martes, 29 de octubre de 2019
Nuestra Señora de la Eucaristía y su don para nosotros
Cuando observamos la imagen de Nuestra Señora de la
Eucaristía, nos damos cuenta de que se trata de una imagen en movimiento, en el
sentido de que indica un movimiento de la Virgen hacia adelante, hacia el
espectador, que somos nosotros. En ese movimiento, la Virgen no solo se acerca
hacia nosotros moviendo el pie derecho hacia adelante, sino que se inclina con
su tronco también hacia adelante, configurando en su totalidad el gesto de
ofrecer lo que lleva entre sus brazos, que es su Hijo Jesús y el racimo de
uvas.
¿Por qué la Virgen quiere darnos a Jesús y al racimo de
uvas? Porque Nuestra Señora de la Eucaristía quiere darnos aquello que nos
salva, que es el Cuerpo y la Sangre de Jesús, esto es, la Eucaristía: al darnos
al Niño, nos da su Cuerpo; al darnos el racimo de uvas, nos da su Sangre, porque
con las uvas se hace el vino y el vino es el que se convierte en la Sangre de
Jesús por la consagración en la Misa. En definitiva, lo que quiere darnos
Nuestra Señora de la Eucaristía, no es sólo a su Niño, para que lo abracemos y
adoremos y no es sólo un racimo de uvas, para que nos deleitemos con ellas:
quiere darnos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Sagrada Eucaristía, para que
nuestras almas se vean colmadas con la dulzura y el deleite de la Presencia de
su Hijo en nosotros.
El don de la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, no se
queda en una mera imagen: la imagen es anticipo y figura de lo que la Iglesia
hace con nosotros: así como la Virgen lleva al Niño y las uvas y quiere darnos
a ambos, para con ellos darnos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, así la Iglesia,
en cada Santa Misa, nos da, en la realidad y no en imagen, el Cuerpo y la
Sangre de Jesús y, con su Cuerpo y su Sangre, también su Alma y Divinidad. Es decir,
el don que está prefigurado en la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, es
el don que la Madre Iglesia, que también lleva el título de Madre de la
Eucaristía, nos hace en cada comunión eucarística, porque en cada comunión
eucarística recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro
Señor Jesucristo.
Al contemplar la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía,
por lo tanto, debe encenderse en nosotros un vivo deseo de recibir lo que la
Virgen nos quiere dar: el Cuerpo del Niño y el racimo de uvas, que es aquello
que la Iglesia nos da en cada Santa Misa, el Cuerpo y la Sangre de Nuestro
Señor Jesucristo, la Sagrada Eucaristía.
jueves, 2 de agosto de 2018
Cuando era Niño, la Virgen cuidaba de Jesús en todo momento
(Homilía para niños de una Escuela Primaria)
Cuando Jesús era Niño, la Virgen cuidaba de Él en todo
momento. Es verdad que Él es Dios, por eso lo llamamos “Niño Dios” y como era
Dios, todo lo sabía y todo lo podía y no necesitaba la ayuda de nadie. Pero como
también era Niño, necesitaba ayuda, como la necesita todo niño. Veamos qué pasa
con nosotros: cuando somos niños, necesitamos de la ayuda de nuestros papás, de
nuestros hermanos, de nuestros tíos, de nuestros abuelos. Y la que está casi
todo el día con nosotros, es nuestra mamá, por eso es la que siempre nos ayuda
más en las cosas que necesitamos. Por ejemplo, cuando volvemos de la escuela,
necesitamos que nos ayuden con los deberes; necesitamos que nuestra madre nos
prepare la comida, porque todavía no sabemos cocinar; necesitamos que nuestra
mamá nos prepare la ropa para la escuela, para el otro día; necesitamos tomar
la merienda, y así con muchas otras cosas más. Necesitamos que nos enseñen cómo
comportarnos en la mesa, cómo comportarnos con otras personas, cómo tener
buenos modales. Pero sobre todo, necesitamos amor, el amor de una madre y el
amor de un padre, además del amor de los hermanos.
Bueno, la Virgen era así con Jesús, cuando Jesús era Niño:
Ella cuidaba de Jesús en todo momento: desde el instante mismo en que Jesús fue
llevado a su panza por el Espíritu Santo, la Virgen empezó a cuidar de Jesús y
nunca dejó de cuidarlo, ni siquiera cuando Jesús ya era grande. La Virgen lo
acompañó hasta el Calvario y estuvo al lado de Jesús mientras Jesús estaba
crucificado. Cuando Jesús era Niño, la Virgen le cosía su ropita, la lavaba y
se la tenía siempre limpia y bien preparada; a la mañana, lo llevaba al mercado
con Ella, para comprar las cosas para el almuerzo y la cena; cuando llegaba la
merienda, la Virgen le preparaba una rica taza de leche caliente y amasaba pan
para darle pan con miel, que Jesús comía con mucho gusto. Y si Jesús se llegaba
a caer y si se lastimaba, la Virgen era la primera en socorrerlo, curándole las
heridas con aceite. Pero sobre todo, la Virgen le daba a Jesús amor, mucho,
pero mucho amor, y era eso lo que Jesús más amaba en la Virgen, el amor que
Ella le daba continuamente, noche y día, porque el amor con el que la Virgen lo
amaba era el mismo Amor de Dios, el Espíritu Santo.
Así
como hacía la Virgen con Jesús, que lo cuidaba de noche y día con el amor de su
Corazón de Madre, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, así hace la Virgen
con nosotros, nos cuida todo el tiempo, de noche y de día y no solo cuando
somos niños, sino también cuando somos grandes y nos ama con el amor de su
Corazón, el Espíritu Santo. Acudamos siempre a la Virgen, como hace un niño
pequeño con su mamá y la Virgen nos dará siempre el Amor de su Corazón
Inmaculado.
jueves, 26 de julio de 2018
La Mamá del cielo, la Virgen de la Eucaristía, nos visita
Todos nosotros, que estamos
bautizados, tenemos dos mamás: una mamá de la tierra, y una mamá del cielo. La Mamá
del cielo es la Virgen y hoy ha venido a visitarnos y por eso estamos alegres y
contentos, porque cuando llega la Virgen, llegan también Jesús y el Espíritu Santo,
como lo dice el Evangelio. Allí se narra que cuando la Virgen fue a visitar a
su prima Santa Isabel, tanto ella como Juan Bautista, que estaba en la panza de
Santa Isabel porque todavía no había nacido, quedaron “llenos del Espíritu
Santo” y el Espíritu Santo le dio tanto alegría a Juan Bautista, que éste saltó
de gozo en el vientre de su mamá y Santa Isabel, por la presencia del Espíritu
Santo, la llamó a la Virgen “Madre de Dios” y no simplemente María. Y el
Espíritu Santo vino porque fue Jesús el que lo sopló sobre Santa Isabel y el
Bautista, y Jesús vino porque la Virgen lo traía con ella, en su vientre.
La Llegada de la Virgen y la
Visitación de la Virgen a una persona trae siempre alegría, porque con Ella
vienen Jesús y el Espíritu Santo. Y con Jesús, el Espíritu Santo y la Virgen,
no hay ningún problema que no podamos solucionar en esta vida. Entonces, le
demos gracias a la Virgen, porque ha venido a visitarnos y con Ella han venido también
Jesús y el Espíritu Santo y le pidamos a la Virgen la gracia de acudir a Ella
como sus hijos pequeños, en todo momento, así como un niño pequeño acude a su
mamá en todo momento, ya sea en la alegría o cuando hay algo que le causa
temor. Que la Virgen de la Eucaristía, que nos visita hoy, nos acompañe a
nosotros y a nuestros seres queridos, todos los días de nuestra vida.
miércoles, 20 de junio de 2018
La naturaleza humana es sumamente frágil, pero cuenta con una Madre celestial, la Santísima Virgen María
(Reflexión en ocasión de la Visita de Nuestra Señora de la Eucaristía a un establecimiento de Educación Secundaria)
Cuando observamos la naturaleza y hacemos una comparación
entre los distintos tipos de vida que encontramos, incluida la vida humana, nos
damos cuenta que el hombre es el ser más frágil e indefenso de todas las
especies. Mientras las especies de animales irracionales son capaces de valerse
por sí mismos al poco tiempo de haber nacido –unos cuantos días, llegando a haber
especies cuyos ejemplares se valen por sí mismos prácticamente apenas nacidos-,
el ser humano, por el contrario, necesita no solo de días o meses para valerse
por sí mismo, sino de años y de muchos años. Aunque él mismo tiene las cualidades y capacidades para ayudar a otros, siempre está necesitado de ayuda. Por otra parte, el ser
humano es un ser que puede vivir solo, pero está hecho para vivir en
comunión interpersonal con sus semejantes, por eso es un ser que vive en
sociedad. Estas capacidades suyas no quitan lo que dijimos al inicio, esto es, que el ser humano es, de entre todas las especies vivientes, el más frágil de todos. Una muestra de lo que decimos es que un simple virus, un ser viviente invisible a los ojos debido a su
pequeñísimo tamaño, puede darle muerte –es lo que sucede, por ejemplo, con el
virus del SIDA o cualquier otro virus mortal- o puede incapacitarlo de forma
permanente.
Ahora bien, el ser humano no está solo. Además de contar con sus
progenitores y con sus congéneres -necesita de sus progenitores cuando es
pequeño, necesita de sus congéneres cuando es más grande- cuenta además con una ayuda celestial, por medio de la cual puede superar con creces cualquier adversidad que pueda
presentársele en el curso de su vida mortal: además de su madre biológica, el
ser humano –el cristiano- cuenta con una Madre celestial, la Virgen, que acude
en su auxilio ante el más ligero pedido de auxilio.
Así
como una madre terrena acude prontamente en auxilio de su hijo pequeño, que en
sus intentos por aprender a caminar se cae, se golpea y llora, así, de la misma
manera, pero con más premura y con más amor, acude la Virgen en auxilio de
aquellos de sus hijos que imploran su ayuda. Los cristianos católicos debemos
tener presente, a cada instante, esta hermosa verdad: tenemos una Madre del
cielo que vela por nosotros y que solo necesita, para venir en nuestro auxilio,
que elevemos los ojos del alma hacia Ella, para que la Virgen se haga presente
en nuestras tribulaciones.
Por
otra parte, no existe absolutamente ninguna dificultad, problema, tribulación,
tentación, que no pueda ser superada con la ayuda de nuestra Madre celestial.
Para
darnos una idea de cómo es esta Madre celestial que tenemos los cristianos,
conviene rezar con frecuencia la siguiente oración de San Bernardo:
Pero además de todo este auxilio que la Virgen nos brinda,
es nada en comparación con lo que Nuestra Señora de la Eucaristía quiere darnos, más allá de una
ayuda espiritual, por grande que sea: mucho más que el auxilio en toda
tribulación, la Virgen quiere darnos a su Hijo Jesús en la Eucaristía, lo cual
supera infinitamente todo bien que seamos capaces siquiera de imaginar.
miércoles, 6 de junio de 2018
Cuando llega la Virgen, llegan Jesús y el Espíritu Santo
En el Evangelio, en el episodio de la Visitación, se puede
contemplar qué es lo que sucede cuando llega la Virgen de visita a un lugar:
las personas se llenan del Espíritu Santo y de santa alegría. Que se llenan del
Espíritu Santo, lo podemos ver en Santa Isabel: “Y sucedió que, en cuanto oyó
Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó
llena de Espíritu Santo” (cfr. Lc 1, 39-45). Es decir, antes de la Visitación de la Virgen, Santa
Isabel no había experimentado lo que era la Presencia del Espíritu Santo; luego
de la Visitación de la Virgen, y en ocasión de la misma, “se llena del Espíritu
Santo”. Con la Visitación de la Virgen, las personas reciben el Espíritu Santo.
Lo otro que acontece con la Visitación de la Virgen es la
alegría, que es lo que le sucede al niño por nacer Juan el Bautista: “en cuanto
oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno”. No se trata
de un movimiento intra-uterino, de los que realizan los niños normalmente; esto
habría sido bien diferenciado por Santa Isabel. Se trata de una relación de
causa y efecto entre la voz de la Virgen, escuchada por Juan el Bautista, y su
alegría: salta verdaderamente de alegría en el seno de su madre, Santa Isabel,
cuando escucha a la Virgen; “(…) en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó
de gozo el niño en su seno”.
Presencia del Espíritu Santo y santa alegría de Dios, ésos
son los efectos que produce la Visitación de la Virgen, cuando llega a un
lugar. Abrámosle a la Virgen, de par en par, las puertas de nuestros corazones,
para que su Visita nos llene del Espíritu Santo y nos colme con la santa
alegría de Dios.
martes, 22 de mayo de 2018
Nuestra Señora de la Eucaristía trae al alma la verdadera alegría
Dice uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos,
Aristóteles, que el hombre, naturalmente, desea ser feliz. Es decir, todo
hombre, independientemente de su raza, de su edad, de su ocupación, de su
estado de vida, desde que nace, hasta que muere, desea ser feliz. El deseo de
felicidad es como un “sello” espiritual con el que nace cada hombre que viene a
este mundo. A su vez, San Agustín, citando a Aristóteles, afirma que es verdad
que todo hombre desee ser feliz, pero el problema está en que se busca la
felicidad en donde esta no se encuentra. El ser humano, enceguecido por el
pecado original, piensa que la felicidad, la alegría de su corazón, está en los
placeres del mundo, en los bienes materiales, en el dinero, en la fama, en el
poder, y por eso dedica su vida a obtener esto que él considera que es lo que
lo hará feliz. Sin embargo, nada de estas cosas mundanas puede darnos la
felicidad. El hombre puede tener todo el dinero, toda la fama, todo el poder,
pero jamás será feliz, porque todo el dinero del mundo, toda la fama y todo el
poder del mundo, comparados con la sed de felicidad que tiene el hombre, es
igual a intentar rellenar un abismo con un grano de arena. El abismo es nuestra
alma y su deseo de felicidad; el grano de arena es todo el oro del mundo, toda
la fama y todo el poder y todos los placeres mundanos. Es imposible que eso nos
dé felicidad.
Si estas cosas no dan felicidad, ¿dónde encontrar la
verdadera felicidad?
Encontraremos la respuesta en el episodio de la Visitación
de la Virgen a su prima Santa Isabel. Cuando la Virgen llega, Santa Isabel y su
hijo Juan el Bautista, que está en su seno, “se llenan del Espíritu Santo” y
sus almas se colman de alegría por la presencia de la Virgen y hasta tal punto,
que el niño Juan el Bautista “salta de alegría” en el seno materno de Isabel,
cuando escucha la voz de la Virgen. Se trata de una alegría que no es causada
por las cosas del mundo, sino por la presencia de la Virgen. ¿Por qué? Porque la
Virgen, en sí misma, es la creatura más hermosa y pura que pueda existir y su
sola presencia llena de alegría al alma, pero con la Visita de la Virgen se
agregan otras dos causas de la verdadera alegría: con la Virgen viene Jesús –que
para nosotros, los católicos, está en la Eucaristía- y Jesús, que es Dios,
sopla el Espíritu Santo sobre el alma de los que lo reciben en la Eucaristía,
comulgando en gracia, con fe y con amor.
Una
vez que está Jesús Eucaristía en el alma, con su Presencia Él sacia por
completo la sed de felicidad, de amor, de paz, que tiene el alma, una sed que
solo puede ser llenada con Dios, que es “Alegría infinita”, como dice Santa
Teresa de los Andes, además de ser el Amor y la Paz en sí mismos. Con Jesús
Eucaristía, ese abismo de deseo de felicidad que es nuestra alma queda
extra-colmado y saciado y ya no desea ninguna otra cosa más en el mundo.
Como Santa Isabel y Juan el Bautista, recibamos a la Virgen,
Nuestra Señora de la Eucaristía, no solo exteriormente, sino ante todo
interiormente; abrámosle las puertas de nuestros corazones y dejemos que
ingrese la Virgen y Ella traerá a nuestras vidas a Jesús Eucaristía y con Jesús
Eucaristía vendrá el Espíritu Santo, que colmará nuestros corazones con la Verdadera
Alegría.
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