvas del Niño simbolizan su Sangre derramada en la Cruz, porque ese Niño es la Vid verdadera, que de adulto habrá de dar el fruto celestial, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, luego de ser triturado en la vendimia de la Pasión. La Vid verdadera será estrujada y triturada para dar el Vino que el Padre habrá de servir en el Banquete celestial, la Santa Misa, Banquete en el que, además de Vino exquisito, de la mejor calidad –la Sangre del Cordero-, se sirve la Carne del Cordero, el Cuerpo de Jesús resucitado, y todo se acompaña con Pan Vivo bajado del cielo, cocido en el horno ardiente de caridad, el seno eterno del Padre. Acompañan a este Banquete celestial, servido por el Padre, formado por Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Carne del Cordero asada en el Fuego del Espíritu Santo, y el Pan de Vida eterna cocido en las brasas incadescentes del Amor Divino, unas hierbas amargas, las hierbas de la tribulación de la Cruz, que Dios da no a cualquiera, sino a sus elegidos, a aquellos a quienes Él ha elegido en Persona para que sean partícipes de la Gran Tribulación del Calvario.
         La Virgen nos ofrece al Niño y el Niño nos ofrece sus uvas, porque todo es así en Dios: amor, generosidad, don sin límites, comunicación de su bondad, de su dulzura, de su ternura. Nada hay en Dios que no sea don y don gratuito de máxima liberalidad, don del Amor de sus entrañas, Amor que es su esencia y que brota de su Ser trinitario perfectísimo. Pero esas uvas que nos da el Niño, como signo del Amor divino, serán convertidas en vino cuando el Niño, Vid verdadera, ya adulto, sea triturado en la vendimia de la Pasión. Cuando su Cuerpo sea estrujado y machacado por los golpes; cuando su Cuerpo sea lacerado, golpeado, magullado, molido, y abierta su piel y sus carnes por miles de heridas, la Sangre que salga de esta Vid verdadera así triturada, será el Vino de Vida eterna que el Padre servirá en la Mesa Santa, la Santa Misa, para sus hijos más queridos. Y en este ser triturada la Vid verdadera en la vendimia de la Pasión, está la respuesta de los hombres al Amor de Dios, porque si de parte de Dios todo es don gratuito de su Amor infinito, y lo que nos dona es todo lo que Él tiene, su Hijo amado en la Cruz, siendo este Amor del Padre el motor de la Pasión de parte de Dios, de parte de nosotros, los hombres, el motor de la Pasión es el mal y el pecado, porque son nuestros pecados los que muelen a la Vid verdadera, estrujándola para que dé el fruto exquisito, el Vino de la Alianza Eterna y definitiva.
         El Niño nos ofrece sus uvas, las uvas que pisadas en la Vendimia se convertirán en el Vino con el que Dios Padre nos concede su perdón y su Amor; el motor de esa vendimia, de parte nuestra, son nuestros pecados; de parte de Dios, es su Amor. Hagamos entonces el siguiente intercambio: démosle a Dios Padre nuestros pecados en la confesión sacramental, y que Él en la Misa nos dé la Sangre de su Hijo y, con su Sangre, su Amor.

Intención para el Día 4 de la Novena:

         Nuestra Señora de la Eucaristía, ruega por nosotros, para que bebamos en gracia y con Amor y devoción el Vino de la Eterna Alianza, la Sangre del Cordero, el Vino hecho con las uvas que nos convida tu Niño Jesús.

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía (III)


         Meditación
         Nuestra Señora de la Eucaristía, Pura e Inmaculada como su Hijo Jesús
Al igual que sucede con un hijo, en quien se pueden ver los rasgos de la madre, así en el Hijo de María Virgen, podemos ver los rasgos de María, que van más allá del parecido meramente físico. La Virgen es la Llena de gracia, es la Purísima, y está inhabitada por el Espíritu Santo, el Amor de Dios, y así como es la Madre, así es el Hijo: Jesús es la Gracia Increada y el Autor de toda gracia creada, porque es Dios; su Ser trinitario es Purísimo, Limpidísimo y Perfectísimo, sin la más mínima mancha de ni siquiera imperfección alguna, por pequeña que sea; Jesús es el Cordero Inocente, el Cordero sin mancha, que junto al Padre dona el Amor de Dios, el Espíritu Santo, a través de su sacrificio en Cruz.
         Jesús es parecido a su Madre –como todo hijo se parece a su madre- pero, en rigor de verdad, es María quien se parece a Jesús, porque la Virgen fue hecha por Jesús y para Jesús, a su imagen y semejanza, para que fuera, desde su creación en gracia, Tabernáculo viviente y purísimo en donde fuera custodiado el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. Nuestra Señora de la Eucaristía fue creada Pura y Santa, a imagen de su Hijo Jesús, convirtiéndose así en la Primera Custodia y el Primer Sagrario que alojó en su seno virginal al Pan de Vida eterna, Jesús, el Hijo de Dios.
Procedente desde la eternidad del seno de Amor Purísimo de Dios Padre, Jesús debía encarnarse y nacer en este mundo, pero su Encarnación y Nacimiento en el tiempo debía verificarse en un horno de Amor Purísimo y ardentísimo en un todo similar al seno de Amor Purísimo y ardentísimo en el que Él era desde toda la eternidad, para que Él, que era el Hijo de Dios, proveniente desde el seno eterno del Padre, fuera recibido con un Amor similar al del Padre y así no sintiera diferencias entre el Amor recibido en el seno eterno del Padre en la eternidad y el Amor recibido en el seno virgen de la Madre, en el tiempo. Este es el motivo que explica que la Virgen, pensada por la Trinidad desde toda la eternidad para ser Madre de Dios, haya sido creada y concebida en gracia y que toda Ella sea Pureza Inmaculada, porque su Hijo es la Pureza Inmaculada en sí misma; esto es lo que explica que la Virgen es llamada y sea “Llena de Gracia”, porque debía alojar en su seno virginal a su Hijo, que es la Gracia Increada; esto es lo que explica que la Virgen esté inhabitada, desde su Inmaculada Concepción, por el Espíritu Santo, el Amor de Dios: viviendo el Hijo en la eternidad en el Amor del Padre, debía vivir también en el tiempo, desde el primer instante de la Encarnación, en este mismo Amor, y para que el Hijo viva en el Amor del Padre fue que el Espíritu Santo hizo de María Virgen su morada virginal.
Entre la Madre y el Hijo se da un admirable intercambio: mientras Ella le proporciona de su carne y de su sangre, revistiendo al Verbo invisible del Padre para hacerlo visible y presentarlo al mundo como Niño Dios, su Hijo, que es Dios, le comunica y participa de su gracia desde el momento mismo de su Concepción Inmaculada. El parecido entre la Madre y el Hijo se da porque mientras la Virgen le proporciona de su carne, de su sangre y de nutrientes, su Hijo le comunica su Gracia, su Amor y su vida divina. Así el Niño tiene los rasgos faciales de la Madre y la Madre tiene la Pureza del Ser trinitario del Hijo. En la imagen, el Niño se parece a la Madre, pero es la Madre la que participa de la gracia de su Hijo en un grado que supera infinitamente a todos los ángeles y santos juntos. Y porque participa de la gracia de su Hijo en un grado eminente, así como es el fruto de sus entrañas, la Eucaristía -Pura, Inmaculada y Santa-, así es la Virgen: Pura, Inmaculada y Santa.
También los hijos adoptivos de la Virgen, nacidos al pie de la Cruz, están llamados a parecerse a su Madre celestial y para ello, los hijos de la Virgen deben alimentarse del Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús; para parecerse a su Madre del cielo, los hijos de la Virgen deben nutrirse del Pan de Vida eterna, la Eucaristía. Porque todo hijo se parece a su madre, así el hijo adoptivo de María, que se alimenta de la Eucaristía, debe ser como su Madre: inmaculado, puro, santo.

Intención para el Día 3 de la Novena:

Nuestra Señora de la Eucaristía, intercede por nosotros para que, uniéndonos a tu Hijo Jesús en la Eucaristía, seamos para el mundo, por medio de las obras de misericordia, reflejos vivientes de su Pureza y de su Amor.