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martes, 29 de octubre de 2019
Nuestra Señora de la Eucaristía y su don para nosotros
Cuando observamos la imagen de Nuestra Señora de la
Eucaristía, nos damos cuenta de que se trata de una imagen en movimiento, en el
sentido de que indica un movimiento de la Virgen hacia adelante, hacia el
espectador, que somos nosotros. En ese movimiento, la Virgen no solo se acerca
hacia nosotros moviendo el pie derecho hacia adelante, sino que se inclina con
su tronco también hacia adelante, configurando en su totalidad el gesto de
ofrecer lo que lleva entre sus brazos, que es su Hijo Jesús y el racimo de
uvas.
¿Por qué la Virgen quiere darnos a Jesús y al racimo de
uvas? Porque Nuestra Señora de la Eucaristía quiere darnos aquello que nos
salva, que es el Cuerpo y la Sangre de Jesús, esto es, la Eucaristía: al darnos
al Niño, nos da su Cuerpo; al darnos el racimo de uvas, nos da su Sangre, porque
con las uvas se hace el vino y el vino es el que se convierte en la Sangre de
Jesús por la consagración en la Misa. En definitiva, lo que quiere darnos
Nuestra Señora de la Eucaristía, no es sólo a su Niño, para que lo abracemos y
adoremos y no es sólo un racimo de uvas, para que nos deleitemos con ellas:
quiere darnos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Sagrada Eucaristía, para que
nuestras almas se vean colmadas con la dulzura y el deleite de la Presencia de
su Hijo en nosotros.
El don de la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, no se
queda en una mera imagen: la imagen es anticipo y figura de lo que la Iglesia
hace con nosotros: así como la Virgen lleva al Niño y las uvas y quiere darnos
a ambos, para con ellos darnos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, así la Iglesia,
en cada Santa Misa, nos da, en la realidad y no en imagen, el Cuerpo y la
Sangre de Jesús y, con su Cuerpo y su Sangre, también su Alma y Divinidad. Es decir,
el don que está prefigurado en la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, es
el don que la Madre Iglesia, que también lleva el título de Madre de la
Eucaristía, nos hace en cada comunión eucarística, porque en cada comunión
eucarística recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro
Señor Jesucristo.
Al contemplar la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía,
por lo tanto, debe encenderse en nosotros un vivo deseo de recibir lo que la
Virgen nos quiere dar: el Cuerpo del Niño y el racimo de uvas, que es aquello
que la Iglesia nos da en cada Santa Misa, el Cuerpo y la Sangre de Nuestro
Señor Jesucristo, la Sagrada Eucaristía.
miércoles, 20 de junio de 2018
La naturaleza humana es sumamente frágil, pero cuenta con una Madre celestial, la Santísima Virgen María
(Reflexión en ocasión de la Visita de Nuestra Señora de la Eucaristía a un establecimiento de Educación Secundaria)
Cuando observamos la naturaleza y hacemos una comparación
entre los distintos tipos de vida que encontramos, incluida la vida humana, nos
damos cuenta que el hombre es el ser más frágil e indefenso de todas las
especies. Mientras las especies de animales irracionales son capaces de valerse
por sí mismos al poco tiempo de haber nacido –unos cuantos días, llegando a haber
especies cuyos ejemplares se valen por sí mismos prácticamente apenas nacidos-,
el ser humano, por el contrario, necesita no solo de días o meses para valerse
por sí mismo, sino de años y de muchos años. Aunque él mismo tiene las cualidades y capacidades para ayudar a otros, siempre está necesitado de ayuda. Por otra parte, el ser
humano es un ser que puede vivir solo, pero está hecho para vivir en
comunión interpersonal con sus semejantes, por eso es un ser que vive en
sociedad. Estas capacidades suyas no quitan lo que dijimos al inicio, esto es, que el ser humano es, de entre todas las especies vivientes, el más frágil de todos. Una muestra de lo que decimos es que un simple virus, un ser viviente invisible a los ojos debido a su
pequeñísimo tamaño, puede darle muerte –es lo que sucede, por ejemplo, con el
virus del SIDA o cualquier otro virus mortal- o puede incapacitarlo de forma
permanente.
Ahora bien, el ser humano no está solo. Además de contar con sus
progenitores y con sus congéneres -necesita de sus progenitores cuando es
pequeño, necesita de sus congéneres cuando es más grande- cuenta además con una ayuda celestial, por medio de la cual puede superar con creces cualquier adversidad que pueda
presentársele en el curso de su vida mortal: además de su madre biológica, el
ser humano –el cristiano- cuenta con una Madre celestial, la Virgen, que acude
en su auxilio ante el más ligero pedido de auxilio.
Así
como una madre terrena acude prontamente en auxilio de su hijo pequeño, que en
sus intentos por aprender a caminar se cae, se golpea y llora, así, de la misma
manera, pero con más premura y con más amor, acude la Virgen en auxilio de
aquellos de sus hijos que imploran su ayuda. Los cristianos católicos debemos
tener presente, a cada instante, esta hermosa verdad: tenemos una Madre del
cielo que vela por nosotros y que solo necesita, para venir en nuestro auxilio,
que elevemos los ojos del alma hacia Ella, para que la Virgen se haga presente
en nuestras tribulaciones.
Por
otra parte, no existe absolutamente ninguna dificultad, problema, tribulación,
tentación, que no pueda ser superada con la ayuda de nuestra Madre celestial.
Para
darnos una idea de cómo es esta Madre celestial que tenemos los cristianos,
conviene rezar con frecuencia la siguiente oración de San Bernardo:
Pero además de todo este auxilio que la Virgen nos brinda,
es nada en comparación con lo que Nuestra Señora de la Eucaristía quiere darnos, más allá de una
ayuda espiritual, por grande que sea: mucho más que el auxilio en toda
tribulación, la Virgen quiere darnos a su Hijo Jesús en la Eucaristía, lo cual
supera infinitamente todo bien que seamos capaces siquiera de imaginar.
martes, 22 de mayo de 2018
Nuestra Señora de la Eucaristía trae al alma la verdadera alegría
Dice uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos,
Aristóteles, que el hombre, naturalmente, desea ser feliz. Es decir, todo
hombre, independientemente de su raza, de su edad, de su ocupación, de su
estado de vida, desde que nace, hasta que muere, desea ser feliz. El deseo de
felicidad es como un “sello” espiritual con el que nace cada hombre que viene a
este mundo. A su vez, San Agustín, citando a Aristóteles, afirma que es verdad
que todo hombre desee ser feliz, pero el problema está en que se busca la
felicidad en donde esta no se encuentra. El ser humano, enceguecido por el
pecado original, piensa que la felicidad, la alegría de su corazón, está en los
placeres del mundo, en los bienes materiales, en el dinero, en la fama, en el
poder, y por eso dedica su vida a obtener esto que él considera que es lo que
lo hará feliz. Sin embargo, nada de estas cosas mundanas puede darnos la
felicidad. El hombre puede tener todo el dinero, toda la fama, todo el poder,
pero jamás será feliz, porque todo el dinero del mundo, toda la fama y todo el
poder del mundo, comparados con la sed de felicidad que tiene el hombre, es
igual a intentar rellenar un abismo con un grano de arena. El abismo es nuestra
alma y su deseo de felicidad; el grano de arena es todo el oro del mundo, toda
la fama y todo el poder y todos los placeres mundanos. Es imposible que eso nos
dé felicidad.
Si estas cosas no dan felicidad, ¿dónde encontrar la
verdadera felicidad?
Encontraremos la respuesta en el episodio de la Visitación
de la Virgen a su prima Santa Isabel. Cuando la Virgen llega, Santa Isabel y su
hijo Juan el Bautista, que está en su seno, “se llenan del Espíritu Santo” y
sus almas se colman de alegría por la presencia de la Virgen y hasta tal punto,
que el niño Juan el Bautista “salta de alegría” en el seno materno de Isabel,
cuando escucha la voz de la Virgen. Se trata de una alegría que no es causada
por las cosas del mundo, sino por la presencia de la Virgen. ¿Por qué? Porque la
Virgen, en sí misma, es la creatura más hermosa y pura que pueda existir y su
sola presencia llena de alegría al alma, pero con la Visita de la Virgen se
agregan otras dos causas de la verdadera alegría: con la Virgen viene Jesús –que
para nosotros, los católicos, está en la Eucaristía- y Jesús, que es Dios,
sopla el Espíritu Santo sobre el alma de los que lo reciben en la Eucaristía,
comulgando en gracia, con fe y con amor.
Una
vez que está Jesús Eucaristía en el alma, con su Presencia Él sacia por
completo la sed de felicidad, de amor, de paz, que tiene el alma, una sed que
solo puede ser llenada con Dios, que es “Alegría infinita”, como dice Santa
Teresa de los Andes, además de ser el Amor y la Paz en sí mismos. Con Jesús
Eucaristía, ese abismo de deseo de felicidad que es nuestra alma queda
extra-colmado y saciado y ya no desea ninguna otra cosa más en el mundo.
Como Santa Isabel y Juan el Bautista, recibamos a la Virgen,
Nuestra Señora de la Eucaristía, no solo exteriormente, sino ante todo
interiormente; abrámosle las puertas de nuestros corazones y dejemos que
ingrese la Virgen y Ella traerá a nuestras vidas a Jesús Eucaristía y con Jesús
Eucaristía vendrá el Espíritu Santo, que colmará nuestros corazones con la Verdadera
Alegría.
jueves, 10 de mayo de 2018
La Visita de Nuestra Señora de la Eucaristía
En el Evangelio se relata que la Virgen, estando encinta por
obra del Espíritu Santo –en su concepción no hubo intervención humana, puesto que
fue obra del Espíritu Santo-, y con un período gestacional de tres meses aproximadamente,
al enterarse de que su prima Santa Isabel también estaba encinta, decidió
emprender un largo y peligroso viaje para asistirla en el momento del parto.
De esta manera, la Virgen nos enseña y da ejemplo de cómo
obrar misericordiosamente con los más necesitados, olvidándonos de nosotros. Debemos
comprender que Ella era una mujer joven, encinta, que también estaba pasando
por un momento de necesidad, que el viaje que emprendía era peligroso porque
estaban a merced de los asaltantes del camino y sin embargo, la Virgen no pensó
en Ella, sino en su prima y así nos enseña cómo debemos obrar en cuanto
cristianos.
Pero en la escena de la Visitación de la Virgen hay otros
elementos de mucho provecho para nuestra vida espiritual y que no se limitan al
ejemplo de bondad de la Virgen.
Estos elementos son todos de origen sobrenatural y nos
demuestran cómo la Visitación de la Virgen trae aparejada la Visitación también
de su Hijo Jesús y del Espíritu Santo.
En efecto, cuando la Virgen llega, tanto Santa Isabel como
su hijo, Juan el Bautista, aun en su vientre, experimentan la Presencia del
Espíritu Santo: Santa Isabel queda “llena de Espíritu Santo” y saluda a la
Virgen no con el saludo que correspondería a un pariente –eran primas- sino que
la llama “Madre de mi Señor”, “Madre de mi Dios” o “Madre de Dios” y exulta de
alegría ante la llegada de la Virgen: tanto el saludo como la alegría, ambos
sobrenaturales, se deben a la acción del Espíritu Santo. Pero no solo Santa
Isabel exulta de gozo y se llena del Espíritu Santo ante la Presencia de la
Virgen, también Juan el Bautista “salta de gozo”, literalmente, en el seno de
Santa Isabel, al oír que la Virgen llegaba: “y en cuanto oyó Isabel el saludo
de María, saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1, 39-45).
Con la Visitación de la Virgen, tanto Santa Isabel como Juan
el Bautista “saltan de alegría” por la llegada de la Madre de Dios, porque con
Ella llegan el Hijo de Dios, Jesucristo, y el Espíritu Santo.
Recibamos a Nuestra Señora de la Eucaristía que viene a
visitarnos en nuestra escuela, pero sobre todo la recibamos en esa casa
interior, personal, íntima, secreta, que es nuestro corazón y nuestra alma y alegrémonos,
porque con la Llegada de la Virgen, llegarán también Jesucristo y el Espíritu
Santo a nuestras vidas.
jueves, 28 de septiembre de 2017
Nuestra Señora de la Eucaristía nos da su amor maternal
Cuando contemplamos la imagen de Nuestra Señora de la
Eucaristía, que lleva en sus brazos al Niño Dios, nos recuerda a esas madres
que, orgullosas de sus hijos, los llevan en brazos con todo amor, estrechándolos
contra sus corazones, como queriéndoles infundir el amor que por ellos sienten.
La Virgen de la Eucaristía ama tanto a Jesús, que lo lleva
en brazos, y aunque Él es Dios, como es Niño, necesita protección y la Virgen,
como Madre amorosísima que es, lo lleva en brazos y lo protege de quien quiera
hacerle daño. Pero también, como dijimos, lo estrecha contra su pecho, como
queriendo fundirlo con su Corazón Inmaculado, para que el Niño, por así
decirlo, se alimente del amor del Corazón de la Virgen y, si fuera posible,
viva dentro de su Inmaculado Corazón.
Lo mismo quiere hacer la Virgen con todos y cada uno de
nosotros: así como lo lleva al Niño Dios en sus brazos, y así como lo estrecha
contra su Corazón Inmaculado, así quiere la Virgen llevarnos en sus brazos y
estrecharnos contra su Corazón, para que experimentemos su amor de Madre
celestial.
Esto está muy bien, y es algo hermosísimo, pero algunos
dirán: “¿Y qué pasa conmigo, que ya soy grande? La Virgen no me puede llevar en
sus brazos”. A esto respondemos con las palabras de Jesús: “Lo que es imposible
para los hombres, es posible para Dios”. Si ya hemos crecido y hemos aumentado
de estatura, es verdad que la Virgen no nos puede llevar en sus brazos, pero
hay un modo en el que sí puede llevarnos entre sus brazos, sin importar la edad,
y es llevándonos espiritualmente. Sin embargo, para que la Virgen nos pueda
llevar espiritualmente entre sus brazos, necesitamos “ser niños”, como nos pide
Jesús: “Quien no sea como niño, no entrará en el Reino de los cielos” (Mt 18,
3). “Ser como niños” quiere decir que, aunque seamos grandes, podemos tener la
inocencia y la pureza de cuerpo y alma que tiene un niño recién nacido, y esto
lo conseguimos por la gracia que se nos da en los sacramentos, ante todo, la
Confesión sacramental y la Eucaristía. Por la gracia, podemos ser
espiritualmente como niños, porque la gracia nos hace participar de la pureza y
de la inocencia del Niño Dios. Por la gracia, somos como el Niño Dios, y ahí sí
que la Virgen puede llevarnos espiritualmente entre sus brazos, y estrecharnos
contra su Inmaculado Corazón, para hacernos sentir su amor maternal. Con Jesús
y María, nada debemos temer, absolutamente nada.
jueves, 3 de agosto de 2017
Nuestra Señora de la Eucaristía quiere que recibamos a su Hijo por la Comunión Eucarística
Dicen los santos que cuando un alma se acerca a María,
recibe a Jesús, y esto es lo que sucede también con la Virgen de la Eucaristía:
quien se acerca a la Virgen de la Eucaristía, recibe a Jesús, pero lo recibe de
una manera particular: espiritualmente, porque la Virgen da a su Hijo a todo
aquel que se acerca a Él con un corazón contrito y humillado, y
sacramentalmente, porque en el caso de la advocación de Nuestra Señora de la
Eucaristía, la Virgen lo que desea es que el alma reciba a su Hijo, además de
un modo espiritual, en la Eucaristía, es decir, sacramentalmente, por medio de
la comunión eucarística.
Ahora bien, con la Virgen sucede lo que sucede con una madre
que tiene en sus brazos a su hijo amado, y lo quiere compartir un rato con
alguien a quien ama: así como no se puede tomar al niño con manos llenas de
barro, porque el niño se ensuciaría, así también el alma no puede recibir a
Jesús Eucaristía, manchada con esa mancha espiritual que es el pecado. Por eso
mismo, es necesaria la Confesión Sacramental, para limpiar el alma y dejarla
resplandeciente, con el brillo mismo y el perfume de la gracia de Dios, para
que Jesús Eucaristía pueda entrar en nuestros corazones y concedernos todas las
gracias que desea darnos, además del Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.
“Quien se acerca a María, recibe a Jesús”, dicen los santos.
Quien se acerca a Nuestra Señora de la Eucaristía, recibe la gracia de amar la
Confesión Sacramental, para tener un alma limpia y así poder recibir a Aquel
que es más grande que los cielos eternos, el Dios del sagrario, Jesús
Eucaristía. Y una vez con Jesús en el corazón, el alma recibe todo tipo de
gracias, la principal de todas, el desear no apartarse nunca de la comunión
eucarística, por medio de la cual recibe al Rey de los cielos, Nuestro Señor
Jesucristo.
miércoles, 28 de junio de 2017
Para la Virgen, su Hijo Jesús era lo que más amaba y todo lo que tenía en la vida
(Homilía para niños de Primaria)
Desde que el Arcángel Gabriel le dijo a la Virgen que Dios
Padre la había elegido para que sea la Mamá de Dios Hijo, para la Virgen no
hubo nada en el mundo que amara, sino a su Hijo Jesús y si amaba algo que no
fuera Jesús, lo amaba para Él y por Él. La Virgen siempre estaba pensando en
Jesús, en cómo cuando Él, cuando fuera grande, iba a entregar su Cuerpo en la
Cruz y derramar su Sangre por sus heridas, para salvar a todos los hombres. Cuando
Jesús estaba en su panza, y era más chiquitito que una cabeza de alfiler, la
Virgen le cantaba canciones para niños y soñaba con el día en el que lo iba a
abrazar. Mientras tanto, y como hace toda mamá con su hijo en la panza, lo
alimentaba en el interior de la panza, para que Jesús fuera creciendo y, de una
célula pequeñita, se fuera haciendo un bebé cada vez más grande. Y cuando nació
milagrosamente en Belén, la Virgen lo envolvió en pañales y le dio el calor de
su Corazón Purísimo, y después, cuando Jesús iba creciendo, en todo momento, la
Virgen estaba siempre pendiente de su Hijo Jesús, y cuando no lo veía, siempre
pensaba en Él y lo amaba con todo el amor de su Corazón. Cuando Jesús ya fue
grande y se fue a predicar, también la Virgen lo acompañaba con su oración, y
cuando lo crucificaron, fue la única que se quedó todo el tiempo, al lado de la
cruz, ofreciéndolo al Padre para nuestra salvación, aun cuando eso quería decir
que Ella se moría en vida, porque Jesús era la vida de su Corazón. Y cuando
Jesús murió, la Virgen lo recibió cuando lo bajaron de la cruz, y lavó sus
heridas, la tierra, y la sangre que las cubrían, con sus lágrimas, porque era
tanto el llanto de la Virgen, que con sus lágrimas lavó todo el Rostro de
Jesús. Y cuando a Jesús lo sepultaron, la Virgen estuvo haciendo duelo el
Viernes y el Sábado, esperando la Resurrección, y se alegró mucho cuando Jesús
resucitó, porque fue la primera a la que se le apareció. Desde que Jesús estuvo
en su panza, después que el ángel le anunció que iba a ser Madre de Dios, y
durante toda la vida de Jesús, hasta su muerte en cruz y resurrección, la
Virgen tuvo un solo pensamiento: Jesús, y un solo amor: Jesús. Es por esto que, a cada segundo, y en cada respiro, la Virgen repetía una sola frase: "Jesús, te amo".
Al igual que la Virgen de la Eucaristía, que también
nosotros tengamos un solo pensamiento en nuestra vida: Jesús Eucaristía, y también
un solo amor en el corazón: Jesús Eucaristía, y junto con la Virgen, digamos siempre: "Jesús Eucaristía, te amo".
jueves, 8 de junio de 2017
Cuál es el deseo más profundo de Nuestra Señora de la Eucaristía
La mayoría de las veces, nos acercamos a la Virgen para
pedirle favores, como por ejemplo, salud, trabajo, paz en la familia. Algunas,
pocas veces, nos acercamos para agradecerle por algún favor recibido. Pero
pocas o casi ninguna vez nos acercamos para recibir lo que la Virgen quiere
darnos. La Virgen quiere concedernos las gracias que le pedimos, si son
necesarias para nuestra eterna salvación, pero ante todo, el deseo más profundo
de su Inmaculado Corazón es el de darnos algo que va más allá de cualquier
gracia que seamos capaces siquiera de concebir. La Virgen quiere darnos algo
que es infinitamente más grande que cualquier gracia que podamos pedirle; es
algo infinitamente más valioso que el universo entero, comprendidas su creación
visible y la invisible, los ángeles. La Virgen quiere darnos algo tan, pero tan
inmensamente grande, maravilloso y hermoso, que si pudiéramos contemplarlo con
los ojos del cuerpo, moriríamos en el acto de amor y de alegría. La Virgen
quiere que, al acercarnos a Ella, no solo le pidamos por lo que necesitamos,
sino que le pidamos aquello que Ella tiene para ofrecernos y desea, con todo el
amor de su Inmaculado Corazón, que lo recibamos.
¿Qué es lo que la Virgen quiere darnos y que supera todo lo
que podemos pensar o imaginar? ¿Qué es eso tan valioso que la Virgen quiere
darnos, y que vale más que el universo, los ángeles y todos los cielos eternos
juntos? Para saberlo, contemplemos la imagen de Nuestra Señora de la
Eucaristía: la Virgen se acerca a quien la contempla y se inclina ligeramente
hacia adelante, para darle, a quien se le acerca, a su Niño Jesús. Y el Niño
quiere convidarnos uvas, que simbolizan su Sangre, porque con las uvas se hace
el vino y el vino, en la Misa, se convierte en su Sangre. El deseo más profundo
de la Virgen de la Eucaristía, es que recibamos, con el corazón lleno de fe y
de amor, a su Niño Jesús, en nuestros corazones, para que el Niño Jesús nos
convide con la dulzura de las uvas transformadas en el Vino de la Nueva
Alianza, la Sangre de su Corazón, que contiene el Amor de Dios, el Espíritu
Santo.
Ahora
bien, todo esto, que Nuestra Señora de la Eucaristía quiere darnos
espiritualmente, eso mismo nos lo da la Santa Madre Iglesia, de quien la Virgen
es Madre y Modelo, sacramentalmente: así como la Virgen quiere darnos a su Hijo
Jesús, para que recibamos su Cuerpo y las uvas que trae entre sus brazos, así
la Santa Madre Iglesia quiere, por medio de la Transubstanciación obrada en la
Misa, darnos el Cuerpo de Jesús, resucitado y glorificado en la Eucaristía, y
su Sangre, que es el Vino de la Eterna y Nueva Alianza. No nos acerquemos a la
Virgen solo para pedirle favores y gracias, ni tampoco solo para agradecerle
por los favores y gracias que ya hayamos recibido. Se cuenta de un devoto de la
Virgen, que vencido por las tentaciones, le dijo a la Virgen: “Señora, ¿por qué
no me ayudaste lo suficiente?”. Y escuchó una voz que le dijo: “¿Y tú, por qué
no me invocaste lo suficiente?”. De la misma manera, la Virgen nos podría
decir: “¿Por qué no pides que te dé el regalo más grande que deseo darte?”. A partir
de entonces, comenzó a invocar con más frecuencia a la Madre de Dios y en poco
tiempo se convirtió, para luego morir como un santo[1]. Acerquémonos
para recibir Aquél a quien la Virgen quiere darnos, y es su Hijo Jesús en la
Eucaristía. Y así podremos satisfacer el deseo más profundo del Inmaculado
Corazón de María.
[1] Cfr. Eliécer Sálesman, Ejemplos
Marianos. 234 Casos históricos interesantes, Editorial San Pablo, Ecuador
2006, 204.
jueves, 1 de junio de 2017
Quién es el Niño que nos trae la Virgen de la Eucaristía
El Niño que nos trae Nuestra Señora de la Eucaristía entre
sus brazos, tiene unos dos o tres años. Como todo niño, comenzó su existencia
terrena en el útero de María, como un cigoto, es decir, como una célula
fecundada, tal como sucede en los embarazos humanos. Sin embargo, la
particularidad de su concepción, es que los cromosomas y genes pertenecientes
al padre, no fueron aportados por hombre alguno, sino que fueron creados de la
nada, por la omnipotencia divina, para poder así completar su carga genética. La
razón es que el Niño que nos trae la Virgen, no es como un niño humano más,
sino que es Dios Hijo encarnado, esto es, unido personalmente –hipostáticamente-
a una naturaleza humana.
Esto significa que el Niño tiene dos naturalezas, una
divina, que le pertenece por ser el Hijo de Dios, es decir, la Segunda Persona
de la Trinidad, y una humana, por haber sido creada esta naturaleza en el
momento de su concepción, sin que ninguna de ambas naturalezas esté mezclada
con la otra, ni se confundan la una con la otra. Desde el momento de la
concepción, el Niño tenía conciencia de ser Él Dios Hijo, y esa es la razón por
la que se lo llama “Niño Dios”, porque es Dios Hijo que se une a una naturaleza
humana y viene a nosotros como un Niño, sin dejar de ser Dios.
En la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, el Niño,
como dijimos, tiene unos dos o tres años, y esto significa dos cosas: por un
lado, que si Dios viene como un cigoto, como un embrión, como un niño pequeño,
es para que no tengamos excusas en acercarnos a Él, ya que no viene en el
esplendor de su gloria, sino, precisamente, como un Niño pequeño, y nadie tiene
temor de acercarse a un niño pequeño. El otro significado tiene relación con la
Virgen: como Madre de Dios, la Virgen sostiene entre sus brazos a Dios hecho
Niño, lo cual significa que sus brazos son fuertes, tan fuertes como para
sostener y estrechar, contra su Corazón a un Dios. Y si la Virgen hace esto con
el Niño Dios, también lo hará con nosotros, que somos sus hijos adoptivos y
que, para entrar en el Reino de los cielos, debemos ser “como niños”, con la
inocencia y la pureza de la niñez, que solo la obtenemos por la gracia
santificante. Entonces, tenemos que pedirle a la Virgen de la Eucaristía la
gracia de querer ser como niños espiritualmente –lo cual no significa ser
infantiles-, para que Ella nos lleve entre sus brazos, nos estreche contra su
Inmaculado Corazón, y nos conduzca al Reino de Dios. Y para ser como niños espiritualmente, tenemos que recibir la gracia y la gracia la recibimos por los Sacramentos, principalmente la Confesión sacramental y la Eucaristía.
Nuestra Señora de la Eucaristía nos enseña que, así como un
niño pequeño, que acaba de golpearse y a causa del golpe comienza a llorar y a
buscar el consuelo de su madre, así también debemos hacer nosotros, cuando nos
suceda alguna tribulación: acudir, como niños pequeños, a los brazos de Nuestra
Madre del cielo y Ella, con todo su amor materno, nos llevará entre sus brazos,
nos estrechará contra su Inmaculado Corazón y nos hará conocer a su Hijo, el
Niño Dios, que trae uvas en sus pequeñas manos. Nuestra Señora de la Eucaristía nos trae a Dios, que viene como un Niño que nos convida uvas, para que sepamos que Dios nos ama y que siempre podemos y debemos confiar en Él.
jueves, 4 de mayo de 2017
Los milagros que hace Nuestra Señora de la Eucaristía
Cuando nosotros presentamos nuestras intenciones a la Virgen, ¿de qué manera responde la Madre de Jesús a nuestros pedidos? ¿Qué milagros hace Nuestra Señora de la Eucaristía? ¿Puede hacer
milagros? Para saberlo, veamos qué dice el Evangelio de la Virgen en las Bodas
de Caná: allí, se les termina el vino a los novios, entonces la Virgen, dándose
cuenta de esto, le avisa a Jesús: “Hijo, no tienen más vino”, con el propósito
de que Jesús interviniera e hiciera algo en favor de los novios, que eran
amigos suyos. Pero Jesús no quería hacer ningún milagro, porque no había
llegado la Hora autorizada por el Padre para que Él hiciera milagros en
público. Hasta entonces, Jesús había hecho muchos milagros, pero en secreto, no
en público. Por eso Jesús le dice a su Mamá: “Mujer, ¿a ti y a Mí qué?”, como
si le dijera: “Mamá, si se les terminó el vino es problema de ellos, no nos
incumbe, ni a ti ni a Mí. Todavía no llegó mi hora”. Pero Jesús no le puede
negar nada a su Madre, y por eso es que, a renglón seguido, el Evangelio cita a
la Virgen, diciendo: “Hagan lo que Él les diga”. Jesús les hace traer las
tinajas de piedra, les dice que las llenen de agua y hace el milagro y
convierte el agua en vino y vino del mejor, tanto que el maestresala felicita a
los novios por la calidad del vino: “Has reservado el mejor vino para lo último”.
El primer milagro público de Jesús está precedido por la
intercesión de la Virgen ante Jesús, que logra que Jesús haga el milagro,
cuando aún no había llegado la Hora autorizada por el Padre para que Él
manifestara su Amor por medio de sus milagros. Es decir, la Virgen intercede
ante Jesús y, por medio de Jesús, ante Dios Padre y Dios Espíritu Santo, y
logra que Jesús haga un milagro, aún cuando no quería hacerlo. Ese milagro de
Caná, anticipa el milagro de la Misa, en donde Jesús no convierte agua en vino,
sino que convierte el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Como es un
milagro que anticipa la Eucaristía, ya desde ese entonces, la Virgen se llama “Nuestra
Señora de la Eucaristía”.
De la misma manera, así como la Virgen obró a favor de los
novios, así Nuestra Señora de la Eucaristía obrará milagros insospechados en
nuestras vidas, si nosotros nos encomendamos a Ella y le pedimos su
intercesión, porque aunque Jesús no quiera concedernos un milagro, Ella obtiene
de su Hijo todo lo que le pide para nosotros, si eso es conveniente para
nuestra salvación, y es por eso que debemos encomendarnos a Ella y pedirle las gracias que necesitemos para nuestras vidas. Pero el milagro principal que hará la Virgen de la Eucaristía en nuestras vidas, será Eucarístico, porque hará que nuestros corazones amen a su Hijo, Jesús Eucaristía, más que a cualquier cosa en el mundo.
jueves, 27 de abril de 2017
Qué sucede cuando nos visita Nuestra Señora de la Eucaristía
¿Qué sucede cuando nos visita Nuestra Señora de la
Eucaristía? Para saberlo, recordemos qué sucedió en la Visitación de la Virgen
a su prima Santa Isabel, según lo relata el Evangelio (cfr. Lc 1, 39-45). Como sabemos, tanto Isabel
como la Virgen, que eran primas, estaban encintas, aunque la Virgen lo era por
obra del Espíritu Santo, y no por obra de hombre. La Virgen, a pesar de estar
embarazada, emprendió un largo viaje hacia el hogar de Santa Isabel, para
asistir a su prima, que ya era anciana. En esta Visita, la Virgen fue la causa
de la alegría, tanto de Santa Isabel, como de Juan el Bautista, que estaba en
el vientre de Santa Isabel, y la razón de la alegría de ambos, fue la Presencia
de Jesús, que venía con María. El Evangelio dice que cuando Santa Isabel vio a
la Virgen, exclamó, “llena del Espíritu Santo”: “¿Quién soy yo, para que la
Madre de mi Señor venga a visitarme?”. Es decir, Santa Isabel no la saluda con
un simple saludo, como sucede entre parientes, y eso a pesar de que era su
prima: la saluda como “Madre de mi Señor”, que es igual a decir: “Madre de Dios”,
y esto lo hace porque está iluminada por el Espíritu Santo. Y cuando Juan el
Bautista escuchó que venía la Virgen, “saltó de alegría” en el seno de su
madre, Santa Isabel, y esto porque era también el Espíritu Santo el que,
enviado por Jesús, le hacía saber que Él era el Hijo de Dios y que venía con la
Virgen.
Es decir, la Visita de María trae siempre a Jesús, que es
Dios, y con Jesús, viene el Espíritu Santo, y esta es la razón de la alegría
que experimentan Santa Isabel y San Juan Bautista cuando la Virgen los visita.
Esto mismo sucede cuando Nuestra Señora de la Eucaristía nos
visita: así como la visitó a Santa Isabel, con su Hijo en su seno virginal, así
nos visita con su Hijo Jesús en brazos, pero para con nosotros, demuestra un
amor todavía más grande que para con su prima, porque a Santa Isabel no le dio
el Cuerpo de su Hijo para comulgar, en cambio a nosotros, la Virgen nos trae a
su Hijo Jesús, Presente en la Eucaristía, para que lo recibamos con el corazón
abierto, de par en par, en estado de gracia, para que Jesús nos dé todo el Amor
de su Sagrado Corazón, y para que nosotros, a cambio, le demos también todo el
amor del que seamos capaces.
Nuestra Señora de la Eucaristía nos visita para que, una vez
purificados nuestros corazones por la gracia del Sacramento de la Penitencia,
recibamos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su Hijo Jesús,
Presente en la Eucaristía, para que Jesús nos transmita su paz y su alegría,
que son la Paz y la Alegría de Dios.
jueves, 20 de abril de 2017
El don de Nuestra Señora de la Eucaristía
Cuando contemplamos la imagen de Nuestra Señora de la
Eucaristía, observamos que se encuentra de pie y en posición de avanzar, dando
un paso hacia adelante, con su rostro dirigido hacia quien la está
contemplando. La Virgen también está ligeramente inclinada hacia adelante, y
lleva entre sus brazos a su Hijo Jesús, quien a su vez lleva un racimo de uvas.
¿Qué
nos dice esta imagen?
Por un lado, la Virgen se dirige hacia nosotros, que la
contemplamos; no está solamente erguida, sino que está en actitud de caminar
hacia adelante y puesto que se inclina ligeramente, parece querer indicarnos
que quiere que recibamos a su Hijo Jesús, que lleva sus uvas con Él. Es como el
clásico gesto de una madre amorosa, que ama a su hijo, que sabe que su hijo es
un niño bueno y quiere compartirlo con los demás, entregándolo para que estos a
su vez lo abracen y puedan recibir el cariño del niño. Es esta la actitud de la
Virgen, pero la Virgen no es una madre más entre tantas, sino que es la Madre
de Dios, y su Hijo no es un niño más entre tantos, sino el Niño Dios, Dios Hijo
que, tomando Cuerpo y Alma humanos, vive con su divinidad en la humanidad del
Hijo de María Virgen.
Esto quiere decir que, en el gesto de la Virgen, debemos
ver, por un lado, el deseo de la Virgen de que nosotros recibamos a su Hijo,
que es Dios, por la fe y por el amor, en nuestros corazones. La Virgen nos da a
su Hijo, que es Dios Niño, para que sepamos que nada debemos temer de Dios,
porque si Dios se ha hecho Niño y se nos dona a través del amor de su Madre, es
para que no tengamos ni miedo ni recelo en acercarnos, porque sucede lo mismo
que con una madre y su hijo pequeño: así como nadie tiene miedo ni recelo a un
niño pequeño, así tampoco los cristianos debemos tener miedo ni recelo en abrir
nuestros corazones y nuestras almas a Dios hecho Niño. Esto es para que sepamos
que no solo debemos y podemos acudir a Dios, como si fuera un Niño, porque Dios
se ha hecho Niño, cuando necesitamos algo, sino, ante todo, es para que sepamos
que podemos contar con el Amor de Dios, que si Dios se ha hecho Niño, sin dejar
de ser Dios, no es para otra cosa que para darnos su Amor. Pero también hay
otro significado en la imagen de la Virgen: Ella es Madre y Modelo de la
Iglesia, por lo que representa a la Iglesia, y así como Ella nos da el Cuerpo
de su Hijo Jesús, que lleva las uvas con las que se hace el vino, así la Madre
Iglesia nos da al Hijo de María Virgen, el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía, y
nos da el Vino que se hace con la Vid verdadera triturada en la Pasión, la
Sangre de Jesús. Al entregarnos el
Cuerpo y también la Sangre de su Hijo, simbolizada en las uvas, la Virgen nos
invita a que nos acerquemos a la Iglesia para que recibamos el Cuerpo y la
Sangre de Jesús, la Eucaristía. Y, del mismo modo a como el Niño, al recibir su
Cuerpo, nos da su Amor cuando lo tenemos entre nuestros brazos, así también,
cuando recibimos el Cuerpo de Cristo en la boca, por la Comunión Eucarística,
recibimos el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, el Espíritu Santo.
viernes, 28 de octubre de 2016
Significado de la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía
¿Qué significado tiene la imagen de la Virgen de la
Eucaristía?
Para
saberlo, analicémosla a la luz de la fe.
La
Virgen está de pie, pero no detenida, sino en gesto de avanzar, de ir hacia
quien la contempla; sostiene en sus brazos al Niño Dios, vestido con una
pequeña túnica, símbolo de su inocencia. El Niño Dios, a su vez, sostiene,
ayudado por su Madre, un racimo de uvas.
Por
parte de la Virgen, el gesto de avanzar, de caminar y desplazarse hacia
adelante, significa viene hacia nosotros, pero no es un encuentro al estilo
terrenal: la Virgen, que viene a visitarnos, viene desde lo alto, desde el cielo
en donde habita, hacia nosotros, que vivimos en el exilio de esta vida y esta
tierra, llamada “valle de lágrimas”. Podemos decir, entonces, que la Virgen
viene hacia nosotros, pero no como quien viene desde un camino terreno, sino
que viene desde el cielo, porque es allí en donde habita. Viene desde el cielo
a visitarnos, de un modo similar, parecido a como fue a Visitar –en el episodio
conocido como “la Visitación”- a su prima Santa Isabel, aunque con diferencias.
En la Visitación a Isabel, la Virgen no llegó desde el cielo; en la Visitación
que nos hace Nuestra Señora de la Eucaristía, sí viene desde el cielo. En lo
que se asemeja es que, al igual que en el Evangelio, cuando la Virgen visitó a
su prima Santa Isabel, esta quedó llena del Espíritu Santo y además le causó
tanta alegría a su hijo -no nacido aún- Juan el Bautista, de la misma manera,
la Llegada o Visitación de Nuestra Señora de la Eucaristía a un alma, a la vida
de un bautizado, es siempre causa de alegría y gozo espiritual, porque la
Virgen nos trae a su Hijo Jesús, aunque de modo distinto que a Santa Isabel: cuando
visitó a Santa Isabel, el Niño aún no había nacido; cuando nos visita Nuestra
Señora de la Eucaristía, nos trae al Niño ya nacido.
¿Y
qué simboliza el Niño, sostenido en los brazos de la Virgen de la Eucaristía? El
gesto de la Virgen al avanzar hacia el que la contempla, es el de entregar al
Niño para que éste sea a su vez sostenido entre los brazos del que contempla la
imagen, de la misma manera a como cuando una mamá, orgullosa de su niño, lo da
a otro para que este también pueda abrazarlo, aunque sea por unos momentos.
Es
decir, la Virgen de la Eucaristía sostiene el Cuerpo de su Niño entre sus
brazos, y nos lo alcanza, para que nosotros lo tomemos al Niño y lo abracemos. Es
una representación de la Iglesia que nos da, al igual que la Virgen, el fruto
de sus entrañas, por medio del misterio de la Santa Misa: así como la Virgen de
la Eucaristía nos da el Cuerpo de su Niño Jesús, así la Iglesia nos da el
Cuerpo de Jesús, la Eucaristía.
En
cuanto a las uvas, su significado es el siguiente: con las uvas se hace el vino
y el vino en la Misa se convierte en la Sangre de Jesucristo: al darnos a su
Hijo y, con Él, las uvas, la Virgen nos da su Cuerpo y su Sangre, así como la
Iglesia nos da el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo en la Eucaristía.
Entonces,
con el mismo amor con el que recibimos al Niño Dios que nos da la Virgen de la
Eucaristía, así, con el mismo amor, debemos recibir en la Comunión al Cuerpo y
la Sangre de este Niño, el Cordero de Dios, glorioso y resucitado en la
Eucaristía.
martes, 29 de octubre de 2013
Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía (IX)
Meditación
Nuestra Señora de la Eucaristía es “la Mujer revestida de
sol” (Ap 12, 1) y es la Mujer
revestida de sol porque el sol es el símbolo de la gracia divina y la Virgen es
la Inhabitada por la Gracia Increada porque es la Inmaculada Concepción, la
Concebida en gracia y sin mancha de pecado original, la Inhabitada por el
Espíritu Santo desde su Concepción Purísima. Si el sol es símbolo de la gracia
divina, Nuestra Señora de la Eucaristía es la Mujer revestida de sol porque
Ella lleva en sí misma al Sol de justicia, Jesucristo, Luz indefectible y
Lámpara de la Jerusalén celestial.
Nuestra
Señora de la Eucaristía es la Mujer revestida de sol porque Ella aloja en su
seno, por la Encarnación, al Sol de justicia, Jesucristo, comportándose de esta
manera a modo de diamante celestial que atrapa la luz solar para luego irradiarla:
así como un diamante atrapa en su seno la luz del sol y, antes de irradiarla,
resplandece con esta luz, así la Virgen María recibe en su seno virginal a la
Luz eterna del Padre, su Hijo Jesucristo, para luego irradiarlo al mundo como
Luz eterna que proviene de la Luz eterna, Luz que derrota para siempre las
tinieblas del error, del pecado y del infierno. Y así como es la Virgen, así es
la Iglesia, de quien Nuestra Señora de la Eucaristía es modelo, porque la
Iglesia, por la liturgia de la Santa Misa, recibe en su seno purísimo, el altar
eucarístico, a la Luz eterna del Padre, Jesucristo, y la concentra, cual
diamante celestial, en la Eucaristía, irradiando al mundo la Luz del Padre,
Jesús en la Eucaristía. Así como Nuestra Señora de la Eucaristía se comporta,
en la Encarnación y en el Nacimiento milagroso de Jesús, como un diamante,
porque atrapa en su seno virginal a Jesús, Luz que procede eternamente del
Padre, así la Santa Madre Iglesia, por el poder del Espíritu Santo, prolonga y
renueva la Encarnación y el Nacimiento del Hijo de Dios en la consagración, comportándose
en la Santa Misa cual otro diamante sobrenatural que encierra a la Luz del
Padre en las apariencias del pan y del vino, Jesús en la Eucaristía.
Nuestra
Señora de la Eucaristía, la Mujer revestida de sol, recibe en su seno purísimo
y lleno de luz a su Hijo Jesús, que es Dios Hijo y, como tal, Invisible, para
revestirlo con su carne y con su sangre, como hace toda madre con su hijo, para
luego darlo a luz al mundo como Pan de Vida eterna y de esta manera anticipa y
prefigura la Santa Misa, en la que la Iglesia, Esposa de Cristo, Inmaculada y
Santa y también ella revestida de sol a causa de su pureza, recibe en su seno
purísimo, el altar eucarístico, a Jesús, Dios Hijo, para revestirlo con las
apariencias de pan y de vino y así hacerlo visible ante e mundo, para
entregarlo al mundo como Pan de Vida eterna.
De
esta manera, siendo Nuestra Señora de la Eucaristía la prefiguración y el
anticipo, en el que está contenida la Santa Misa, por medio de la cual la Iglesia
da al mundo el Pan Vivo bajado del cielo, la Hostia Inmaculada que ilumina las
tinieblas del mundo y del hombre, la Virgen de la Eucaristía se contrapone así
al oscurecimiento de la fe en la Eucaristía, puesto que Ella ilumina las mentes
y los corazones para que los hombres puedan reconocer, en la Eucaristía, no a
un simple pan bendecido en una ceremonia religiosa, sino al Hijo de Dios
encarnado, muerto y resucitado, que está vivo y con su Cuerpo glorioso y
resucitado en el Santísimo Sacramento del altar.
Nuestra
Señora de la Eucaristía es la Mujer que, en el Apocalipsis, protege al Niño del
ataque del Dragón: “El Dragón se detuvo delante de la Mujer (…) para devorar a
su hijo en cuanto diera a luz (pero) la Mujer dio a luz a su hijo y este fue
arrebatado al trono de Dios” (12, 1-5): en esta defensa que la Virgen hace de
su Hijo Jesús, está representada la defensa que la Iglesia, con su Magisterio
infalible, realiza frente a todas las deformaciones de la fe en la Eucaristía,
porque así como en el Apocalipsis el Dragón intenta matar al Niño, así en la
historia de la Iglesia las herejías intentan, con sus errores, matar la fe
verdadera en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía. Pero esta defensa de
la Virgen representa también la defensa contra los ataques de los paganos y
satanistas que buscan, de todas las maneras posibles, profanar la Eucaristía.
Por
este motivo, a sus devotos, Nuestra Señora de la Eucaristía les concede la
gracia de imitarla a Ella en su condición de Diamante celestial que atrapa la
Luz eterna, el Sol Jesucristo: les concede el ser, por la gracia santificante,
como Ella, es decir, tener un corazón en gracia, lleno de luz y de amor, para
recibir la Eucaristía, el Cuerpo sacramentado de Jesús resucitado, pero también
les concede la gracia de iluminarles las mentes y los corazones con la
Sabiduría y el Amor divinos, para que sus hijos fieles reconozcan a su Hijo
Jesús en la Eucaristía y, reconociéndolo, lo amen y lo adoren, en el altar y en
el sagrario. De esta manera, la Virgen se asegura que Jesús en la Eucaristía tenga
siempre adoradores y reparadores que, con su amor y adoración, reparen
permanentemente, en todo tiempo y lugar, los innumerables ultrajes, sacrilegios
e indiferencias, con los cuales Jesús Eucaristía es continuamente ofendido.
Intención
para el Día 9 de la Novena:
Nuestra Señora de la Eucaristía,
concédenos recibir a tu Hijo Jesús en la Eucaristía con un corazón en gracia,
lleno de la luz y del Amor divinos, y de ofrecernos como víctimas del Divino
Amor y de la Divina Justicia, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias, con los cuales Tu Hijo en la Eucaristía es continuamente
ofendido.
domingo, 27 de octubre de 2013
Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía (VIII)
Meditación
Nuestra
Señora de la Eucaristía
es modelo de la Iglesia ,
lo cual significa que lo que sucede en Ella, se da luego en la Iglesia , sobre todo en la
Santa Misa : así como la Virgen concibe por obra y
gracia del Espíritu Santo al Hijo de Dios en su seno purísimo, para donarlo al
mundo como Pan de Vida eterna, así la Santa
Madre Iglesia, por el poder del mismo Espíritu Santo, concibe
al Hijo de Dios en su seno purísimo, para darlo a luz al mundo como Pan de Vida
eterna; así como la Virgen
ofrece a su Hijo en el Calvario, en el Santo Sacrificio de la Cruz , sacrificio por el cual
Jesús salva al mundo por medio de la efusión de Sangre de su Corazón traspasado,
así la Santa Madre
Iglesia ofrece al Hijo de Dios en el Nuevo Monte Calvario, el altar
eucarístico, quien así renueva y actualiza el Santo Sacrificio de la Cruz , para la salvación del
mundo, por medio de la efusión de Sangre de su Corazón traspasado, Sangre que
es recogida en el cáliz del sacerdote ministerial y dada a beber a las almas
que lo reciben con fe y con amor.
Así como
la Virgen
acompañó a su Hijo Jesús en la
Pasión , a lo largo del Camino Real del Calvario y estuvo al
pie de la Cruz ,
ofreciéndolo y ofreciéndose por la salvación de los hombres que Ella adoptó
como hijos por mandato divino, así la
Virgen acompaña a sus hijos adoptivos en el camino de la
vida, conduciéndolos al Nuevo Monte Calvario, la
Santa Misa , y permanece al pie de la Cruz del altar, ofreciéndose
a sí misma y ofreciéndolos a sus hijos adoptivos como víctimas unidas a la Víctima Inocente , Cristo Jesús,
el Cordero de Dios, para la salvación de las almas.
Por todo
esto, Nuestra Señora de la
Eucaristía es modelo de la Iglesia y todo lo que sucede en Ella, se da luego
en la Iglesia ,
en la Santa Misa.
Intención
para el Día 8 de la Novena :
Nuestra Señora de la Eucaristía , intercede
por nosotros para que veamos en Ti y en el don que nos haces de tu Hijo Jesús,
a la Santa Madre
Iglesia que, en la Santa Misa ,
nos ofrece al Hijo de Dios en la Eucaristía.
sábado, 26 de octubre de 2013
Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía (VII)
Meditación
Nuestra Señora de la Eucaristía es María, la Madre de Jesús
de Nazareth; cuando se contempla la imagen, se tiene la idea de una grácil y
frágil mujer joven que lleva, orgullosa, en sus brazos, a su niño; ambos están
buscando ya sea un lugar fresco en la casa, para deleitarse con las uvas que
acaban de cortar de la vid de su patio, o bien están ofreciendo, al
interlocutor que se les acerca, estas uvas, para compartirlas con él. Esto es
lo que nos dice la imagen, vista con los ojos del cuerpo, que no ven más allá
de lo que aparece y que, para las cosas de Dios y sus misterios, son ciegos
completamente.
Pero vista con los ojos de la Fe, la imagen nos dice algo
mucho más misterioso e incomprensiblemente más profundo: Nuestra Señora de la
Eucaristía es la Celestial Capitana que se enfrenta al Dragón Rojo y la bestia
negra, la masonería, el ejército dirigido por Satanás; ejército que cuenta con innumerables
soldados a su servicio, todos activos y puestos a trabajar a las órdenes del
ángel caído, quien tiene un objetivo bien preciso: desterrar del corazón del
hombre el amor y el conocimiento del único Dios verdadero, Dios Uno y Trino,
para iniciar a la humanidad entera en el ocultismo y lograr así la consagración
luciferina de toda la humanidad; ejército que se muestra sumamente activo a lo
largo y ancho del mundo, captando cada vez más adeptos a través de la secta
luciferina llamada “Nueva Era”, “Conspiración de Acuario”, o “New Age”;
ejército que está logrando su cometido, porque está llevando un número cada vez
más grande de almas a los abismos del infierno; ejército que trabaja
activamente y con mucha eficacia, para sembrar el error y profanar todo lo sagrado,
lo bueno, lo justo, conduciendo a la apostasía y al error.
Nuestra Señora de la Eucaristía es la Celestial Capitana del
Ejército de Dios, formado por los ángeles y los santos del cielo y por los
hombres que reconociéndose pecadores, desean combatir contra el pecado en sus
almas y en el mundo, para vivir la vida de la gracia.
Las armas que nos da esta Celestial Capitana son armas que
vuelven invencibles a quienes las manejen, y les conceden un triunfo rotundo y
seguro; son armas que permiten detectar las insidias de Satanás y alejar al
Ángel caído de la propia vida y de la vida de los seres queridos: la Cruz de su
Hijo Jesús, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, la Eucaristía; el
Santo Rosario; la confesión sacramental frecuente; los sacramentales, como el
agua bendita y el Santo Escapulario, sea el del Carmen o el Verde; la bondad
del corazón y la santidad de vida, que viene solo y únicamente por la gracia de
Jesús comunicada por los sacramentos, la fe y la oración, y las obras de
misericordia corporales y espirituales, como expresión práctica de esta bondad
y santidad.
Nuestra Señora de la Eucaristía, al igual que a los
sirvientes en las Bodas de Caná, que siguiendo las órdenes de Jesús llenaron
las tinajas vacías con agua, para que Jesús convirtiera el agua en vino, nos
dice: “Haced lo que Él os diga”, y lo que Él dice es que usemos las armas que
nos da su Madre, la Virgen. De esta manera, las tinajas vacías, los corazones
nuestros y los de nuestros seres queridos, y todo el mundo, se llenarán de la
gracia de Dios, como paso previo para ser llenados con el Vino de la Alianza Nueva
y Eterna, la Sangre del Cordero de Dios. Y así, Dios Uno y Trino obtendrá el
triunfo más rotundo, triunfo que ya está logrado en la Cruz de Jesús, y es el
de ser adorado, bendecido, amado y glorificado por sus hijos, los hombres de
todas las razas, de todos los tiempos.
Intención
para el Día 7 de la Novena:
Nuestra Señora de la Eucaristía,
concédenos la gracia de dar valiente testimonio público de Cristo, frente al
neo-paganismo imperante, para que Cristo sea conocido y amado por todos los
hombres. Amén.
miércoles, 23 de octubre de 2013
Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía (IV)
Meditación
Las uvas del Niño simbolizan su Sangre derramada en la Cruz,
porque ese Niño es la Vid verdadera, que de adulto habrá de dar el fruto
celestial, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, luego de ser triturado en la
vendimia de la Pasión. La Vid verdadera será estrujada y triturada para dar el
Vino que el Padre habrá de servir en el Banquete celestial, la Santa Misa,
Banquete en el que, además de Vino exquisito, de la mejor calidad –la Sangre
del Cordero-, se sirve la Carne del Cordero, el Cuerpo de Jesús resucitado, y
todo se acompaña con Pan Vivo bajado del cielo, cocido en el horno ardiente de
caridad, el seno eterno del Padre. Acompañan a este Banquete celestial, servido
por el Padre, formado por Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Carne del
Cordero asada en el Fuego del Espíritu Santo, y el Pan de Vida eterna cocido en
las brasas incadescentes del Amor Divino, unas hierbas amargas, las hierbas de
la tribulación de la Cruz, que Dios da no a cualquiera, sino a sus elegidos, a
aquellos a quienes Él ha elegido en Persona para que sean partícipes de la Gran
Tribulación del Calvario.
La Virgen nos ofrece al Niño y el Niño nos ofrece sus uvas,
porque todo es así en Dios: amor, generosidad, don sin límites, comunicación de
su bondad, de su dulzura, de su ternura. Nada hay en Dios que no sea don y don
gratuito de máxima liberalidad, don del Amor de sus entrañas, Amor que es su
esencia y que brota de su Ser trinitario perfectísimo. Pero esas uvas que nos
da el Niño, como signo del Amor divino, serán convertidas en vino cuando el
Niño, Vid verdadera, ya adulto, sea triturado en la vendimia de la Pasión. Cuando
su Cuerpo sea estrujado y machacado por los golpes; cuando su Cuerpo sea
lacerado, golpeado, magullado, molido, y abierta su piel y sus carnes por miles
de heridas, la Sangre que salga de esta Vid verdadera así triturada, será el
Vino de Vida eterna que el Padre servirá en la Mesa Santa, la Santa Misa, para
sus hijos más queridos. Y en este ser triturada la Vid verdadera en la vendimia
de la Pasión, está la respuesta de los hombres al Amor de Dios, porque si de
parte de Dios todo es don gratuito de su Amor infinito, y lo que nos dona es
todo lo que Él tiene, su Hijo amado en la Cruz, siendo este Amor del Padre el
motor de la Pasión de parte de Dios, de parte de nosotros, los hombres, el
motor de la Pasión es el mal y el pecado, porque son nuestros pecados los que
muelen a la Vid verdadera, estrujándola para que dé el fruto exquisito, el Vino
de la Alianza Eterna y definitiva.
El Niño nos ofrece sus uvas, las uvas que pisadas en la
Vendimia se convertirán en el Vino con el que Dios Padre nos concede su perdón
y su Amor; el motor de esa vendimia, de parte nuestra, son nuestros pecados; de
parte de Dios, es su Amor. Hagamos entonces el siguiente intercambio: démosle a
Dios Padre nuestros pecados en la confesión sacramental, y que Él en la Misa nos
dé la Sangre de su Hijo y, con su Sangre, su Amor.
Intención
para el Día 4 de la Novena:
Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía (III)
Meditación
Nuestra Señora de la Eucaristía, Pura e
Inmaculada como su Hijo Jesús
Al
igual que sucede con un hijo, en quien se pueden ver los rasgos de la madre,
así en el Hijo de María Virgen, podemos ver los rasgos de María, que van más
allá del parecido meramente físico. La Virgen es la Llena de gracia, es la
Purísima, y está inhabitada por el Espíritu Santo, el Amor de Dios, y así como
es la Madre, así es el Hijo: Jesús es la Gracia Increada y el Autor de toda
gracia creada, porque es Dios; su Ser trinitario es Purísimo, Limpidísimo y
Perfectísimo, sin la más mínima mancha de ni siquiera imperfección alguna, por
pequeña que sea; Jesús es el Cordero Inocente, el Cordero sin mancha, que junto
al Padre dona el Amor de Dios, el Espíritu Santo, a través de su sacrificio en
Cruz.
Jesús es parecido a su Madre –como todo hijo se parece a su
madre- pero, en rigor de verdad, es María quien se parece a Jesús, porque la
Virgen fue hecha por Jesús y para Jesús, a su imagen y semejanza, para que
fuera, desde su creación en gracia, Tabernáculo viviente y purísimo en donde
fuera custodiado el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. Nuestra
Señora de la Eucaristía fue creada Pura y Santa, a imagen de su Hijo Jesús,
convirtiéndose así en la Primera Custodia y el Primer Sagrario que alojó en su
seno virginal al Pan de Vida eterna, Jesús, el Hijo de Dios.
Procedente
desde la eternidad del seno de Amor Purísimo de Dios Padre, Jesús debía encarnarse
y nacer en este mundo, pero su Encarnación y Nacimiento en el tiempo debía verificarse
en un horno de Amor Purísimo y ardentísimo en un todo similar al seno de Amor
Purísimo y ardentísimo en el que Él era desde toda la eternidad, para que Él,
que era el Hijo de Dios, proveniente desde el seno eterno del Padre, fuera
recibido con un Amor similar al del Padre y así no sintiera diferencias entre
el Amor recibido en el seno eterno del Padre en la eternidad y el Amor recibido
en el seno virgen de la Madre, en el tiempo. Este es el motivo que explica que
la Virgen, pensada por la Trinidad desde toda la eternidad para ser Madre de
Dios, haya sido creada y concebida en gracia y que toda Ella sea Pureza
Inmaculada, porque su Hijo es la Pureza Inmaculada en sí misma; esto es lo que
explica que la Virgen es llamada y sea “Llena de Gracia”, porque debía alojar
en su seno virginal a su Hijo, que es la Gracia Increada; esto es lo que
explica que la Virgen esté inhabitada, desde su Inmaculada Concepción, por el
Espíritu Santo, el Amor de Dios: viviendo el Hijo en la eternidad en el Amor
del Padre, debía vivir también en el tiempo, desde el primer instante de la
Encarnación, en este mismo Amor, y para que el Hijo viva en el Amor del Padre
fue que el Espíritu Santo hizo de María Virgen su morada virginal.
Entre la Madre y el Hijo se da un
admirable intercambio: mientras Ella le proporciona de su carne y de su sangre,
revistiendo al Verbo invisible del Padre para hacerlo visible y presentarlo al
mundo como Niño Dios, su Hijo, que es Dios, le comunica y participa de su
gracia desde el momento mismo de su Concepción Inmaculada. El parecido entre la
Madre y el Hijo se da porque mientras la Virgen le proporciona de su carne, de
su sangre y de nutrientes, su Hijo le comunica su Gracia, su Amor y su vida
divina. Así el Niño tiene los rasgos faciales de la Madre y la Madre tiene la Pureza
del Ser trinitario del Hijo. En la imagen, el Niño se parece a la Madre, pero es la Madre la que participa de la gracia de su Hijo en un grado que supera infinitamente a todos los ángeles y santos juntos. Y porque participa de la gracia de su Hijo en un grado eminente, así como es el fruto de sus entrañas, la Eucaristía -Pura, Inmaculada y Santa-, así es la Virgen: Pura, Inmaculada y Santa.
También
los hijos adoptivos de la Virgen, nacidos al pie de la Cruz, están llamados a
parecerse a su Madre celestial y para ello, los hijos de la Virgen deben
alimentarse del Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús; para parecerse a su
Madre del cielo, los hijos de la Virgen deben nutrirse del Pan de Vida eterna,
la Eucaristía. Porque todo hijo se parece a su madre, así el hijo adoptivo de
María, que se alimenta de la Eucaristía, debe ser como su Madre: inmaculado,
puro, santo.
Intención
para el Día 3 de la Novena:
Nuestra Señora de la Eucaristía,
intercede por nosotros para que, uniéndonos a tu Hijo Jesús en la Eucaristía, seamos
para el mundo, por medio de las obras de misericordia, reflejos vivientes de su
Pureza y de su Amor.
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