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jueves, 26 de julio de 2018

La Mamá del cielo, la Virgen de la Eucaristía, nos visita



         Todos nosotros, que estamos bautizados, tenemos dos mamás: una mamá de la tierra, y una mamá del cielo. La Mamá del cielo es la Virgen y hoy ha venido a visitarnos y por eso estamos alegres y contentos, porque cuando llega la Virgen, llegan también Jesús y el Espíritu Santo, como lo dice el Evangelio. Allí se narra que cuando la Virgen fue a visitar a su prima Santa Isabel, tanto ella como Juan Bautista, que estaba en la panza de Santa Isabel porque todavía no había nacido, quedaron “llenos del Espíritu Santo” y el Espíritu Santo le dio tanto alegría a Juan Bautista, que éste saltó de gozo en el vientre de su mamá y Santa Isabel, por la presencia del Espíritu Santo, la llamó a la Virgen “Madre de Dios” y no simplemente María. Y el Espíritu Santo vino porque fue Jesús el que lo sopló sobre Santa Isabel y el Bautista, y Jesús vino porque la Virgen lo traía con ella, en su vientre.
         La Llegada de la Virgen y la Visitación de la Virgen a una persona trae siempre alegría, porque con Ella vienen Jesús y el Espíritu Santo. Y con Jesús, el Espíritu Santo y la Virgen, no hay ningún problema que no podamos solucionar en esta vida. Entonces, le demos gracias a la Virgen, porque ha venido a visitarnos y con Ella han venido también Jesús y el Espíritu Santo y le pidamos a la Virgen la gracia de acudir a Ella como sus hijos pequeños, en todo momento, así como un niño pequeño acude a su mamá en todo momento, ya sea en la alegría o cuando hay algo que le causa temor. Que la Virgen de la Eucaristía, que nos visita hoy, nos acompañe a nosotros y a nuestros seres queridos, todos los días de nuestra vida.

viernes, 23 de junio de 2017

La Virgen de la Eucaristía nos pide que hagamos lo que Jesús nos dice


(Para niños)

         Un día, Jesús y su Mamá, la Virgen, fueron a una fiesta de casamiento, porque los novios eran amigos suyos. Cuando estaban en la fiesta, la Virgen se dio cuenta que a los novios se les había terminado el vino, por lo que la fiesta se iba a arruinar. Entonces, le dijo a Jesús, pero Jesús no quería hacer ningún milagro, porque su Papá le había dicho que todavía no había llegado la Hora de que Él hiciera milagros delante de todos. Pero la Virgen lo miró con sus dulces y hermosos ojos, y le volvió a pedir a Jesús, y entonces Jesús, que no puede resistirse a la mirada de amor de su Mamá, le dijo que sí iba a hacer el milagro, porque Ella se lo pedía. Y antes que Jesús le diga que sí, también Dios Padre le dijo permiso a Jesús para que hiciera el milagro, para que Jesús pudiera demostrar a todos el Amor de Dios. Cuando Jesús le dijo que sí iba a hacer el milagro, la Virgen le dijo a los sirvientes: “Hagan lo que Él les diga”. Entonces Jesús mandó que llenaran unas tinajas de piedra con agua, hasta el borde, y cuando los sirvientes lo hicieron, Jesús transformó el agua en un vino exquisito, tan rico, que el jefe de los mozos lo probó y sin saber que Jesús había convertido el agua en vino, le dijo al novio que era el mejor vino que había probado. Y los novios, entonces, pudieron seguir con su fiesta de casamiento, alegres porque tenían un vino exquisito para convidar a sus amigos. Este milagro de convertir el agua en vino, lo hizo Jesús con su poder, para que nosotros nos demos cuenta que Él es Dios y que tiene el poder de hacer un milagro todavía más grande, y es el de transformar el vino de la Misa en su Sangre.
         Este milagro nos muestra el poder que tiene la Virgen delante de Jesús, que es Dios: es el poder del amor de su Corazón de Mamá, y es tan fuerte su amor de Mamá, que Jesús no le niega nada de lo que su Mamá le pide. Entonces, cuando necesitemos algo de Jesús, no dudemos en acudir a nuestra Mamá del cielo, la Virgen, para que Ella interceda ante Jesús por nosotros, y así conseguiremos de Jesús todos los milagros que Jesús quiere hacer en nuestras vidas. Pero también, cuando simplemente tengamos el deseo de decirle a Jesús que lo amamos, se lo digamos primero a la Virgen, para que Ella le diga a Jesús, de parte nuestra, que lo amamos mucho. Y Jesús hará un milagro más grande que convertir el agua en vino: convertirá nuestro amor a Él, que es pequeño, en un amor tan grande, que llegue hasta el cielo.

         Todos juntos le vamos a rezar esta oración a Nuestra Señora de la Eucaristía: “Virgen María, Nuestra Señora de la Eucaristía, te pedimos que le digas a Jesús que lo amamos mucho y que proteja siempre a nuestras familias. Nosotros te prometemos, Mamá de Jesús y Mamá nuestra, que vamos a hacer siempre lo que Jesús nos diga. Amén”.

jueves, 22 de junio de 2017

La Virgen de la Eucaristía es una Madre amorosa que quiere que recibamos a su Hijo en nuestros corazones



         En la imagen de la Virgen de la Eucaristía, vemos cómo la Virgen, que está de pie, se nos acerca, para entregarnos a su Hijo, para que lo llevemos en nuestros brazos. Es como cuando una mamá lleva a su pequeño hijito en brazos y, cuando algún familiar, o amigo, o conocido, se acerca, le alcanza a su hijito, para que este lo tenga entre sus brazos por un momento. En este caso, es lo mismo, solo que la Virgen es la Madre de Dios, y es también nuestra Madre del cielo, y el Niño Jesús no es un niño más, sino el Niño Dios. Y si observamos un poco, el Niño trae uvas, para convidarnos, para que saboreemos esas uvas, que son exquisitas. La dulzura de las uvas que trae el Niño Dios, representan la dulzura del Amor de Dios, que es el Espíritu Santo. Entonces, la Virgen de la Eucaristía viene a visitarnos, para que abramos nuestros corazones de par en par y recibamos a su Hijo Jesús, quien a su vez nos hará gustar, no la dulzura de unas ricas uvas, sino la dulzura del Amor de su Sagrado Corazón. No tengamos miedo ni tampoco seamos indiferentes a la Virgen de la Eucaristía, que lo único que desea es darnos a su Hijo Jesús y su Hijo Jesús, lo único que desea, es darnos el Amor de su Corazón. Abramos las puertas de nuestros corazones de par en par, para recibir a la Virgen de la Eucaristía y a su Hijo Jesús, y les pidamos que nunca, pero nunca, se vayan de nuestros corazones.

jueves, 1 de junio de 2017

Quién es el Niño que nos trae la Virgen de la Eucaristía


         El Niño que nos trae Nuestra Señora de la Eucaristía entre sus brazos, tiene unos dos o tres años. Como todo niño, comenzó su existencia terrena en el útero de María, como un cigoto, es decir, como una célula fecundada, tal como sucede en los embarazos humanos. Sin embargo, la particularidad de su concepción, es que los cromosomas y genes pertenecientes al padre, no fueron aportados por hombre alguno, sino que fueron creados de la nada, por la omnipotencia divina, para poder así completar su carga genética. La razón es que el Niño que nos trae la Virgen, no es como un niño humano más, sino que es Dios Hijo encarnado, esto es, unido personalmente –hipostáticamente- a una naturaleza humana.
         Esto significa que el Niño tiene dos naturalezas, una divina, que le pertenece por ser el Hijo de Dios, es decir, la Segunda Persona de la Trinidad, y una humana, por haber sido creada esta naturaleza en el momento de su concepción, sin que ninguna de ambas naturalezas esté mezclada con la otra, ni se confundan la una con la otra. Desde el momento de la concepción, el Niño tenía conciencia de ser Él Dios Hijo, y esa es la razón por la que se lo llama “Niño Dios”, porque es Dios Hijo que se une a una naturaleza humana y viene a nosotros como un Niño, sin dejar de ser Dios.
         En la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, el Niño, como dijimos, tiene unos dos o tres años, y esto significa dos cosas: por un lado, que si Dios viene como un cigoto, como un embrión, como un niño pequeño, es para que no tengamos excusas en acercarnos a Él, ya que no viene en el esplendor de su gloria, sino, precisamente, como un Niño pequeño, y nadie tiene temor de acercarse a un niño pequeño. El otro significado tiene relación con la Virgen: como Madre de Dios, la Virgen sostiene entre sus brazos a Dios hecho Niño, lo cual significa que sus brazos son fuertes, tan fuertes como para sostener y estrechar, contra su Corazón a un Dios. Y si la Virgen hace esto con el Niño Dios, también lo hará con nosotros, que somos sus hijos adoptivos y que, para entrar en el Reino de los cielos, debemos ser “como niños”, con la inocencia y la pureza de la niñez, que solo la obtenemos por la gracia santificante. Entonces, tenemos que pedirle a la Virgen de la Eucaristía la gracia de querer ser como niños espiritualmente –lo cual no significa ser infantiles-, para que Ella nos lleve entre sus brazos, nos estreche contra su Inmaculado Corazón, y nos conduzca al Reino de Dios. Y para ser como niños espiritualmente, tenemos que recibir la gracia y la gracia la recibimos por los Sacramentos, principalmente la Confesión sacramental y la Eucaristía.

         Nuestra Señora de la Eucaristía nos enseña que, así como un niño pequeño, que acaba de golpearse y a causa del golpe comienza a llorar y a buscar el consuelo de su madre, así también debemos hacer nosotros, cuando nos suceda alguna tribulación: acudir, como niños pequeños, a los brazos de Nuestra Madre del cielo y Ella, con todo su amor materno, nos llevará entre sus brazos, nos estrechará contra su Inmaculado Corazón y nos hará conocer a su Hijo, el Niño Dios, que trae uvas en sus pequeñas manos. Nuestra Señora de la Eucaristía nos trae a Dios, que viene como un Niño que nos convida uvas, para que sepamos que Dios nos ama y que siempre podemos y debemos confiar en Él.

jueves, 18 de mayo de 2017

Quien acude a la Virgen de la Eucaristía, recibe lo más hermoso de esta vida, Jesús Eucaristía


         Dicen los santos que quien acude a María, recibe a Jesús. Es como cuando alguien, desde un valle elevado, se para delante de la pared de una montaña y da un grito: las paredes de la montaña le devuelven el eco de sus palabras, con lo cual escucha su misma palabra, pero como si fuera dicha por la montaña. Con la Virgen sucede algo similar, sólo que si nosotros decimos “María”, Ella dice “Jesús”, de manera tal que, siempre que acudimos a la Virgen, obtenemos como respuesta su Hijo Jesús. Como en el ejemplo anterior, si estuviéramos delante de una montaña que nos devuelve el eco de nuestras palabras, dijéramos “María”, pero en vez de escuchar el eco que, rebotando nuestras palabras, nos dijera “María”, escucháramos que, cada vez que decimos “María”, el eco nos dice “Jesús”.
         Esto mismo sucede con Nuestra Señora de la Eucaristía: al acudir a Ella, la Virgen nos da a su Hijo Jesús, pero no de cualquier manera. ¿De qué manera nos da a su Hijo Jesús? Nos da a su Hijo Jesús de muchas maneras, o más bien, antes de darnos a su Hijo Jesús, cuando acudimos a Ella, la Virgen nos da otras cosas: aumenta nuestra fe en Jesús; aumenta nuestro deseo de conocer y amar cada vez más a Jesús, en su Persona, en su vida, en sus milagros, pero sobre todo, en la Eucaristía; nos da el deseo de conocerlo para imitarlo y para ser una copia viviente de Jesús y de su Sagrado Corazón Eucarístico. Luego de todo esto, la Virgen nos da a su Hijo Jesús, pero no de manera imaginaria, sino real, porque nos da a Jesús en su Presencia Eucarística, que es real, verdadera y substancial.
         ¿Por qué es importante acercarnos a la Virgen de la Eucaristía? Porque si vemos la Eucaristía con nuestros propios ojos, sólo veremos un poco de pan y nuestro amor por Jesús será muy escaso o, prácticamente, nulo. En cambio, si nos acercamos a Ella, la Virgen nos hará ver a su Hijo Jesús en la Eucaristía, con sus propios ojos y nos hará amarlo con su mismo Amor.
         La Virgen María, Nuestra Señora de la Eucaristía, contestará a todas y cada una de nuestras peticiones, si es que son convenientes para nuestra eterna salvación, pero hará algo mucho más hermoso que darnos lo que le pedimos, aún cuando lo que le pidamos sea algo bueno y necesario para nuestra salvación: nos dará a su Hijo Jesús en la Eucaristía. Digamos a la Virgen de la Eucaristía: “María” y Ella nos dirá: “Jesús Eucaristía”. Y recibir a Jesús Eucaristía es lo mejor que puede pasarnos, porque conocer y amar a Jesús Eucaristía, es lo mejor que tiene esta vida.


jueves, 11 de mayo de 2017

¿Qué sucede cuando dejamos entrar a la Virgen a nuestros corazones?


        
Por qué la Virgen quiere entrar en nuestros corazones

Podría pensarse que lo primero que sucede, es que se solucionen de un día para otro todos nuestros problemas –por ejemplo, le pedimos que nos cure de tal enfermedad, que nos solucione tal situación que nos aqueja, etc.-, pero aunque la Virgen sí puede hacerlo y lo hará sin ninguna duda si eso que pedimos es lo más conveniente para nosotros, con toda seguridad no lo hará en el tiempo y en la forma en que nosotros pensamos y queremos, por lo que puede suceder que continuemos, todavía por un tiempo, con muchas situaciones que pueden mortificarnos. En otros casos, sí, la Virgen concederá de modo instantáneo las gracias que se piden; lo que es seguro es que siempre escuchará todas y cada una de las peticiones que le hagamos y que no dejará de atender por ellas, aunque, como lo dijimos, no sea en el tiempo y la forma en que nosotros lo deseamos. Sin embargo, lo más importante de la presencia de la Virgen en nuestras vidas, no es que nos conceda tal o cual favor, porque si la Madre de Dios quiere entrar en nuestras vidas, no es para simplemente “solucionarnos los problemas”, sino para concedernos algo infinitamente más grande que la concesión de diversos favores, y para saber qué es, usemos primero un poco la imaginación.
Imaginemos que nos encontramos en una habitación, llena de objetos, pero cuyas ventanas y puertas están tan cerradas, que no dejan entrar la luz del sol; además, tampoco hay luz eléctrica ni de ninguna otra clase, por lo que está todo tan oscuro, que apenas podemos distinguir nuestra propia mano. Imaginemos que luego una de las ventanas comienza a abrirse, y como afuera es un día de sol, como de primavera, entra por la hendija un pequeño rayo de sol, lo cual permite que los objetos de la habitación ya se puedan vislumbrar mucho mejor que antes; un poco más tarde, tanto las ventanas, como también la puerta, se abren por completo, entrando de lleno la luz del sol e iluminando con tanta intensidad la habitación, que nos da la impresión de que el mismo sol estuviera dentro.
¿Qué significa esta imagen? Cada elemento de la imagen, tiene un significado espiritual y sobrenatural: la habitación cerrada y a oscuras, es nuestro corazón que, sin la gracia de Dios, está a oscuras; las tinieblas son, principalmente, el error, el desconocimiento y el desamor hacia la Presencia real y verdadera de Jesús en la Eucaristía, es decir, a pesar de haber hecho la Comunión y la Confirmación, no sabemos bien o no terminamos de creer que Jesús esté vivo en la Eucaristía y, por lo tanto, no lo amamos en su Presencia Eucarística, según el dicho: “Nadie ama lo que no conoce”; el rayo de sol que entra e ilumina, es un rayo de luz, pero no es el sol, y así significa la entrada de la Virgen en nuestras almas, porque al estar “recubierta de sol”, como dice el Apocalipsis, su presencia es luminosa, aunque no es en sí misma el Sol de justicia, Jesucristo; las ventanas que se abren, son nuestros corazones cuando, al recibir la gracia de conocer a la Virgen, le damos lugar a que la Virgen ingrese en nuestras vidas, la vida cotidiana, de todos los días; la luz del sol que entra cuando las ventanas se abren y el sol mismo que entra en la habitación es Jesucristo, Sol de justicia, que ingresa en el alma cuando dejamos entrar a la Virgen, así como después del rayo de sol entra toda la luz del sol, al abrirse totalmente las ventanas y la puerta de la habitación. Es esto entonces lo que sucede cuando permitimos a María entrar en nuestras vidas: mucho más que “solucionarnos” los problemas, lo que desea la Virgen es que le abramos las ventanas y puertas del alma para que con Ella entre su Hijo Jesús.
Dicho de otras maneras, lo que sucede con la habitación del ejemplo, es lo que sucede en nuestras vidas cuando dejamos entrar a la Virgen: pasamos de la oscuridad a la luz, porque Ella nos trae a su Hijo Jesús, que disipa las tinieblas que nos rodean y envuelven continuamente, las tinieblas del pecado, del error y, sobre todo, de la ignorancia y el desamor acerca de la Presencia de su Hijo Jesús en la Eucaristía y así la Virgen nos hace conocer y amar a su Hijo en la Eucaristía, pero no según nuestra naturaleza, sino como Ella lo conoce y ama, es decir, con su misma Inteligencia y con el Amor de su Inmaculado Corazón.
Por esta razón, no es indistinto dejar o no dejar entrar a la Virgen: si no la dejamos entrar, permanecemos a oscuras y alejados de Jesús; si la dejamos entrar, con Ella viene el Sol de justicia, Jesús, que vence a las tinieblas de nuestros corazones, con la luz de su gracia.

Hagamos el propósito entonces de abrirle nuestros corazones a Nuestra Señora de la Eucaristía, y con Ella vendrá su Hijo, Jesús Eucaristía, que iluminará nuestras vidas con la luz de su gloria.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía 9



             La Virgen de la Eucaristía, prefiguración del sacerdocio ministerial
         En la imagen, la Virgen aparece sosteniendo al Niño con su brazo izquierdo, mientras que con el otro, al tiempo que lo señala, le ayuda al Niño a sostener el racimo de uvas.
         Este gesto de la Virgen nos indica dos cosas: por un lado, no es una madre más que sostiene a su niño pequeño: es la Virgen María, la Madre de Dios, en cuyos brazos descansa nada menos que Dios Hijo, el Creador de cielos y tierra, el Dios de majestad infinita, al que los cielos no pueden contener en su inmensa gloria. De esto se ve el inmenso poder de María Santísima, poder que pasa desapercibido al contemplar su imagen, pues se cree que es una mujer que lleva a su hijo y nada  más, pero cuya verdadera dimensión surge cuando se considera que ese Niño al que lleva la Virgen, es nada menos que Dios Hijo en Persona. ¡Cuánto poder y cuánta fuerza tiene la Virgen María, para llevar en sus brazos al Hijo de Dios, y al mismo tiempo, cuánta ternura en su Corazón Inmaculado, para que todo un Dios se digne descansar entre sus brazos! Con razón María es llamada “Sagrario Viviente”, “Tabernáculo de Dios Altísimo”, “Custodia Purísima y viviente del Señor Jesús”.
         Debido a que la Virgen es Madre y Modelo de la Iglesia, esta actitud suya de llevar al Niño en sus brazos, y el hecho de ser llamado “Sagrario Viviente”, prefiguran al sacerdocio ministerial: al igual que la Virgen, el sacerdote lleva en sus manos al Hijo de Dios, cuando lo eleva en la ostentación eucarística, luego de la consagración y, al igual que la Virgen, el sacerdote se convierte en una Custodia viviente, cuando después de la consagración exhibe, para su adoración, la Eucaristía recién consagrada.
         Todo cristiano está llamado, del mismo modo a como la Virgen lleva a su Hijo Jesús entre sus brazos, a llevar a Jesús Eucaristía en el corazón, y todo cristiano está llamado a convertirse, por la gracia santificante y la comunión eucarística, en sagrario y custodia viviente del Cordero de Dios.
         La otra reflexión a la que nos lleva la imagen, es el gesto de ayudar a sostener, con su brazo derecho, las uvas, pero si nos fijamos bien, al mismo tiempo, nos está señalando a su Hijo, y esto nos recuerda su intervención en las Bodas de Caná, cuando dice a los servidores: “Hagan lo que Él les diga”.
         Quien se acerca a María, recibe a Jesús y a sus dones, como los servidores de Caná: al obedecer la orden de la Virgen, obtuvieron como recompensa un milagro maravilloso, la conversión del agua en vino.
         Quien se acerca a la Iglesia, recibe a Jesús en la Eucaristía; quien obedece a la Iglesia, en su mandato de asistir a Misa los domingos, obtiene como recompensa un milagro maravilloso, la conversión de su corazón, de tinaja de arcilla vacía, en cáliz de oro que alberga la Sangre del Cordero de Dios.
         Intención para el día 9 de la Novena
         Nuestra Señora de la Eucaristía, concédenos la gracia de la conversión del corazón, de tinaja de arcilla vacía, en cáliz de oro que albergue la Sangre de tu Hijo Jesús.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía 8



La tierna imagen de la Virgen de la Eucaristía, que sostiene en sus brazos a su Niño, y el gesto de éste último de compartir sus uvas con quien se le acerca, en nada presagian los dolorosos acontecimientos de la Pasión, en los que ese Niño, ya adulto, será asesinado por los viñadores homicidas (cfr. Mt 21, 33-43), representación de los hombres pecadores.
Al contemplar la imagen de la Virgen de la Eucaristía debemos por lo tanto tener presentes dos cosas: por un lado, el don que Dios Padre nos hace de su Hijo, a través de la Virgen Madre, don que es solo Amor, ya que no se puede deducir otra cosa de la dulce imagen familiar que representa.
En efecto, la intención de Dios Padre no es otra que la de comunicarnos su Amor por medio de su Hijo, quien viene a este mundo no en el esplendor y la majestad celestial que en sí mismo posee desde la eternidad, sino en brazos de su Madre Virgen. Para quien dudara de las intenciones de Dios, no tiene más que contemplar la imagen de la Virgen de la Eucaristía: Dios Hijo, por encargo del Padre, viene a nuestro mundo, a través de la Virgen Madre, para donarnos su Espíritu Santo, su Amor divino. En otras palabras, la imagen en sí misma transmite, con toda claridad, cuáles son las intenciones de Dios al acercarse a los hombres: brindarles su Amor, y para eso viene como Niño en brazos de una Madre: ¿quién puede temer a un niño pequeño y a su madre?
Pero el otro aspecto que debemos también considerar, al contemplar la imagen de la Virgen de la Eucaristía, es la respuesta que el hombre da a la manifestación de Amor de Dios Padre en su Hijo Jesús, por medio de la Virgen: los hombres, representados en los viñadores asesinos, golpearán al Hijo de Dios, lo insultarán, lo condenarán a muerte, lo flagelarán, lo crucificarán, y le darán muerte de Cruz. Al Amor de Dios, los hombres responden con la crucifixión de Dios Hijo, encarnación de ese Amor. El Niño, llamado Vid verdadera, que ofrece sus uvas, cuando adulto, será triturado en la vendimia de la Pasión, y su muerte en Cruz será la expresión más cruda del duro corazón humano, que al Amor del Padre responde matando al Hijo.
Al ser Dios Justicia infinita, podría pensarse que, al rechazar los hombres su Amor, crucificando a su Hijo, debería cerrar para siempre la puertas del cielo, pero en Dios su Misericordia sobrepasa a la Justicia, y es así como, la Sangre que mana a borbotones de las heridas abiertas de Jesús y de su Sagrado Corazón traspasado, se convierten en el signo del perdón y del Amor divino, que no se rinde ante la malicia humana.
El Niño que dona las uvas es Cristo que dona su Sangre y con su Sangre su Amor divino, el Amor del Padre y del Hijo, y el Amor divino se nos comunica a pesar de nuestra malicia. En el Niño de la Virgen de la Eucaristía vemos entonces la manifestación del insondable, incomprensible, inabarcable Amor de Dios Uno y Trino.
         Intención para el día 8 de la Novena: Nuestra Señora de la Eucaristía, concédenos la gracia de contemplar, en la Sangre de tu Hijo, el insondable Amor de Dios Padre por los hombres pecadores.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía 5



Nuestra Señora de la Eucaristía, las uvas del Niño y las Bodas de Caná
         Las uvas que trae el Niño nos recuerdan al vino que se elabora con ellas, y el vino a su vez nos recuerda al episodio de las Bodas de Caná. Es importante meditar el episodio, el cual está representado en la imagen de la Virgen de la Eucaristía.
En el episodio evangélico, los esposos se quedan sin vino, lo cual supone un grave contratiempo en un momento de fiesta y de celebración. Ante la situación, es la Virgen María quien se percata de lo sucedido y, movida por su amor maternal, decide intervenir a favor de los esposos, pidiendo a Jesús un milagro: “Hijo, no tienen vino”.
La falta de vino en la fiesta de los esposos significa la vida humana, la vida del hombre, de todo hombre, sin fe sobrenatural en Cristo Dios. El hecho de que los esposos no puedan celebrar, al haberse terminado el vino, significa que la vida humana, sin fe en Cristo Jesús como Dios Hijo encarnado, es una vida vacía y sin gusto, sin sentido, tal como una tinaja vacía.
Es por esto que cuando la Virgen le dice a Jesús: “Hijo, no tienen más vino”, le está diciendo también: “Hijo, no tienen más fe en Ti; haz un milagro, obra en sus vidas, ilumina sus corazones, para que así iluminados te contemplen, te amen, y salven sus almas”. En Caná, la Virgen le pide un milagro a Jesús, para que los esposos puedan alegrar su boda; en respuesta, Jesús obra un maravilloso milagro, convirtiendo el agua de las tinajas, en vino exquisito, de la mejor calidad. A pedido de su Madre, la Virgen, Jesús obra un milagro, por medio del cual los esposos no solo se alegran porque ya tienen vino para festejar, sino ante todo porque quedan deslumbrados por la Persona del Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazareth, que les concede un nuevo y más profundo motivo de alegría: Dios se ha encarnado para llevarnos a la vida eterna, a la feliz contemplación de la Trinidad en los cielos.
Las uvas del Niño de la Virgen de la Eucaristía nos recuerdan entonces al milagro de la conversión del agua en vino en las Bodas de Caná, milagro que anticipa y prefigura el don de la fe sobrenatural en Cristo Dios, fe que da sentido a la vida y la colma de dicha celestial, embriagando al alma con la Alegría misma de Dios.
Oración para el Día 5 de la Novena: Nuestra Señora de la Eucaristía, haz que nuestros corazones, al beber el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre de Jesús, rebosen con la Alegría del Amor divino.

martes, 28 de agosto de 2012

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía 1



      La Virgen de la Eucaristía, la Mujer del Génesis, de la Pasión y del Apocalipsis
      Vista con ojos humanos, la imagen de la Virgen de la Eucaristía, en la que la Virgen sostiene con una mano al Niño Dios, mientras que con la otra nos lo señala, parece mostrar sólo a una madre con su hijo, a quien lleva en brazos, orgullosa de él, mientras éste ofrece y convida a quien se le acerca de su ramo de uvas.
         Sin embargo, no se trata de una imagen más entre tantas; no se trata solamente de una madre sosteniendo orgullosa a su hijo pequeño. Se trata del misterio de la Mujer del Génesis, que aplasta la cabeza de la Serpiente Antigua, el demonio (cfr. Gn 3, 15); se trata de la Mujer de las bodas de Caná (cfr. Jn 2, 1ss), llamada Omnipotencia Suplicante, ante cuyo pedido el Amor de Dios se derrama incontenible sobre los hombres, como lo demuestra la conversión del agua en vino por parte del Hijo de Dios, aun cuando no había llegado decretada por el Padre; se trata de la Mujer del Apocalipsis, “toda vestida de sol, con la luna a sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza” (Ap 12, 1), símbolos de la plenitud de gracia con que Dios la creó, como Inmaculada Concepción; es la Mujer que huye al desierto con alas de águila, poniendo a su Hijo a salvo del Dragón rojo, que inyecta a los hombres el veneno de la rebelión contra Dios; se trata de la Mujer al pie de la Cruz , convertida por designio divino en Madre de Dios en la Encarnación (Lc 1, 26-27) y en Madre de los hombres en el Calvario (Jn 19, 26-27).
         No es una madre más; es la Madre de Dios, que sostiene a su Dios y Creador en sus brazos, y así demuestra la razón por la cual el infierno todo tiembla y aúlla de terror con sólo escuchar su nombre, pues su poder, que lo tiene participado del mismo Dios, no sólo le permite aplastar la cabeza del Príncipe de las tinieblas (cfr. Gn 3, 15), sino llevar en brazos al mismo Dios.
         No se trata de una madre más, y tampoco el niño es un niño más entre tantos. El Niño, que esta Madre porta en sus brazos, es Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, que elige la edad de la niñez para manifestársenos, porque Él, que como Dios es la fuente increada de la Inocencia y de la Pureza, tiene un corazón de niño.
         Y la Madre y el Niño nos ofrecen uvas, uvas con las que se hará el vino, vino que se convertirá en la Sangre del Niño Dios, Sangre que se derramará en la Cruz del Calvario y será recogida en el cáliz del altar, para ser dada a los hombres como bebida de salvación.
         La imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía parece una imagen más entre otras, pero encierra un misterio insondable.
         Intención para el Día 1 de la Novena: Nuestra Señora de la Eucaristía, concédenos la gracia de ver en Ti a la Mujer del Génesis, de la Pasión y del Apocalipsis, que aplasta la cabeza de la Serpiente Antigua con el peso del poder de Dios. Amén.