lunes, 26 de agosto de 2013

Pequeña semblanza de un gran sacerdote: el P. Gandur


         Es difícil resumir, en pocas palabras, las interminables virtudes del P. Gandur, sobre todo en la etapa final de su vida, en los tres últimos meses de vida: su mansedumbre, su paciencia, su entrega cristiana, su ofrecimiento a Cristo por los propios pecados y “por los del mundo entero” –como decía con la vista fija en la imagen de Jesús Misericordioso-, su buen humor, su ánimo sereno… Nunca se quejó, a pesar de las innumerables molestias e incomodidades producidas por la situación de su enfermedad. Tuvo pocos días de dolor muy intenso –comenzaron el 25 de junio, el día antes de San Josemaría-, pero nunca se quejó. Se mostraba agradecido con los médicos y las enfermeras y se sometía dócilmente a los tratamientos, sin quejarse nunca por las continuas interrupciones del sueño, producto de la actividad propia de un hospital. Esto se vio de modo particular en el día a día de la internación, puesto que todos los días debían extraerle sangre para análisis de laboratorio, y además debían punzarle un dedo para la prueba de la glucemia, y a pesar de lo que esto significa, nunca dijo una palabra de queja o fastidio, ni nada parecido.
Hasta que le fue posible, trabajó en la redacción de sus artículos para el semanario “Cristo Hoy” y la revista “Adoradores”, como así también para el periódico “La Gaceta”. Me pedía que buscara textos sobre la fe y también el pensamiento del Papa Francisco sobre la fe.
Continuamente pedía que le leyera noticias sobre el Santo Padre, para lo cual consultábamos algunos sitios, como ACIPrensa. Siguió todas las JMJ de Río, quedando particularmente impresionado por la Adoración Eucarística presidida por el Santo Padre. También pedía noticias de la Obra y pensamientos espirituales del Prelado. Pedía a los demás que rezáramos al Beato Álvaro del Portillo, pidiéndole por su curación.
Celebró la Santa Misa hasta el día anterior a su muerte, siempre lo hizo con gran devoción. Hasta que fue posible, se sentaba en un sillón contiguo a la cama, para celebrarla desde ahí, y pedía siempre el alba. Cuando empezó el estado de postración permanente, y ya no le fue posible sentarse y colocarse el alba, concelebró desde la cama, solo con la estola.
Rezaba el Rosario todos los días -incluso el día antes de morir-, al igual que la Liturgia de las Horas (esto último no lo hizo en sus últimos días, a causa de la creciente disnea, lo cual le impedía tanto el leer como el concentrarse).
Celebrábamos casi siempre la Misa por enfermos, y en la Liturgia de las Horas pedía por su recuperación, para poder reintegrarse a sus funciones como Párroco.
Conservó hasta el fin la esperanza de curarse, para poder seguir al frente de  la Parroquia, un deseo que lo expresó varias veces. Recordaba siempre con gran afecto y simpatía a todos sus parroquianos y con frecuencia preguntaba por ellos.
El día anterior a morir se persignó repetidas veces, de modo solemne, trazando una señal grande de la Cruz sobre sí. Se lo observaba concentrado, en oración.
Cuando se llevaron las imágenes de Nuestra Señora de la Eucaristía y Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás, bajo la ventana de la habitación del sanatorio en el que estaba internado, se quedó asombrado, y si bien al final de la oración de la Coronilla que hicieron los fieles les dio la bendición, mientras se rezaba la Coronilla mostraba una cara de asombro, como si viera algo que lo maravillaba, pero que nosotros no podíamos ver.
         Celebró su última Misa el día de María Reina.
Su última bendición fue a un niño de doce años, quien meses antes había manifestado su deseo de ser sacerdote.
Sus últimas palabras:
En la terapia del Hospital Austral, luego de salir de su cirugía en la cual drenaron el empiema pleural, me dijo: “Me vas a ayudar a bien morir”.
Luego de un episodio de convulsión, una semana antes de la muerte, me pidió que le diera la unción de los enfermos, y preguntó si tenía puesto el Escapulario de Nuestra Señora del Carmen (me aseguré de que siempre tuviera puesto el Escapulario y le administré la unción de los enfermos).
         Contemplando la imagen de Jesús Misericordioso, que tenía enfrente de su cama: “Ofrezco mi enfermedad en reparación por mis pecados y los del mundo entero”.
Dos días antes de morir dijo para sí mismo: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, que es la cita del Salmo 22 por parte de Jesús antes de morir (Mt 27, 46) y la cuarta palabra de la Cruz. Precisamente, murió mientras el P. Horacio Gómez recitaba este Salmo, por lo cual podemos decir que entró en el cielo cantando salmos.
Su última palabra fue: “Dame agua”, lo cual recuerda la quinta palabra de Jesús en la Cruz: “Tengo sed” (Jn 19, 28).
Además de sus virtudes humanas y sobrenaturales, sus dos grandes legados son su gran amor a la Eucaristía, concretado en el Oratorio de Adoración Eucarística “Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús” y su amor a la Virgen, manifestado ante todo en la devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía, quien se dio a conocer a través del P. Gandur, en un modo que recuerda mucho a Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás (la imagen original de Nuestra Señora de la Eucaristía estuvo guardada y olvidada en el armario de una casa de familia por espacio de quince años; cuando la dueña de la imagen, que no conocía al Padre Gandur –ni él a ella- acompañó a una amiga que quería que el P. Gandur le bendijera agua, el Padre le dijo a la señora dueña de la imagen que ella “tenía en su casa una imagen de la Virgen”, describiéndole las características de la imagen, incluidas las uvas que el Niño lleva entre sus brazos. Al principio, la señora no sabía de qué estaba hablando el Padre, hasta que recordó que la tenía en su armario, fue a buscarla, y se la trajo al Padre, quien le puso el nombre de “Nuestra Señora de la Eucaristía”, y le dijo que quería ser venerada públicamente en las Iglesias, y que la Virgen se había manifestado para preparar los corazones de los futuros adoradores del Oratorio de Adoración Eucarística. De hecho, esto sucedió dos años antes de la inauguración del Oratorio. A mí me dijo que él no vio ninguna imagen, es decir, no tuvo ninguna visión de la Virgen, pero sí supo, de alguna manera, cómo era la imagen, y así la pudo describir. Cuando vio la original, dijo que él pensaba que era más grande).
Conclusión
Nuestro querido Padre Gandur ya no está entre nosotros; ya no está en este “valle de lágrimas”, pero desde ahora y para siempre está en la eterna alegría de la Casa del Padre, y contempla en el cielo, cara a cara, a Jesús, a Aquel a quien en la tierra adoró oculto tras la apariencia de pan; ahora y para siempre se alegra por la presencia y visión de su Madre amantísima, María, a quien honró y amó en esta vida con todo su corazón, particularmente bajo la devoción de “Nuestra Señora de la Eucaristía”. Que desde el cielo interceda por nosotros, para que algún día podamos compartir con él su eterna alegría, la alegría de la contemplación de Jesús y María.
Padre Álvaro Sánchez Rueda.


miércoles, 13 de marzo de 2013


Os anuncio un gran gozo:
Tenemos Papa:


El argentino Jorge Mario Bergoglio es el nuevo papa, Francisco I


el eminentísimo y reverendísimo Señor,
Don Jorge Mario,
Cardenal de la Santa Iglesia Romana,
que se ha impuesto el nombre de
Francisco 

Junto a Su Santidad Benedicto XVI,
prometemos al nuevo Vicario de Cristo
"reverencia y obediencia incondicional"

lunes, 11 de febrero de 2013





¡Te agradecemos de todo corazón, Santo Padre Benedicto XVI, tu servicio a la Santa Madre Iglesia! ¡Que el Espíritu Santo suscite un sucesor con tu misma fe, sabiduría y caridad!

martes, 18 de diciembre de 2012

Aunque padezcan turbulencias de amargura, torrentes de dolor, no os alejéis del Corazón del Padre


"Mis hijos:
Aunque padezcan turbulencias de amargura, torrentes de dolor, NO OS ALEJÉIS DEL CORAZÓN DEL PADRE.
Él os sostiene desde el dolor.
No os dejéis abatir, entregaos a la BONDAD y MISERICORDIA y encontraréis consuelo y serenidad".

"Permítenos, Señor, conocerte, amarte y seguirte y, aunque nos falten las fuerzas, PERMANECE EN NOSOTROS Y AMPÁRANOS, PADRE NUESTRO.
DANOS TU BENDICIÓN y condúcenos por tu generosa Bondad a Vuestro Corazón, para que desde Él obremos según tu Santa Voluntad. Amén".

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Reflejad Mi Amor y contagiad la alegría de ser hijos predilectos



Mis hijos: 
Vivid acorde a las enseñanzas que provienen de lo auténtico y puro de la gloriosa Vida eterna.
Llevad Mi Luz, Mis hijos, la Luz que permanece en los mansos y humildes.
Reflejad todo mi amor que enciende a quienes lo reciben, y contagiad la alegría de ser hijos predilectos.
Llevad siempre vuestra mirada al Cielo y comprenderéis que sólo de él nace el verdadero Amor que serena y da paz.
Os bendigo. Amén.

martes, 30 de octubre de 2012

Nuestra Señora de la Eucaristía y la Santa Misa



         Toda devoción mariana tiene una característica y un mensaje particular, que se deriva de diversos factores o elementos, como la geografía, el lugar de la aparición, la localidad de donde es patrona, el nombre mismo de la Virgen, etc. Pero también toda devoción mariana tiene un mensaje universal, que está comprendido en todas y cada una de sus advocaciones.
         Así, por ejemplo, en la devoción a Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás, el mensaje central de esta devoción es el pedido del rezo del Santo Rosario por parte del pueblo fiel; en la advocación de la Virgen como “Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa”, el mensaje central de la devoción es el aumento de la confianza en la Virgen María como “Medianera de todas las gracias”, puesto que, por disposición divina, puede conseguir cualquier gracia necesaria para la salvación eterna; en la devoción a la Virgen, en su advocación como “María Rosa Mística”, el mensaje central es el pedido de oración, sacrificios y reparación, por los pecados de los hombres, pero sobre todo de los consagrados cuyos pecados, por su misma condición de consagrados, adquieren una gravedad especial; en las apariciones de Nuestra Señora de Fátima, el mensaje central posee múltiples características: rezo del Rosario, sacrificios, penitencia, advertencia del peligro real de la condenación en el infierno, adoración a Jesús, presente en el Santísimo Sacramento del altar. Así podríamos seguir, indefinidamente, con cada devoción mariana, y en cada una encontraríamos un mensaje particular, que la diferencia de las demás.
         En el caso de la Virgen de la Eucaristía, el mensaje central está relacionado con la devoción y el amor a la Santa Misa y, por el hecho de que se manifestó un 30 de octubre, vísperas de Halloween, con la adoración eucarística reparadora, teniendo en cuenta el origen explícitamente satánico de esta festividad pagana.
        Un aspecto de la devoción a la Virgen de la Eucaristía entonces, es la de la adoración eucarística reparadora, por el motivo mencionado: su día se celebra el día antes de Halloween, fiesta pagana y satánica en la que se cometen los más abominables sacrilegios contra la Eucaristía. La Virgen de la Eucaristía quiere que honremos, amemos, adoremos, a su Hijo Jesús, por todos aquellos que no aman, ni esperan, ni adoran, y sobre todo por aquellos que lo ultrajan en su Presencia eucarística.
         El devoto de la Virgen de la Eucaristía, por lo tanto, debe caracterizarse por estos dos aspectos: la devoción a la Santa Misa y el amor a la Eucaristía, manifestado en la adoración eucarística reparadora.
         Ahora bien, ser devoto de la Virgen de la Eucaristía no quiere decir simplemente asistir a Misa cotidianamente y comulgar, para continuar la vida, después de la Misa, de modo rutinario, inmersos en el mundo; no es esto lo que la Virgen nos pide a través de su devoción, porque la asistencia a la Santa Misa implica algo muchísimo más sacrificado que el caminar y dirigir los pasos hacia el templo en donde se celebra la Misa; implica algo más laborioso que simplemente estar presente físicamente en el lugar en donde se celebra la Santa Misa; ser devotos de la Virgen de la Eucaristía implica un esfuerzo físico y espiritual que ni remotamente se agota en la preparación de las andas de la Virgen, la procesión, las oraciones, los cantos.
         La devoción a la Virgen de la Eucaristía implica el empeño de todo el ser metafísico, de todo el acto de ser de la persona; es decir, implica la puesta en acto de todas las potencialidades, sobre todo espirituales, de la persona, porque implica la participación consciente y activa a la Santa Misa, la cual no es una celebración religiosa piadosa más, como tantas otras que se realizan en otras sociedades religiosas: la Santa Misa es la renovación sacramental del único sacrificio del Calvario; es la Presencia de Jesús, el Hombre-Dios, en el misterio de su redención, que actualiza su sacrificio redentor por medio de la liturgia sacramental; es la actuación, en el tiempo y en el espacio, por medio de la liturgia eucarística de la Iglesia, del sacrificio en Cruz del Salvador, sacrificio por el cual Cristo Dios derrota definitivamente a los tres grandes enemigos del hombre: el demonio, el mundo y el pecado; es la actualización de la ofrenda sacrificial agradable al Padre, el Cordero del sacrificio, que se inmola en la Cruz y se eleva a los cielos como Hostia Santa y Pura.
         Y porque la Misa es este misterio inefable, incomprensible, inagotable, el devoto a la Virgen de la Eucaristía no puede asistir a la Misa como quien asiste a una mera celebración religiosa; debe asistir con la intención de ofrecerse, él mismo, con todo su acto de ser, con toda su alma, con todo su cuerpo, con toda su historia personal, con su pasado, su presente y su futuro, como víctima de la Divina Justicia y de la Divina Misericordia, unido a la Víctima por excelencia, Jesús de Nazareth; y si se ofrece como víctima junto a la Víctima, debe vivir las bienaventuranzas y llevar la Cruz de todos los días, sin quejas ni amarguras, para ser crucificado junto a Jesús.
        
         Quien no asista a la Santa Misa con esta disposición del alma, no puede considerarse verdadero devoto de Nuestra Señora de la Eucaristía. Si alguien se encuentra en esa situación, la de descubrirse como devoto meramente externo de la Virgen, puede pedir la gracia de asistir a la Santa Misa como víctima para ser ofrecida junto a la Víctima Inocente, Cristo Jesús, con la certeza de que la Virgen, como Madre amorosa que es, se la concederá.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía 9



             La Virgen de la Eucaristía, prefiguración del sacerdocio ministerial
         En la imagen, la Virgen aparece sosteniendo al Niño con su brazo izquierdo, mientras que con el otro, al tiempo que lo señala, le ayuda al Niño a sostener el racimo de uvas.
         Este gesto de la Virgen nos indica dos cosas: por un lado, no es una madre más que sostiene a su niño pequeño: es la Virgen María, la Madre de Dios, en cuyos brazos descansa nada menos que Dios Hijo, el Creador de cielos y tierra, el Dios de majestad infinita, al que los cielos no pueden contener en su inmensa gloria. De esto se ve el inmenso poder de María Santísima, poder que pasa desapercibido al contemplar su imagen, pues se cree que es una mujer que lleva a su hijo y nada  más, pero cuya verdadera dimensión surge cuando se considera que ese Niño al que lleva la Virgen, es nada menos que Dios Hijo en Persona. ¡Cuánto poder y cuánta fuerza tiene la Virgen María, para llevar en sus brazos al Hijo de Dios, y al mismo tiempo, cuánta ternura en su Corazón Inmaculado, para que todo un Dios se digne descansar entre sus brazos! Con razón María es llamada “Sagrario Viviente”, “Tabernáculo de Dios Altísimo”, “Custodia Purísima y viviente del Señor Jesús”.
         Debido a que la Virgen es Madre y Modelo de la Iglesia, esta actitud suya de llevar al Niño en sus brazos, y el hecho de ser llamado “Sagrario Viviente”, prefiguran al sacerdocio ministerial: al igual que la Virgen, el sacerdote lleva en sus manos al Hijo de Dios, cuando lo eleva en la ostentación eucarística, luego de la consagración y, al igual que la Virgen, el sacerdote se convierte en una Custodia viviente, cuando después de la consagración exhibe, para su adoración, la Eucaristía recién consagrada.
         Todo cristiano está llamado, del mismo modo a como la Virgen lleva a su Hijo Jesús entre sus brazos, a llevar a Jesús Eucaristía en el corazón, y todo cristiano está llamado a convertirse, por la gracia santificante y la comunión eucarística, en sagrario y custodia viviente del Cordero de Dios.
         La otra reflexión a la que nos lleva la imagen, es el gesto de ayudar a sostener, con su brazo derecho, las uvas, pero si nos fijamos bien, al mismo tiempo, nos está señalando a su Hijo, y esto nos recuerda su intervención en las Bodas de Caná, cuando dice a los servidores: “Hagan lo que Él les diga”.
         Quien se acerca a María, recibe a Jesús y a sus dones, como los servidores de Caná: al obedecer la orden de la Virgen, obtuvieron como recompensa un milagro maravilloso, la conversión del agua en vino.
         Quien se acerca a la Iglesia, recibe a Jesús en la Eucaristía; quien obedece a la Iglesia, en su mandato de asistir a Misa los domingos, obtiene como recompensa un milagro maravilloso, la conversión de su corazón, de tinaja de arcilla vacía, en cáliz de oro que alberga la Sangre del Cordero de Dios.
         Intención para el día 9 de la Novena
         Nuestra Señora de la Eucaristía, concédenos la gracia de la conversión del corazón, de tinaja de arcilla vacía, en cáliz de oro que albergue la Sangre de tu Hijo Jesús.