lunes, 14 de agosto de 2023

Solemnidad de la Asunción de María Santísima

 


          La Iglesia Católica celebra la Asunción de María Santísima, queriendo significar con esto que la Madre de Dios no murió sino que, en el momento en que debía partir de este mundo al otro, la Virgen se durmió -por esta razón en las iglesias orientales esta solemnidad se llama “Dormición de la Virgen”- y fue ascendida, en cuerpo y alma, al cielo. En su asunción, la gracia que colmaba su alma -la Virgen es llamada “Llena de gracia”- se comunicó a su cuerpo, convirtiéndolo de un cuerpo mortal y terrestre en un cuerpo celestial, glorioso, lleno de la gloria de Dios. En otras palabras, la Virgen no murió, es decir, su alma nunca se separó de su cuerpo y como su alma estaba colmada de la gracia divina, esta gracia se convirtió en gloria divina al ser asunta al cielo.

          Fueron los ángeles quienes, por orden del Rey de los ángeles, Nuestro Señor Jesucristo, llevaron al cielo a la Virgen en cuerpo y alma y al llegar al cielo, la Virgen ya estaba glorificada en cuerpo y alma. Esto sucedió porque Jesucristo no solo preservó a su Madre de la mancha original -la Virgen es la Inmaculada Concepción-, sino que también quiso preservarla de la corrupción de la muerte, de manera que la Virgen no murió, su alma no se separó de su cuerpo y la gracia de su alma se derramó sobre el cuerpo, glorificándolo. De esta manera, la Virgen se durmió con un cuerpo terreno y al despertar, despertó en el cielo, con su cuerpo y alma glorificados, siendo transportada por los ángeles y recibida por su Hijo Jesucristo en Persona.

          La Asunción de la Virgen María es un signo de esperanza para quienes somos sus hijos, los bautizados en la Iglesia Católica, de que, si perseveramos en la fe, en las buenas obras y en la gracia hasta el momento de nuestra muerte, también seremos glorificados en el cielo y esto es un deseo de la Virgen, porque la Madre quiere que donde esté Ella, allí estén sus hijos. Al recordarla en el día en que la Virgen su Asunta en cuerpo y alma a los cielos, le pidamos a la Virgen que, siendo nosotros sus hijos, interceda ante su Hijo Jesús para que obtengamos la gracia invalorable de ser llevados al cielo en el momento de nuestra muerte, para adorar junto con Ella a Nuestro Señor Jesucristo, el Cordero de Dios, por toda la eternidad.

sábado, 12 de agosto de 2023

Reseña sobre el Padre Jorge Gandur 150623

 

Reseña sobre el Padre Jorge Gandur 150623

Podríamos clasificar a los recuerdos sobre el Padre Gandur en dos grandes grupos: el primero, al que podemos llamarlo “Recuerdos recientes” y se refieren a cómo lo recuerdo al Padre Gandur ahora, en este momento; el segundo grupo, podemos clasificarlo como “Recuerdos antiguos”, ya que se trata de hechos relativos al Padre Gandur sobre todo en los últimos días de su enfermedad y los llamo así porque si no hubiera hecho una reseña casi inmediatamente después de su fallecimiento, con toda seguridad, hoy no los recordaría.

Parte I-En el primer grupo, podemos subdividirlo en recuerdos como persona, como sacerdote y como sufriente.

         A-Como persona.

En lo personal, tengo que decir que en su aspecto como ser humano era excepcional, enormemente caritativo: sin pedirme mayores explicaciones, bastó con que le explicara brevemente mi situación, porqué me encontraba en Tucumán y no en San Rafael, Mendoza, y me recibió con los brazos abiertos en un momento muy difícil para mí -yo estaba con migraña crónica, tenía a mi madre gravemente enferma-, además de esta recepción inmensamente generosa en lo afectivo, moral, espiritual -podríamos decir que obró las obras de misericordia espirituales conmigo-, pero también me ayudó en el aspecto material -es decir, también recibí del Padre Gandur las obras de misericordia materiales-: me brindó un techo, un sueldo, me permitió trabajar a mis anchas como sacerdote y debo decir que aprendí de él muchos aspectos en lo sacerdotal, como la oración, por ejemplo; me permitió desplegar mi sacerdocio, me enseñó a rezar más y mejor que lo que hacía yo, al tener un oratorio vecino a su habitación, me prestaba el oratorio para que yo pudiera rezar, leer, escribir. Me apoyó en un aspecto particular, que era el de escribir, me brindó todas las facilidades para que me pudiera desenvolver en el sacerdocio. Pero, sobre todo, me brindó su amistad, su confianza, me pedía que corrigiera ortográficamente sus sermones. Era muy austero, tenía muy buen humor, muy buen trato con las personas, levantaba el ánimo con sus ocurrencias -jamás nada incorrecto-, estar con él era como estar con un amigo, con un padre, que acompaña aun en los momentos difíciles. Sabía cómo, sutilmente, bajarnos del pedestal en el que nosotros o la gente nos suele poner, equivocadamente, por supuesto. Así, una vez que alguien le decía algo así como que “apreciaba mucho la misa del padre Álvaro”, él decía: “¡Bah! ¡A la gente siempre le gusta la novedad!”. Otra broma que solía hacer era decir que yo ponía a propósito el ventilador, para que la casulla flameara y así diera la impresión de que levitaba y que esto yo lo hacía a propósito. También hacía bromas como la siguiente: cuando algo salía bien, por el motivo que sea, decía en voz alta: “¡Ahh! ¿Quién? ¿Quién?”, como diciendo -por supuesto que en tono de broma- que era mérito suyo.

         B-Como sacerdote.

Amaba enormemente a la Iglesia Universal, estaba siempre al tanto de lo que sucedía en la Iglesia y también amaba a la Iglesia particular, a la parroquia de Nuestra Señora de la Caridad. Me impresionó mucho la dedicación que ponía para mejorar siempre a la Iglesia, sobre todo el altar y el sagrario, tenía un muy buen gusto estético y arquitectónico. También me llamaba la atención la forma sutil que tenía para conseguir cosas para la Iglesia, al estilo, por ejemplo, de “Usted a este candelabro ya no lo usa, ¿verdad?” y lo conseguía todo para la Iglesia, nada para él.

Me enseñó a amar a la Virgen, rezábamos la piadosa devoción de la “Romería”, que consiste en el rezar el Rosario de ida a la imagen de la Virgen, uno frente a la imagen y otro al regresar. Él me enseñó esta práctica piadosa, que yo no la conocía.

         El centro de su vida era la Eucaristía, dio su apoyo incondicional a la devoción de Nuestra Señora de la Eucaristía primero y al Oratorio de Adoración Eucarística después. Sostenía que la devoción de Nuestra Señora de la Eucaristía había comenzado en Yerba Buena para preparar los corazones para el Oratorio de Adoración Eucarística. Cuando la señora María Victoria Herrera consiguió una hermosa imagen de la Virgen de la Eucaristía, a la cual la hizo construir y traer desde Buenos Aires, la colocó entre el altar y el sagrario.

         Cuando le presenté el proyecto bautizado por mí “NACER” -acrónimo de “Niños y Adolescentes Adoradores de Cristo Eucaristía”-, pensado para acercar a los niños y jóvenes a Jesús Eucaristía, estuvo de acuerdo con el proyecto y me permitió llevarlo a cabo, haciendo una excepción al silencio propio del Oratorio, porque en las adoraciones en donde los catequistas de la Caridad llevaban a los niños, las adoraciones eran más breves y guiadas. El Padre Gandur entonces estuvo de acuerdo con este proyecto, me apoyó y permitió la excepción de la adoración guiada para niños y jóvenes.

         C-Como sufriente.

Nunca una queja, nunca un gesto de fastidio, nunca preguntar “¿Por qué a mí?”, como suele suceder. No dejó de celebrar la Santa Misa -cuando se podía, obviamente, que era en la habitación-, tampoco de rezar la Liturgia de las Horas y mucho menos el Santo Rosario.

Parte II-En el segundo grupo de recuerdos, relativos a su última etapa en vida, están los recuerdos relativos sobre todo a su internación y a sus últimas horas.

Pequeña semblanza de un gran sacerdote: el P. Gandur[1]

Es difícil resumir, en pocas palabras, las interminables virtudes del P. Gandur, sobre todo en la etapa final de su vida, en los tres últimos meses de vida: su mansedumbre, su paciencia, su entrega cristiana, su ofrecimiento a Cristo por los propios pecados y “por los del mundo entero” –como decía con la vista fija en la imagen de Jesús Misericordioso-, su buen humor, su ánimo sereno… Nunca se quejó, a pesar de las innumerables molestias e incomodidades producidas por la situación de su enfermedad. Tuvo pocos días de dolor muy intenso –comenzaron el 25 de junio, el día antes de San Josemaría-, pero nunca se quejó. Se mostraba agradecido con los médicos y las enfermeras y se sometía dócilmente a los tratamientos, sin quejarse nunca por las continuas interrupciones del sueño, producto de la actividad propia de un hospital. Esto se vio de modo particular en el día a día de la internación, puesto que todos los días debían extraerle sangre para análisis de laboratorio, y además debían punzarle un dedo para la prueba de la glucemia, y a pesar de lo que esto significa, nunca dijo una palabra de queja o fastidio, ni nada parecido.

Hasta que le fue posible, trabajó en la redacción de sus artículos para el semanario “Cristo Hoy” y la revista “Adoradores”, como así también para el periódico “La Gaceta”. Me pedía que buscara textos sobre la fe y también el pensamiento del Papa Francisco sobre la fe.

Continuamente pedía que le leyera noticias sobre el Santo Padre, para lo cual consultábamos algunos sitios, como ACIPrensa. Siguió todas las JMJ de Río, quedando particularmente impresionado por la Adoración Eucarística presidida por el Santo Padre. También pedía noticias de la Obra y pensamientos espirituales del Prelado. Pedía a los demás que rezáramos al Beato Álvaro del Portillo, pidiéndole por su curación.

Celebró la Santa Misa hasta el día anterior a su muerte, siempre lo hizo con gran devoción. Hasta que fue posible, se sentaba en un sillón contiguo a la cama, para celebrarla desde ahí, y pedía siempre el alba. Cuando empezó el estado de postración permanente, y ya no le fue posible sentarse y colocarse el alba, concelebró desde la cama, solo con la estola.

Rezaba el Rosario todos los días -incluso el día antes de morir-, al igual que la Liturgia de las Horas (esto último no lo hizo en sus últimos días, a causa de la creciente disnea, lo cual le impedía tanto el leer como el concentrarse).

Celebrábamos casi siempre la Misa por enfermos, y en la Liturgia de las Horas pedía por su recuperación, para poder reintegrarse a sus funciones como Párroco.

Conservó hasta el fin la esperanza de curarse, para poder seguir al frente de  la Parroquia, un deseo que lo expresó varias veces. Recordaba siempre con gran afecto y simpatía a todos sus parroquianos y con frecuencia preguntaba por ellos.

El día anterior a morir se persignó repetidas veces, de modo solemne, trazando una señal grande de la Cruz sobre sí. Se lo observaba concentrado, en oración.

Cuando se llevaron las imágenes de Nuestra Señora de la Eucaristía y Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás, bajo la ventana de la habitación del sanatorio en el que estaba internado, se quedó asombrado, y si bien al final de la oración de la Coronilla que hicieron los fieles les dio la bendición, mientras se rezaba la Coronilla mostraba una cara de asombro, como si viera algo que lo maravillaba, pero que nosotros no podíamos ver.

         Celebró su última Misa el día de María Reina.

Su última bendición fue a un niño de doce años, quien meses antes había manifestado su deseo de ser sacerdote.

Sus últimas palabras:

En la terapia del Hospital Austral, luego de salir de su cirugía en la cual drenaron el empiema pleural, me dijo: “Me vas a ayudar a bien morir”.

Luego de un episodio de convulsión, una semana antes de la muerte, me pidió que le diera la unción de los enfermos, y preguntó si tenía puesto el Escapulario de Nuestra Señora del Carmen (me aseguré de que siempre tuviera puesto el Escapulario y le administré la unción de los enfermos).

         Contemplando la imagen de Jesús Misericordioso, que tenía enfrente de su cama: “Ofrezco mi enfermedad en reparación por mis pecados y los del mundo entero”.

Dos días antes de morir dijo para sí mismo: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, que es la cita del Salmo 22 por parte de Jesús antes de morir (Mt 27, 46) y la cuarta palabra de la Cruz. Precisamente, murió mientras el P. Horacio Gómez recitaba este Salmo, por lo cual podemos decir que entró en el cielo cantando salmos.

Su última palabra fue: “Dame agua”, lo cual recuerda la quinta palabra de Jesús en la Cruz: “Tengo sed” (Jn 19, 28).

Además de sus virtudes humanas y sobrenaturales, sus dos grandes legados son su gran amor a la Eucaristía, concretado en el Oratorio de Adoración Eucarística “Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús” y su amor a la Virgen, manifestado ante todo en la devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía, quien se dio a conocer a través del P. Gandur, en un modo que recuerda mucho a Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás (la imagen original de Nuestra Señora de la Eucaristía estuvo guardada y olvidada en el armario de una casa de familia por espacio de quince años; cuando la dueña de la imagen, que no conocía al Padre Gandur –ni él a ella- acompañó a una amiga que quería que el P. Gandur le bendijera agua, el Padre le dijo a la señora dueña de la imagen que ella “tenía en su casa una imagen de la Virgen”, describiéndole las características de la imagen, incluidas las uvas que el Niño lleva entre sus brazos. Al principio, la señora no sabía de qué estaba hablando el Padre, hasta que recordó que la tenía en su armario, fue a buscarla, y se la trajo al Padre, quien le puso el nombre de “Nuestra Señora de la Eucaristía”, y le dijo que quería ser venerada públicamente en las Iglesias, y que la Virgen se había manifestado para preparar los corazones de los futuros adoradores del Oratorio de Adoración Eucarística. De hecho, esto sucedió dos años antes de la inauguración del Oratorio. A mí me dijo que él no vio ninguna imagen, es decir, no tuvo ninguna visión de la Virgen, pero sí supo, de alguna manera, cómo era la imagen, y así la pudo describir. Cuando vio la original, dijo que él pensaba que era más grande).

Conclusión

Nuestro querido Padre Gandur ya no está entre nosotros; ya no está en este “valle de lágrimas”, pero desde ahora y para siempre está en la eterna alegría de la Casa del Padre, y contempla en el cielo, cara a cara, a Jesús, a Aquel a quien en la tierra adoró oculto tras la apariencia de pan; ahora y para siempre se alegra por la presencia y visión de su Madre amantísima, María, a quien honró y amó en esta vida con todo su corazón, particularmente bajo la devoción de “Nuestra Señora de la Eucaristía”. Que desde el cielo interceda por nosotros, para que algún día podamos compartir con él su eterna alegría, la alegría de la contemplación de Jesús y María.

Padre Álvaro Sánchez Rueda.

 

lunes, 12 de octubre de 2020

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía - Día Nueve - Octubre 2020

 



Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, te aman” (tres veces)-

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Meditación.

          Un elemento esencial en la devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía es la reparación. ¿Qué clase de reparación? Ante todo, es una reparación por los pecados, ofensas, blasfemias y sacrilegios cometidos contra la Eucaristía. En efecto, quien ama a la Virgen de la Eucaristía, ama a la Eucaristía, porque no se puede amar a la Madre sin amar al Hijo, como no se puede amar al Hijo, sin amar a la Madre. En el amor a Nuestra Señora de la Eucaristía está comprendido, entonces, el amor al Santísimo Sacramento del altar y este amor se demuestra, de manera primordial en esta devoción, reparando por quienes no aman la Presencia Eucarística del Hijo de Dios. Quien ama a Nuestra Señora de la Eucaristía, ama a la Hostia consagrada y una forma de demostrar, de modo efectivo, ese amor, es reparando, con actos de amor a Cristo Eucarístico, por quienes no solo no aman, sino que ofenden, desprecian u odian incluso la Presencia sacramental de la Segunda Persona de la Trinidad en la Eucaristía. La devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía implica entonces, esencialmente, el amor a la Virgen, en cuanto Madre de la Eucaristía y el amor al Santísimo Sacramento del altar, en cuanto que la Eucaristía es Jesús, el Hijo de Dios y el Hijo de la Virgen, que está Presente en Persona en la Hostia consagrada. Este amor de reparación eucarístico lo puede ejercer el devoto de Nuestra Señora de la Eucaristía en cualquier época del año, pero hay una época en donde ese amor reparador eucarístico debe ser más intenso y es en los días previos a la celebración satánica y ocultista por excelencia, la celebración demoníaca llamada “Halloween”. En esa festividad, no solo se celebra y se adora al Demonio, sino que se celebra al Infierno todo y a sus habitantes, los demonios y las almas condenadas; una muestra de esto es que en esta festividad, pagana y demoníaca, es el momento del año en el que mayor cantidad de profanaciones eucarísticas se producen y es cuando más se celebran las misas negras o anti-misas o misas satánicas. Por esta razón, el devoto de Nuestra Señora de la Eucaristía debe reparar, amar y adorar a la Eucaristía en todo tiempo del año, porque en todo tiempo del año se ofende a Jesús Eucaristía, pero sobre todo debe hacerlo en los días previos a Halloween y el día mismo de Halloween, que es cuando más se ofende a Jesús Eucaristía. El amor reparador eucarístico es la esencia de la devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía.

          Oración final: Un Padrenuestro, Diez Avemarías, un Gloria.

 

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía - Día Ocho - Octubre 2020

 



Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Meditación.

          Si viéramos a la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía sin los ojos de la fe, nos parecería que se trata de una madre, joven y orgullosa de su hijo, que quiere compartir a su niño con el circunstante que se encuentra delante de ellos, ya que la Virgen se encuentra en actitud de dar al Niño Dios, es decir, de pasarlo, desde sus brazos, a los brazos de quien está delante de Ella. Esto es lo que veríamos sin los ojos de la fe, pero como es imposible ver la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía sin los ojos de la fe, lo que vemos es otra cosa: lo que vemos es a la Madre de Dios, Nuestra Señora de la Eucaristía, que lleva consigo al Niño, pero que al mismo tiempo quiere compartirlo con aquel que se encuentra delante de Ella y el Niño; la Virgen quiere dar a su Hijo, pasando el Cuerpo de su Hijo, que está entre sus brazos, a aquel que la contempla. A su vez, el Niño que porta la Virgen no es un niño más entre tantos: es el Hijo de Dios encarnado, que ha venido a este mundo, desde el seno del Padre en donde inhabita desde la eternidad, para ofrecerse en sacrificio sobre la Cruz, para la salvación del mundo. Por último, las uvas que llevan el Niño y la Madre, son un símbolo de la Sangre del Cordero derramada en la Cruz y cada vez en la Santa Misa, puesto que con las uvas se hace el vino y el vino es el que se convierte en la Sangre del Hombre-Dios en cada Misa, por las palabras de la Consagración. En otras palabras, lo que vemos no es a una madre que quiere compartir a su hijo, sino a la Madre de Dios que quiere darnos el Cuerpo y la Sangre de su Hijo Jesús, el Redentor de los hombres. Y esto que vemos en la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, se hace realidad en la Santa Misa, porque es allí en donde la Santa Madre Iglesia -representada por la Virgen- nos da el Cuerpo -el Niño de la imagen- y la Sangre -representada en las uvas- de Jesús, al darnos la Eucaristía. El don de Nuestra Señora de la Eucaristía, se hace realidad y don del Padre al alma fiel, en cada Eucaristía, en cada Santa Misa.

          Oración final: Un Padrenuestro, Diez Avemarías, un Gloria.

 

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía - Día Siete - Octubre 2020

 



Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces)-

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Meditación.

          Cuando se contempla la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, se puede llegar a comprender, un poco más e iluminados por la gracia, el sentido específico de la devoción a la Virgen como Nuestra Señora de la Eucaristía.

          En efecto, cuando contemplamos la imagen, vemos a la Virgen que, de pie, sostiene al Niño Jesús, quien tiene unos cuatro o cinco años de edad; el Niño Jesús, a su vez, sostiene, ayudado por su Madre, un racimo de uvas. ¿Cuál es el significado sobrenatural de estas imágenes? ¿Es el fruto de la casualidad, o hay un significado espiritual y sobrenatural en ellas? No es fruto de la casualidad, y cada elemento del conjunto tiene un sentido y una explicación bien precisos. Veamos cuáles son: la Virgen está de pie, aunque no está caminando y sostiene entre sus brazos, como dijimos, al Niño Dios. Si nos fijamos bien, descubriremos cuál es la actitud de la Virgen y qué es lo que quiere de nosotros: está en una actitud de dar al Niño a aquel que la contempla, como cuando una madre, orgullosa de su hijo, le da su hijo al que está conversando con ella, para que el interlocutor lo sostenga por un momento entre sus brazos. En otras palabras, la Virgen tiene la intención de darnos a su Hijo, para que nosotros lo recibamos con fe, con amor y con piedad, ya que no es un niño más entre tantos, sino que es Dios Hijo encarnado y el Salvador del mundo. La Virgen, lo que quiere, es darnos el Cuerpo de su Hijo y a su Hijo en su Persona. El Niño Jesús, a su vez, está aferrado a su Madre, pero a la vez dispuesto a soltarse de Ella para ser recibido por quien los contempla: es el deseo de Dios Hijo al encarnarse, el donarse, a través de la Virgen, a la humanidad entera. Por último, el racimo de uvas no está colocado al azar: significan la Sangre de Cristo que se derrama en la Cruz y sobre el Cáliz, cada vez, en la Santa Misa: con las uvas se hace el vino y el vino se convierte, por las palabras de la consagración, en la Sangre de Jesús. Así, las uvas simbolizan al Vino de la Alianza Nueva y Eterna que se derrama en el Santo Sacrificio de la Cruz y en la Santa Misa.

          El significado, entonces, de la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, no es el de una imagen piadosa en la que una madre entrega a su hijo para que éste sea recibido por un viandante: la Virgen representa a la Iglesia, que nos da el Cuerpo de Cristo -la Virgen que nos da a su Hijo- y la Sangre de Cristo -el racimo de uvas que tiene el Niño- en cada Eucaristía. Éste es el significado sobrenatural último de la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía.

          Oración final: Un Padrenuestro, Diez Avemarías, un Gloria.

 

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía - Día Seis - Octubre 2020

 



Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Meditación.

          Existe una festividad, de origen pagano y demoníaco, que desde el mundo anglo-sajón se ha difundido por todo el mundo y es Halloween. ¿Qué relación hay entre Halloween y la devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía? Para entenderlo, hay que profundizar un poco más en Halloween, que es una festividad que de ninguna manera es inocente. No lo es, no solo porque evoca, explícitamente, a los habitantes del Infierno, al promocionar disfraces y vestimentas que evocan la brujería, el ocultismo, el satanismo, el espiritismo, sino que no es una festividad inocente porque es que Halloween es el momento del año en el que más cantidad de profanaciones y sacrilegios se llevan a cabo.

          Lo que sucede en Halloween es algo que es contrario a la fe católica en general y que ofende, de modo particular, a Nuestro Señor, sobre todo en su Presencia Eucarística. En efecto, en Halloween, se festeja al Infierno y a sus habitantes, en una especie de anti-fiesta litúrgica celebrada por la Iglesia, la Festividad de todos los Santos, en los que se festejan a los habitantes del Cielo. De ahí la abundancia de disfraces terroríficos de fantasmas, brujos, demonios, etc. Sin embargo, lo más grave en Halloween no es sólo esta celebración externa y explícita del Infierno y sus habitantes: además de eso, en Halloween es la época del año en la que más se profanan las iglesias católicas y los sagrarios, para robar las Hostias consagradas, con el propósito inconfesable de realizar misas negras. Allí, la Eucaristía es denigrada, insultada, profanada de formas impensables, pisoteada, dada a los animales, burlada, profiriendo además sobre ella insultos irreproducibles. Es decir, en Halloween, los cultores y devotos del ocultismo y del satanismo, ponen especial atención en robar Hostias consagradas para luego profanarlas en las misas negras.

          La devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía tiende, además de como decíamos, a aumentar el amor y la adoración a Jesús en la Eucaristía, a reparar de modo general las ofensas a la Eucaristía y de modo particular, las profanaciones que en Halloween los satanistas y ocultistas llevan a cabo, sacrílegamente, sobre la Eucaristía. Esto explica también la razón del día propio de la Virgen, el treinta de octubre, como día de vigilia y reparación contra las profanaciones que se llevarán a cabo el treinta y uno de octubre, el día de Halloween. Una forma de oponernos a esta festividad demoníaca, el Halloween, es, por lo tanto, aumentar cada vez más nuestro amor y nuestra devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía.

          Oración final: Un Padrenuestro, Diez Avemarías, un Gloria.

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía - Día Cinco - Octubre 2020

 



Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, te aman” (tres veces)-

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Meditación.

Quien ama a Nuestra Señora de la Eucaristía, termina amando, sin darse cuenta cómo, a Jesús Eucaristía porque, como decíamos, el fin de la devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía es el despertar el amor a Jesús Eucaristía, si no lo había, o bien el de aumentar cada vez más el amor a Jesús Sacramentado, si ya se lo tiene. Y como este amor se convierte en adoración, desde el primer instante, el objetivo final de quien es devoto a la Virgen de la Eucaristía es el de amar y adorar la Presencia Sacramental, Eucarística, del Hijo de Dios encarnado.

Sin embargo, hay otro fin en la devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía, además de amar y adorar a Jesús Sacramentado, es el de la Reparación, un fin que, si bien es secundario respecto al primero, no es menos importante. La razón es que, si bien hay quienes aman a la Virgen y a su Hijo en la Eucaristía, hay muchos otros que, o son indiferentes ante la Presencia del Hijo de Dios sacramentado, o bien profesan un odio declaradamente explícito a esta Presencia Eucarística de Jesús de Nazareth. Y puesto que lo odian, cometen contra la Eucaristía las mayores abominaciones, imposibles de describir y siquiera de imaginar. Ya con el solo hecho de que un alma sea indiferente a la Presencia real, substancial y verdadera de Jesús en la Eucaristía, ya es una ofensa hacia Jesús Sacramentado, aun cuando en el indiferente no haya intención de ofender. Jesús es ofendido cuando no se reconoce su Presencia sacramental, de la misma manera a como es ofendido cuando se lo quiere explícitamente ofender.

Ahora bien, como Nuestra Señora de la Eucaristía es Maestra y Modelo de Adoración, al enseñarnos a adorar a su Hijo Eucaristía, hace crecer, en igual medida que el amor y la adoración, el deseo de reparar por todos aquellos que lo ofenden, ya sea voluntaria o involuntariamente.

Por esto, cuanto más aumentemos nuestro amor y nuestra devoción hacia Nuestra Señora de la Eucaristía, tanto más aumentará, en nuestros corazones, el deseo de reparar por quienes lo ofenden. Por esta razón, una de las oraciones preferidas de los devotos de Nuestra Señora de la Eucaristía es la oración enseñada por el Ángel de Portugal a los Pastorcitos en una de sus apariciones: inclinándose profundamente ante la Eucaristía, arrodillándose y tocando el suelo con la frente, el Ángel les enseña esta oración, que debe ser la oración preferida de todo Adoración Eucarística: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman”. Y repetir esta oración, sin cesar, cada vez que el adorador se encuentre ante el sagrario.

Oración final: Un Padrenuestro, Diez Avemarías, un Gloria.

 

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía - Día Cuatro - Octubre 2020

 



Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, te aman” (tres veces)-

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

          Meditación.

          La devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía lleva a amar a la Eucaristía, puesto que es la Virgen la que acerca, al ser Mediadora de la Gracia, al alma con su Hijo Jesús, Presente en Persona en la Eucaristía.

          No hay nada que la Virgen desee más, en esta tierra y en el Cielo, que un alma se acerque a su Hijo Jesús, no solo físicamente, sino ante todo, espiritualmente, con su fe y con su amor y es éste el fin de la devoción de la Virgen como Nuestra Señora de la Eucaristía.

          Si alguien tiene devoción a la Virgen como Nuestra Señora de la Eucaristía, lo más probable es que reciba, de Ella, infinidad de gracias, como por ejemplo, la curación de enfermedades difíciles o imposibles de curar para la medicina humana. Sin embargo, quien tiene devoción a la Virgen como Nuestra Señora de la Eucaristía, es la de amar, cada vez más, a la Eucaristía. Este amor a la Eucaristía tiene muchos grados: hay quienes, antes de la devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía, ignoraban qué era la Eucaristía, o se encontraba alejado de la Eucaristía, no sólo física sino, ante todo, espiritualmente; la gracia más grande que recibe un alma que es devota de la Virgen de la Eucaristía es, por lo tanto, no la curación de una enfermedad corporal, sino el ser iluminados, por la gracia, acerca de la realidad de la Presencia del Hijo de Dios en la Eucaristía, unido al deseo de adorar a Jesús Sacramentado y de recibirlo sacramentalmente, con un amor cada vez más grande.

          Por esta razón, el fin último de la devoción a Nuestra Señora de la Eucaristía es el encender en el corazón el amor a la Sagrada Eucaristía, o aumentar, cada vez más, en su corazón, el amor a Jesús Eucaristía y el no querer apartarse de Él en ningún momento.

          Oración final: Un Padrenuestro, Diez Avemarías, un Gloria.

 

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía - Día Tres - Octubre 2020

 



Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, te aman” (tres veces)-

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

          Meditación.

          La Virgen, en cuanto Nuestra Señora de la Eucaristía, es Maestra de Adoración Eucarística y por esto mismo, todo aquel que desee adorar a Cristo Eucaristía, no puede no tenerla a la Virgen como su Maestra y Modelo de oración.

          Nuestra Señora de la Eucaristía es Maestra y Modelo de adoración por distintos motivos: porque lo adoró en su mente, en su Inmaculado Corazón y en su Cuerpo Purísimo.

          Ante las palabras del Ángel, que le anunciaban que era voluntad de Dios era que el Hijo de Dios se encarnara, por obra del Espíritu Santo, en su seno virginal, la Virgen, al aceptar la voluntad divina con su mente, luego de escuchar y analizar las palabras del Ángel, lo adoró con la totalidad de su mente, no dejando nada para adorar, fuera de la Encarnación del Hijo de Dios, la Eucaristía.

          Luego de aceptar con su mente las palabras del Ángel y adorar al Hijo de Dios que la había elegido a Ella -por su Pureza Inmaculada y por ser la Llena de gracia-, el paso siguiente de la Virgen fue amar la voluntad de Dios y, acto seguido, adorarlo con su voluntad, puesto que lo único que Ella deseaba, era cumplir la voluntad de Dios. Así, la Virgen adoró al Verbo Encarnado, primero con su mente y luego con su voluntad.

          Por último, la Virgen lo adoró con su Cuerpo Purísimo, al aceptar, con su “Sí” al Ángel que le transmitía la voluntad de Dios, que el Hijo de Dios se encarnara en su útero, en su seno virginal. La Virgen se arrodilló ante las palabras del Ángel, no para adorar al Ángel, obviamente, sino para adorar al Hijo de Dios quien, luego de su “Sí”, y llevado por el Espíritu Santo, se encarnó en su seno purísimo. Así, la Virgen adoró al Hijo de Dios, que se encarnaba en su útero por obra del Espíritu Santo, con su Cuerpo Inmaculado.

          Porque Nuestra Señora de la Eucaristía adoró a su Hijo Encarnado, la Eucaristía, con su mente, su Corazón Inmaculado y su Cuerpo Purísimo, es Maestra y Modelo de Adoración Eucarística.

          Oración final: Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

 

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía - Día Dos - Octubre 2020

 



Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, te aman” (tres veces)-

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

          Meditación.

Decíamos que la Virgen es llamada “Nuestra Señora de la Eucaristía” porque es en su seno virginal en donde se produce la unión entre la Persona divina del Hijo de Dios con la naturaleza humana de Jesús de Nazareth y puesto que la Eucaristía es esto, la unión entre la Divinidad y la Humanidad y dicha unión se realiza en el seno de la Virgen, es que, repetimos, a la Virgen se le llama “Nuestra Señora de la Eucaristía”, con todo derecho.

          Ahora bien, hay Alguien, en cuyo seno, también virginal, y también por obra del Espíritu Santo, se realiza el mismo prodigio que el Espíritu Santo realizó en la Virgen y ese Alguien es la Esposa Mística del Cordero, la Iglesia Católica. En efecto, a través del sacerdocio ministerial, que participa del Sacerdocio Único de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, la Iglesia confecciona, en su seno virginal, el altar eucarístico, la Eucaristía. Allí, en el altar eucarístico, en cada Santa Misa, por la acción del Espíritu Santo, se lleva a cabo la confección del Sacramento de la Eucaristía, es decir, el Espíritu Santo, con su omnipotencia divina, cuando el sacerdote ministerial dice las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, convierte las substancias del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y así convertidas, las une hipostáticamente, esto es, a la Persona Divina del Hijo de Dios, para que quede constituida la Eucaristía. En otras palabras, si en el seno virginal de María se produce la unión entre la Divinidad del Hijo de Dios y la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth, esto es la Encarnación, esta misma Encarnación del Hijo de Dios se prolonga, en cada Santa Misa, por obra del Espíritu Santo, realizándose sobre el altar eucarístico, en el aquí y ahora de la Santa Misa, la misma unión que se llevó a cabo, por obra del Espíritu Santo, en el seno purísimo de María Santísima.

          Por esta razón, podemos llamar también, a la Santa Iglesia Católica, con todo derecho, “Nuestra Señora de la Eucaristía”.

          Oración final: Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

 

Novena a Nuestra Señora de la Eucaristía - Día Uno - Octubre 2020

 



Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, te aman” (tres veces)-

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

          Meditación.

Uno de los nombres de la Virgen es “Nuestra Señora de la Eucaristía”. Nos podemos preguntar la razón: ¿por qué la Virgen se llama “Nuestra Señora de la Eucaristía?”. La razón es que la Eucaristía surge de la Virgen, de su seno virginal. Es decir, la Eucaristía es la unión entre el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y la Persona Divina del Hijo de Dios. En otras palabras, la Eucaristía es la unión hipostática, esto es, en la Persona del Hijo de Dios, de la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth y esta unión -que es de carácter nupcial, por la cual la Divinidad se une a la Humanidad-, se lleva a cabo en un lugar especialísimo: en el seno virginal de María Santísima. Por esta razón, la Virgen es llamada “Nuestra Señora de la Eucaristía”, porque la Eucaristía, que es un sacramento, se produce en su seno virginal, por obra del Espíritu Santo, el Amor de Dios.

          Por lo tanto, llamar a la Virgen “Nuestra Señora de la Eucaristía”, no es adjudicarle un nombre que le viene impuesto desde afuera, sin relación con la realidad: la Virgen es la Señora de la Eucaristía por derecho propio, porque es en su seno virginal en donde Jesús, el Sacramento del Padre, se confecciona, por así decirlo.

          Oración final: Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

 

sábado, 30 de noviembre de 2019

El hombre es buscador de Dios por esencia y lo encuentra en la Eucaristía a través de la Virgen



         El hombre es buscador de Dios por esencia, porque lleva impresa en su alma el sello de haber sido creado por Dios: fue creado por Dios y para Dios y ésa es la razón por la cual busca a Dios desde el momento mismo en que es concebido. Ahora bien, esta búsqueda de Dios está ofuscada, ensombrecida, oscurecida, por el pecado original y por su consecuencia, la concupiscencia. Es así que el hombre busca a Dios, pero lo busca muchas veces en donde Dios no está, porque lo busca según sus instintos concupiscibles y no según la recta razón y el buen querer. El hombre busca a Dios, pero si no tiene la luz de la gracia, lo buscará por caminos equivocados y no lo encontrará, encontrando a cambio sustitutos de Dios –el poder, el dinero, la política, las falsas religiones, etc.- que le harán creer que es Dios, pero en realidad son ídolos. Y puesto que cree que estas cosas, que son ídolos, son Dios, se postrará ante ellas, dándole culto como si fueran Dios e incluso dando su vida por ellas.
         Hay una sola forma de buscar y encontrar a Dios con toda seguridad, sin temor alguno a equivocarnos y es guiados por la Virgen Santísima: quien acude a la Virgen, encuentra a su Hijo, Dios encarnado, Jesucristo. Y no lo encuentra de forma abstracta, idealizada, o en mera imagen: lo encuentra a Cristo Dios en la Eucaristía, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Guiado por el Inmaculado Corazón de María, el hombre busca y encuentra a Cristo Dios, Presente en Persona en la Eucaristía.
         Entonces, el hombre es buscador de Dios por esencia y lo encuentra en la Eucaristía a través de la Virgen.
        

martes, 29 de octubre de 2019

Invitación a la Santa Misa en honor a Nuestra Señora de la Eucaristía


Nuestra Señora de la Eucaristía y su don para nosotros



         Cuando observamos la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, nos damos cuenta de que se trata de una imagen en movimiento, en el sentido de que indica un movimiento de la Virgen hacia adelante, hacia el espectador, que somos nosotros. En ese movimiento, la Virgen no solo se acerca hacia nosotros moviendo el pie derecho hacia adelante, sino que se inclina con su tronco también hacia adelante, configurando en su totalidad el gesto de ofrecer lo que lleva entre sus brazos, que es su Hijo Jesús y el racimo de uvas.
         ¿Por qué la Virgen quiere darnos a Jesús y al racimo de uvas? Porque Nuestra Señora de la Eucaristía quiere darnos aquello que nos salva, que es el Cuerpo y la Sangre de Jesús, esto es, la Eucaristía: al darnos al Niño, nos da su Cuerpo; al darnos el racimo de uvas, nos da su Sangre, porque con las uvas se hace el vino y el vino es el que se convierte en la Sangre de Jesús por la consagración en la Misa. En definitiva, lo que quiere darnos Nuestra Señora de la Eucaristía, no es sólo a su Niño, para que lo abracemos y adoremos y no es sólo un racimo de uvas, para que nos deleitemos con ellas: quiere darnos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, la Sagrada Eucaristía, para que nuestras almas se vean colmadas con la dulzura y el deleite de la Presencia de su Hijo en nosotros.
         El don de la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, no se queda en una mera imagen: la imagen es anticipo y figura de lo que la Iglesia hace con nosotros: así como la Virgen lleva al Niño y las uvas y quiere darnos a ambos, para con ellos darnos el Cuerpo y la Sangre de Jesús, así la Iglesia, en cada Santa Misa, nos da, en la realidad y no en imagen, el Cuerpo y la Sangre de Jesús y, con su Cuerpo y su Sangre, también su Alma y Divinidad. Es decir, el don que está prefigurado en la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, es el don que la Madre Iglesia, que también lleva el título de Madre de la Eucaristía, nos hace en cada comunión eucarística, porque en cada comunión eucarística recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
         Al contemplar la imagen de Nuestra Señora de la Eucaristía, por lo tanto, debe encenderse en nosotros un vivo deseo de recibir lo que la Virgen nos quiere dar: el Cuerpo del Niño y el racimo de uvas, que es aquello que la Iglesia nos da en cada Santa Misa, el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, la Sagrada Eucaristía.

jueves, 2 de agosto de 2018

Cuando era Niño, la Virgen cuidaba de Jesús en todo momento



(Homilía para niños de una Escuela Primaria)

         Cuando Jesús era Niño, la Virgen cuidaba de Él en todo momento. Es verdad que Él es Dios, por eso lo llamamos “Niño Dios” y como era Dios, todo lo sabía y todo lo podía y no necesitaba la ayuda de nadie. Pero como también era Niño, necesitaba ayuda, como la necesita todo niño. Veamos qué pasa con nosotros: cuando somos niños, necesitamos de la ayuda de nuestros papás, de nuestros hermanos, de nuestros tíos, de nuestros abuelos. Y la que está casi todo el día con nosotros, es nuestra mamá, por eso es la que siempre nos ayuda más en las cosas que necesitamos. Por ejemplo, cuando volvemos de la escuela, necesitamos que nos ayuden con los deberes; necesitamos que nuestra madre nos prepare la comida, porque todavía no sabemos cocinar; necesitamos que nuestra mamá nos prepare la ropa para la escuela, para el otro día; necesitamos tomar la merienda, y así con muchas otras cosas más. Necesitamos que nos enseñen cómo comportarnos en la mesa, cómo comportarnos con otras personas, cómo tener buenos modales. Pero sobre todo, necesitamos amor, el amor de una madre y el amor de un padre, además del amor de los hermanos.
         Bueno, la Virgen era así con Jesús, cuando Jesús era Niño: Ella cuidaba de Jesús en todo momento: desde el instante mismo en que Jesús fue llevado a su panza por el Espíritu Santo, la Virgen empezó a cuidar de Jesús y nunca dejó de cuidarlo, ni siquiera cuando Jesús ya era grande. La Virgen lo acompañó hasta el Calvario y estuvo al lado de Jesús mientras Jesús estaba crucificado. Cuando Jesús era Niño, la Virgen le cosía su ropita, la lavaba y se la tenía siempre limpia y bien preparada; a la mañana, lo llevaba al mercado con Ella, para comprar las cosas para el almuerzo y la cena; cuando llegaba la merienda, la Virgen le preparaba una rica taza de leche caliente y amasaba pan para darle pan con miel, que Jesús comía con mucho gusto. Y si Jesús se llegaba a caer y si se lastimaba, la Virgen era la primera en socorrerlo, curándole las heridas con aceite. Pero sobre todo, la Virgen le daba a Jesús amor, mucho, pero mucho amor, y era eso lo que Jesús más amaba en la Virgen, el amor que Ella le daba continuamente, noche y día, porque el amor con el que la Virgen lo amaba era el mismo Amor de Dios, el Espíritu Santo.
Así como hacía la Virgen con Jesús, que lo cuidaba de noche y día con el amor de su Corazón de Madre, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, así hace la Virgen con nosotros, nos cuida todo el tiempo, de noche y de día y no solo cuando somos niños, sino también cuando somos grandes y nos ama con el amor de su Corazón, el Espíritu Santo. Acudamos siempre a la Virgen, como hace un niño pequeño con su mamá y la Virgen nos dará siempre el Amor de su Corazón Inmaculado.

jueves, 26 de julio de 2018

La Mamá del cielo, la Virgen de la Eucaristía, nos visita



         Todos nosotros, que estamos bautizados, tenemos dos mamás: una mamá de la tierra, y una mamá del cielo. La Mamá del cielo es la Virgen y hoy ha venido a visitarnos y por eso estamos alegres y contentos, porque cuando llega la Virgen, llegan también Jesús y el Espíritu Santo, como lo dice el Evangelio. Allí se narra que cuando la Virgen fue a visitar a su prima Santa Isabel, tanto ella como Juan Bautista, que estaba en la panza de Santa Isabel porque todavía no había nacido, quedaron “llenos del Espíritu Santo” y el Espíritu Santo le dio tanto alegría a Juan Bautista, que éste saltó de gozo en el vientre de su mamá y Santa Isabel, por la presencia del Espíritu Santo, la llamó a la Virgen “Madre de Dios” y no simplemente María. Y el Espíritu Santo vino porque fue Jesús el que lo sopló sobre Santa Isabel y el Bautista, y Jesús vino porque la Virgen lo traía con ella, en su vientre.
         La Llegada de la Virgen y la Visitación de la Virgen a una persona trae siempre alegría, porque con Ella vienen Jesús y el Espíritu Santo. Y con Jesús, el Espíritu Santo y la Virgen, no hay ningún problema que no podamos solucionar en esta vida. Entonces, le demos gracias a la Virgen, porque ha venido a visitarnos y con Ella han venido también Jesús y el Espíritu Santo y le pidamos a la Virgen la gracia de acudir a Ella como sus hijos pequeños, en todo momento, así como un niño pequeño acude a su mamá en todo momento, ya sea en la alegría o cuando hay algo que le causa temor. Que la Virgen de la Eucaristía, que nos visita hoy, nos acompañe a nosotros y a nuestros seres queridos, todos los días de nuestra vida.

miércoles, 20 de junio de 2018

La naturaleza humana es sumamente frágil, pero cuenta con una Madre celestial, la Santísima Virgen María



(Reflexión en ocasión de la Visita de Nuestra Señora de la Eucaristía a un establecimiento de Educación Secundaria)

         Cuando observamos la naturaleza y hacemos una comparación entre los distintos tipos de vida que encontramos, incluida la vida humana, nos damos cuenta que el hombre es el ser más frágil e indefenso de todas las especies. Mientras las especies de animales irracionales son capaces de valerse por sí mismos al poco tiempo de haber nacido –unos cuantos días, llegando a haber especies cuyos ejemplares se valen por sí mismos prácticamente apenas nacidos-, el ser humano, por el contrario, necesita no solo de días o meses para valerse por sí mismo, sino de años y de muchos años. Aunque él mismo tiene las cualidades y capacidades para ayudar a otros, siempre está necesitado de ayuda. Por otra parte, el ser humano es un ser que puede vivir solo, pero está hecho para vivir en comunión interpersonal con sus semejantes, por eso es un ser que vive en sociedad. Estas capacidades suyas no quitan lo que dijimos al inicio, esto es, que el ser humano es, de entre todas las especies vivientes, el más frágil de todos. Una muestra de lo que decimos es que un simple virus, un ser viviente invisible a los ojos debido a su pequeñísimo tamaño, puede darle muerte –es lo que sucede, por ejemplo, con el virus del SIDA o cualquier otro virus mortal- o puede incapacitarlo de forma permanente.
         Ahora bien, el ser humano no está solo. Además de contar con sus progenitores y con sus congéneres -necesita de sus progenitores cuando es pequeño, necesita de sus congéneres cuando es más grande- cuenta además con una ayuda celestial, por medio de la cual puede superar con creces cualquier adversidad que pueda presentársele en el curso de su vida mortal: además de su madre biológica, el ser humano –el cristiano- cuenta con una Madre celestial, la Virgen, que acude en su auxilio ante el más ligero pedido de auxilio.
Así como una madre terrena acude prontamente en auxilio de su hijo pequeño, que en sus intentos por aprender a caminar se cae, se golpea y llora, así, de la misma manera, pero con más premura y con más amor, acude la Virgen en auxilio de aquellos de sus hijos que imploran su ayuda. Los cristianos católicos debemos tener presente, a cada instante, esta hermosa verdad: tenemos una Madre del cielo que vela por nosotros y que solo necesita, para venir en nuestro auxilio, que elevemos los ojos del alma hacia Ella, para que la Virgen se haga presente en nuestras tribulaciones.
Por otra parte, no existe absolutamente ninguna dificultad, problema, tribulación, tentación, que no pueda ser superada con la ayuda de nuestra Madre celestial.
Para darnos una idea de cómo es esta Madre celestial que tenemos los cristianos, conviene rezar con frecuencia la siguiente oración de San Bernardo:
 “¡Oh tú que te sientes lejos de la tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo,/en medio de las borrascas y de las tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta Estrella, invoca a María!./Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María./Si eres agitado por las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la Estrella, llama a María./Si la ira, o la avaricia, o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María./“Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia,/aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima del suelo de la tristeza,/en los abismos de la desesperación, piensa en María./“En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María./No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión,/no te desvíes de los ejemplos de su virtud./No te extraviarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas./Si Ella te tiende su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer;/no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si Ella te ampara”.
         Pero además de todo este auxilio que la Virgen nos brinda, es nada en comparación con lo que Nuestra Señora de la Eucaristía quiere darnos, más allá de una ayuda espiritual, por grande que sea: mucho más que el auxilio en toda tribulación, la Virgen quiere darnos a su Hijo Jesús en la Eucaristía, lo cual supera infinitamente todo bien que seamos capaces siquiera de imaginar.